viernes, 4 de septiembre de 2020

Cinco Estrellas: la “Antipolítica” se Politiza


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La insatisfacción de los ciudadanos con los partidos ya es añeja y está presente en todos los rincones del planeta porque los dilemas de la representación política son difíciles de resolver. Las controversias sobre el tema son interminables, las respuestas son esquivas y la mayor parte de los experimentos diseñados para “reinventar” la función de los partidos han sido fragmentarios e insuficientes, cuando no rotundos fracasos.

El caso más reciente de estos desengaños es el del Movimiento Cinco Estrellas (M5S) en Italia, espejismo de quienes sueñan con renovar las formas de representación política mediante el uso de las nuevas tecnologías. Desafió la corriente creada por el histrión Beppe Grillo todas las categorías y métodos dedicados a clasificar a los partidos de acuerdo a su estructura e ideología porque fue concebido como un movimiento heterogéneo y cabalmente ciudadano. Logró un rápido ascenso en las urnas desde su aparición, en 2009, hasta su contundente victoria en las elecciones legislativas de marzo de 2018. Pero desde su arribo al poder han iniciado un descenso a los infiernos. Hoy imperan en este ensayo de “pospolítica” las divisiones y los desencantos. Su gestión del gobierno en las ciudades donde ha logrado ganar las alcaldías (principalmente Roma, Turín y Parma) es caótica. La ausencia de una identidad política inteligible lo ha llevado a, primero,  aliarse con la extrema derecha de Matteo Salvini y, más tarde, con los socialdemócratas del Partido Demócrata. La vertiginosa evolución del movimiento ha demostrado las complicaciones organizativas derivadas de una formación atípica.

Italia fue pionera en el aparición de la “antipolítica”. La Patitocrazia fue fulminada con  el escándalo de Tangentopoli a principios de los años noventa. De ahí vino Berlusconi, il pagliaccio, augurio de los líderes populistas actuales. Con él se aceleró la mediatización y personalización exacerbada de la política. Más adelante, Italia vería el resurgimiento de la extrema derecha y, finalmente, la aparición de M5S como un fenómeno granado de antipolítica, posicionado como alternativa al establishment al canalizar la inmensa insatisfacción de los ciudadanos con los partidos y la clase gobernante. Ello, porque se trataba de un movimiento carente de estructuras de dirección sólidas. La organización, libre y flexible, se basaba en el uso de Internet y las redes sociales como mecanismos de participación directa en línea. Nada de Comités Ejecutivos, Consejos, Congresos o Secretarías Generales. Toda decisión se tomaba directamente por los militantes en consultas vía internet, incluidos los programas electorales y las listas de candidatos.

Los problemas empezaron con su entrada en el Parlamento en 2013, cuando, a quererlo o no, apareció una “estructura”: el grupo parlamentario. El MS5 empezó a ser devorado por las dificultades de institucionalización de un movimiento que había hecho de su repulsa al “sistema” su sello distintivo. Se nombró un “consejo de administración”, aunque de carácter rotativo y sujeto a un código de conducta. Para los parlamentarios y autoridades electas se impuso el límite de dos mandatos, sin posibilidad a una eventual tercera reelección. Pero ello no bastó para dirimir las controversias ideológicas y programáticas consecuencia de la necesidad de tomar decisiones, establecer “líneas rojas” y  compromisos aceptables en el tema de las alianzas y adoptar posturas concretas ante los problemas del país. La plataforma de Cinco Estrellas era una ensalada pro ecología, anti globalización, pro Estado bienestar, prístinamente “ciudadana”, euroescéptica, anti sociedad de consumo y, sobre todo, anti corrupción. “Ni izquierda ni derecha, sino propuestas de cara al siglo XXI ”, decía Beppe Grillo. Pero esta curiosa coexistencia de temas heterogéneos y, a veces, contradictorios no pasó la prueba parlamentaria y menos la del ejercicio del gobierno. El movimiento empezó a ser acosado por las pugnas internas. Más de una treintena de sus diputados han desertado o sido expulsados, sus alcaldes se cuentan entre los más impopulares del país y, según las últimas encuestas, el apoyo de los electores se ha reducido a alrededor del 15 por ciento, cuando en 2018 consiguió el 33 por ciento de los sufragios.

El MS5 contribuyó a una relativa revitalización de un sistema de partidos moribundo al ganar los votos de los decepcionados. Su innovadora estrategia organizativa logró movilizar a millones  y crear una forma de identidad colectiva. Pero su participación en el gobierno nacional ha sido un fiasco. La selección abierta de candidatos acarreó la postulación de individuos muy bien intencionados, pero inexpertos en la función política. Imposible asegurar coherencia ideológica, programática y organizativa a base de trabajar solo mediante activistas en línea. Asimismo, no contar con un mínimo de estructuras hace al movimiento demasiado dependiente de la falaz dicotomía “políticos malos, ciudadanos buenos” y del voto de protesta, de suyo volátil, el cual ha empezado a migrar, en buena medida, a las expresiones populistas de derecha.

Hace un par de semanas, los militantes del M5S decidieron mediante consulta en línea modificar la regla que limitaba a los funcionarios y representantes electos miembros del movimiento a un total de dos mandatos en todos los cargos electos. Ahora podrán presentarse a la reelección hasta por una tercera ocasión. También se votó a favor de abandonar su oposición a las alianzas electorales formales con los partidos tradicionales. Así, el M5S podrá vincularse con su socio actual de coalición gubernamental, el Partido Democrático, en los comicios municipales a celebrarse este mes. El avance a la “normalización” de la vida partidista parece inexorable. Todo esto desde luego, nos da lecciones. Las laxas características organizativas e ideológicas de este movimiento fueron factores muy favorables para el éxito meteórico de una fuerza política contestaria en tiempos de decepción con la política y crisis económica, pero se han convertido en pesados fardos para la consolidación del movimiento como un proyecto genuino de transformación. Como sucede también con los llamados Catch All Parties, la ambigüedad ideológica es muy útil cuando una organización se desempeña en la oposición, pero es letal a la hora de formar gobiernos, cumplir compromisos y aplicar  políticas públicas específicas. 

Pedro Arturo Aguirre

Publicado en Etcétera

5 de septiembre de 2020

 

Un Té con Vladimir Putin

 


 Desde tiempos inmemoriales, los rusos saben que la vía alevosa del envenenamiento es el mejor método para eliminar a personas incómodas con eficacia, discreción y hasta creatividad. Dice el historiador Simon Sebag Montefiore que el cianuro y el arsénico eran “instrumentos políticos recurrentes” en la época de los Romanov. Por su parte, los soviéticos no tardaron en restablecer tan noble práctica al inaugurar (en 1921) su primer laboratorio para la fabricación de venenos, la siniestra Kamera, dedicada a elaborar tóxicos inodoros, insípidos e incoloros imposibles de detectar por las víctimas. De la era soviética algunos envenenamientos fueron magistrales, como el de aquel líder nacionalista ucraniano, Stepan Bandera, asesinado en 1959 por un agente que utilizó una pistola de cianuro escondida en un periódico,  o la del disidente búlgaro Georgi Markov, quien murió en 1979 mientras esperaba un autobús en el puente de Waterloo en Londres. El arma asesina fue un paraguas con punta envenenada.

Los soviéticos solían experimentar sus menjunjes letales con prisioneros políticos encerrados en los Gulag. Aprendieron así a elaborar venenos “a modo”, considerando altura, peso, hábitos alimenticios y hasta posibles alergias de las víctimas. El envenenador más diestro sabe que la dosis óptima es la que mata sin dejar rastro, la capaz de ofrecer un veredicto de “muerte natural” o “causa indeterminada” por parte de un forense. Los disparos con armas de fuego son estridentes y toscos. Las armas bancas, sórdidas y demasiado teatrales. El veneno, en cambio, es deliciosamente sutil y misterioso. El veneno supone varios tipos de agonía, no siempre es fácil de detectar y algunos, incluso, pasarán por siempre desapercibidos

La lista de opositores y disidentes políticos intoxicados se amplía constantemente en la presidencia de Vladimir “El Envenenador” Putin. El caso más reciente fue el de Alexei Navalni. Tomaba este activista pro derechos humanos un té en el avión que viajaba desde la siberiana ciudad de Tomsk a Moscú cuando, repentinamente, perdió el conocimiento. Hoy se encuentra en un hospital alemán al borde de la muerte. ¡Vaya con los famosos tés de Putin! En 2004, Roman Tsepov, guardaespaldas del presidente en la década de los 90, murió después de beber un buen Earl Grey al parecer “bien cargado”. Ese mismo año, la periodista Anna Politkovskaya perdió el conocimiento en un vuelo rumbo a la ciudad de Rostov después de tomar té en el avión. Sobrevivió, pero solo para ser asesinada poco después por un sicario. En 2015, Vladimir Kara-Murza cayó en coma durante una semana en Moscú. Ingirió té en un vuelo de Aeroflot. Imposible olvidar el envenenamiento de Alexander Litvinenko, quien tomó unos sorbos de té verde mezclado con polonio radioactivo. Murió semanas después. En 2012, Alexander Perepilichny tomó un té clandestinamente aderezado con gelsemium, una planta rara originaria de una remota región en China y saturada de raras toxinas. No murió de inmediato, sino horas después mientras deambulaba por los senderos de Hyde Park.

Pero no siempre son tés. Sergei Skripal fue intoxicado con un agente nervioso legado de la era soviética, el novichok, el cual fue untado en el picaporte la puerta de entrada de su casa en Londres por agentes de la FSB (la versión actual de la KGB). Él y su hija cayeron desplomados varias horas después en un banco del centro de la ciudad. Sobrevivieron, pero una mujer que tuvo la mala idea de visitarlos ese mismo día murió dos meses más tarde. Yuri Shchekochikhin pereció repentinamente mientras comía, apenas unos días previo a emprender un viaje a los Estados Unidos. Sus documentos médicos fueron considerados clasificados por las autoridades rusas. En 2004, el candidato presidencial ucraniano Viktor Yushchenko apenas sobrevivió a una sopa contaminada con TCCD, sustancia mucho más venenosa que el cianuro. Sobrevivió, pero la cara le quedó horriblemente desfigurada para siempre.

Y, bueno, la verdad es que Putin a veces se desespera y acaba por recurrir a los métodos bruscos. Sucedió con Borís Nemtsov  asesinado a tiros a unas cuadras del Kremlin en febrero del 2015. Con Anna Babúrova, periodista, y Serguéi Markélov, abogado, asesinados a manos de un pistolero. Con Natalia Estemírova, secuestrada y asesinada de un tiro a quemarropa. Con la ya citada Politkóvskaya, acribillada en el elevador de su edificio. El oligarca y ex aliado de Putin, Boris Berezovsky, fue encontrado muerto dentro de un baño cerrado en su casa en el Reino Unido, estrangulado con una bufanda de Burberry. Sergei Yushenkov acababa de registrar su movimiento “Rusia Liberal” como partido político cuando fue asesinado a tiros fuera de su casa en Moscú. A Zelimkhan Khangoshvili, ex combatiente checheno,  le dispararon en la cabeza en el Tiergarten de Berlín. Algo aún más grotesco le pasó al abogado Sergei Magnitsky, muerto bajo custodia policial tras ser brutalmente golpeado.

Vladimir Putin es un hombre de muchas caras: patriotero canalla, machista irredimible, populista de derecha, manipulador cínico y despiadado señor de la guerra. Pero su verdadero rostro es el de un gobernante asaz incompetente, cuya mala gestión tiene a la economía en pésimas condiciones y a Rusia víctima de una rampante corrupción. Ahora, a golpe de aprobar reformas legales abusivas, pretende perpetuarse en el gobierno. Como todo mafioso, sabe que sin poder podría ser víctima fácil de sus muchos enemigos. Por eso también es cada vez más intolerante a cualquier forma de oposición real o sospechosa, ya seas partidos políticos, organizaciones de la sociedad civil, medios de comunicación o activistas como Alexi Navalny. En la vecina Bielorrusia los ciudadanos se levantan en contra del sátrapa Lukashenko.  Putin pone barbas a remojar. Los regímenes que gobiernan mediante el miedo, viven con miedo. La gente puede, algún día, cansarse de tantas corrupción y brutalidad. Por eso estos tiranos se recurren sin tregua a la propaganda, las mentiras, el clientelismo y, en última instancia, al asesinato temerario.  

Pedro Arturo Aguirre

Publicado en Etcétera, 

29 de agosto de 2020

En la Lápida de Donald Trump

 

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Trump es un nihilista. Los narcisos extremos como el Donald solo creen en ellos mismos, y nada más. No creen en la sociedad, no creen en las instituciones, no creen en las ideologías, no creen en la racionalidad, no creen en la gente. Solo YO. Por eso Trump vive en el desapego a la verdad y el simplismo conceptual. Ha edificado un espacio de solipsismo que le dificulta mucho aceptar una visión de las cosas y de los hechos diferente de la propia. Ha dedicado su existencia a la noble tarea de forjar un ego portentoso aderezado con ausencia total de empatía hacia el prójimo. Eterno adolescente, por sobre todas las cosas odia perder. “Loser” es el epíteto más vergonzante de su, a todas luces, limitado vocabulario.

Como buen nihilista, Trump es un gran despreciador. Desprecia a sus adversarios y a la gente que no lo admira, pero también a su propio partido, a los políticos profesionales, a los medios de comunicación y al mundo entero. Desprecia a sus propios seguidores, sus divinos “deplorables”, como los calificó torpemente Hillary Clinton la campaña presidencial pasada. Trump saludó con una sonrisa sardónica a sus simpatizantes en un mitin celebrado al día siguiente del gaffe de Hillary preguntándoles “¿Cómo están hoy mis queridos deplorables?” . Y los deprecia porque definen exactamente lo que él siempre ha abominado. Desde la perspectiva de este monstruo depredador y materialista los “pobres diablos” blancos miembros de la clase trabajadora que lo llevaron a la conquistar la Casa Blanca son paradigmas de losers, rednecks, white trash, individuos que no serían aceptados en ninguno de los clubes Trump ni para barrer el piso.

Conoce a sus electores y por eso se dirige a ellos como si de retrasados mentales se tratase. Abandonó desde un principio cualquier indicio de corrección política y a lomo de su ego insolente y desbocado utiliza un discurso simplón, tosco y chabacano, dedicado a apelar un nacionalismo vulgar y los sentimientos racistas más soterrados de los blancos, y con ello ha hecho evidente la más patética realidad de la política contemporánea: actualmente no es necesario mostrar mayor competencia y sensatez ante el rival para obtener una ventaja en las urnas.

Contemplamos en el mundo la llegada de una nueva era de la sinrazón. Tanta irracionalidad provoca perplejidad. La política de lo irracional ha encontrado en Donald Trump a su avatar más emblemático. Dice la neurociencia que lo irracional es algo tan necesario al ser humano para centrarse y orientarse en el mundo como pueda serlo la misma conciencia racional. Las emociones más elementales detentan una potestad sobre la razón la mayor parte de las veces. Por eso conviene, como opina Manuel García Pelayo, “recoger y analizar las manifestaciones irracionales como una parte válida del quehacer político y no descartarlas como una simple desviación del paradigma racional-legal”.

Tras cuatro desastrosos años, al presidente-bufón la actual campaña electoral se le presenta cuesta arriba a causa de su mal manejo del coronavirus, la crisis económica y los disturbios raciales, pero pese a ello no abandona su itinerario del absurdo. Ante un puñado de seguidores (en un mitin en Mankato, Minnesota), aseguró haber tenido una conversación con Dios sobre su trayectoria como presidente. “Construimos la mayor economía en la historia del mundo, hice un gran trabajo, Dios, soy el único que podría hacerlo.”, le dijo Donald al Señor, pero a éste no le gusto el alarde y contestó “Eso no deberías decirlo, Don, ahora te condeno a volver a hacerlo”. Y días después, en Ohio, describió a Joe Biden como un enemigo de Dios. "Está siguiendo la agenda de la izquierda radical, te quiere quitar tus armas y tu religión. Odia a la Biblia. Odia a Dios. ¡Está en contra de Dios! ¡Está en contra de las armas! ¡Está en contra de la energía, de nuestro tipo de energía!

Pero más pavoroso que su insólita complicidad con el Señor es su intención de socavar la legitimidad de la elección, por si la pierde. Diseña un desastre total para los comicios, con largas filas en las urnas, ejército en las calles, miedo al coronavirus e incontables pretextos para entorpecer el voto por correo. Tampoco debe descartarse la posibilidad de artimañas de último momento como una declaratoria el “estado de emergencia”, prohibir reuniones de más de diez personas a causa de un eventual rebrote de la pandemia o el inicio de investigación criminal contra Biden o su hijo por parte del fiscal general Barr, absoluto vasallo el presidente.

Con tal de no aparecer como perdedor, este nihilista está dispuesto a terminar su presidencia provocando un caos sin precedentes, un Götterdämmerung para aniquilar de una vez por todas el prestigio internacional de Estados Unidos y su sistema democrático.  En el fondo, Trump amaría una apocalíptica escena de “si no me amas, ¡Muere!”

“Muéstrenme a alguien sin ego y yo te mostraré a un perdedor”, es el adagio favorito de Donald, el que mejor sintetiza su forma de pensar y de vivir. ¿Será este el epitafio que exhiba su lápida? Porque el vértigo de la euforia narcisista acaba por ser autodestructivo. 


Pedro Arturo Aguirre

Publicado en Etcétera, 22 de agosto de 2020

 

Populistas Asesinos



 Mundo: Los líderes populistas tropiezan ante la pandemia | Covid-19 |  NOTICIAS GESTIÓN PERÚ

Los gobiernos populistas deberían ser los grandes perdedores de la pandemia del coronavirus, pero eso sería solo si en el mundo imperara la razón, y si las sociedades humanas fueran menos proclives a de dejarse arrastrar por prejuicios, filias, fobias y toda clase de bajos instintos. Son asombrosas las coincidencias en la actitud de los populistas ante la crisis. Estos gobernantes autoritarios, demagogos y falaces reaccionaron tarde y mal, relativizaron la amenaza, despreciaron las advertencias de los científicos, esquivaron sus responsabilidades y, para colmo, ahora impulsan un desconfinamiento a marchas forzadas

Malos líderes como Donald Trump, Jair Bolsonaro, Alexander Lukashenko, Narandra Modi, Daniel Ortega  y, por supuesto,  Andrés Manuel López Obrador, entre otros, tienen en común haber despreciado la realidad científica, política y económica de sus países. Hoy, quienes pagan el altísimo costo humano de esta negligencia son los ciudadanos de a pie, su “Pueblo” al que los tiranuelos de marras tanto presumen amar y representar.

La politización recrudece a la pandemia. El virus se aprovecha de la vanidad de gobernantes alérgicos a perder popularidad en las encuestas. Quienes aseguran “pertenecerle por completo al Pueblo” son los más insensibles y egocéntricos. Estaban al tanto de las insuficiencias de sus gobiernos para enfrentar una pandemia, y aun así no se prepararon. “Una simple gripita”, clamó Bolsonaro, “En el verano desparecerá”, pronosticó Trump. Y cuando el problema empezó a crecer, no dudaron en minimizarlo un día sí y otro también. “Ya vamos de salida”, “La curva se está aplanando”, no dice a diario AMLO y su palafrenero López-Gatell.

Se negaron a hacer más pruebas para ocultar la dimensión del desastre, retrasaron las medidas de confinamiento y mitigación, se burlaron estúpidamente de los cubrebocas, trataron constantemente de silenciar la verdad. Y pese a múltiples advertencias en contrario, ahora espolean a sus países  para reabrirse los más rápido posible, reavivando la difusión de la enfermedad.

Se supondría a los dirigentes populistas paternales y benignos guardianes de su rebaño, pero esta crisis ha desenmascarado lo egoístas que en realidad son. Quedó en evidencia su nulo interés en el verdadero empoderamiento de los marginados, su absoluta falta de empatía por los ignorados y los abandonados. Pero la megalomanía, ¡esa sí a tambor batiente!  Confiados en su propio conocimiento, comprensión y sabiduría, evitan a ultranza asesorarse con especialistas y expertos. Se explayan en sus intuiciones y en su limitado y muy particular sistema de creencias, por otro lado bien “adaptable” éticamente. Su preocupación por los pobres es meramente electoralista. Al final del día, todos ellos están dedicados en cuerpo y alma a la infatigable promoción de sus adorables personitas.

Esta pandemia representó el primer reto genuino de los populistas ante una crisis general compleja y fueron clamorosamente reprobados. Ofrecen un lastimoso espectáculo de incompetencia y estulticia. Por si quedaban dudas, con este fracaso demostraron solo ser buenos para polarizar, destruir instituciones y dar algunos dudosos resultados solo cuando tienen “viento en popa”. Cuando fracasan,  cosa que indefectiblemente sucede, entonces recurren - otra vez- a lo único que saben hacer: señalar culpables, polarizar, acentuar su retórica antiintelectual-antiélite-antipolítica, y victimizarse denunciando oscuras conspiraciones e intereses que buscan socavar su “misión redentora”.

Durante una pandemia se confirma la importancia de escuchar a la ciencia y acatar los criterios de sensatez y racionalidad de los profesionales de la salud y los científicos; es cuando se hace más necesario que nunca promover la unidad nacional y es la circunstancia donde más se demanda priorizar la eficiencia en el desempeño gubernamental sobre toda consideración politiquera o electoral. Todo esto está en las antípodas de los populistas, cuya vocación de ninguna manera es el buen gobierno, porque ello implica saber organizar, administrar, supervisar, tomar decisiones difíciles muchas veces impopulares. ¡No, no, no, nada de eso! Ellos están para aferrarse al poder por cualquier medio indispensable. ¡Y escuchar a los que saben es para estos devotos a la simplonería y del elogio es un absoluto anatema. De hecho, rehúyen de funcionarios técnicamente calificados como si de demonios se tratase. Obvio, prefieren rodearse se sicofantes rastreros y oportunistas.

Pero una pandemia es asunto muy grave. El coronavirus ha cobrado por todo el mundo cientos de miles de vidas y muchas pueden imputárseles a ineptos demagogos. La negligencia criminal es un delito.  La semana pasada, Bolsonaro fue denunciado en la Corte Penal Internacional acusado de crímenes contra la humanidad y genocidio debido a su irresponsabilidad. La acusación fue presentada por una coalición de organizaciones que en conjunto representan a más de un millón de profesionales de la salud, quienes inculpan al presidente de cometer "fallas graves y de consecuencias mortales en su conducta durante la pandemia de COVID-19". Muchos especulan que pronto se presentará una denuncia similar contra Trump, y tal vez suceda con algunos más. Quizá no prosperen, y quizá -nuevamente- políticos deleznables se saldrán con la suya ante la ceguera y condescendencia de sus escarnecidos súbditos.


Pedro Arturo Aguirre

Publicado en Etcétera, 15 de agosto de 2020