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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Prólogo de Pedro Arturo Aguirre para la Versión de Innisfree de la Crestomatía de Mencken




Henry Louis Mencken,
Un Voltaire del Siglo XX

"Vive de manera que puedas mirar fijamente a los
ojos de cualquiera y mandarlo al diablo"

Henry Louis Mencken

A la venta en Kindle
Mucha razón tuvo Gore Vidal en bautizar al magnífico crítico, escritor y periodista Henry Louis Mencken (1880-1956) como “El Voltaire del siglo XX”, ya que el “Sabio de Baltimore” fue padre intelectual del escepticismo militante contemporáneo. El estilo crítico, mordaz, iconoclasta y completamente volteriano de sus trabajos fue signo característico de quien era considerado el periodista más influyente y agudo de su tiempo. Libró hercúleas batallas en contra de los prejuicios, la mojigatería, los convencionalismos, los clichés, la estupidez de la clase media, las religiones organizadas, los políticos, el fanatismo y la burocracia. Tampoco dudaba en criticar a las mayorías y a la democracia, porque, como escribió, “las masas, libradas a sí mismas reinciden en la elección de gobernantes ineptos”, y porque "Hasta donde me alcanza el entendimiento, y llevo años estudiando este hecho con profundidad y empleando a gente para que me ayude en la investigación, jamás nadie en este mundo ha perdido dinero por subestimar la inteligencia de las grandes masas.” Publico, según cálculos de sus biógrafos, más de 5 millones de palabras durante toda su vida, incluyendo sus columnas periodísticas, sus reseñas de libros, su sólido trabajo “El Lenguaje Americano” (análisis cultural-literario que tuvo cuatro ediciones), sus libros y su autobiografía “Happy Days”.

La incorrección política fue siempre su principal recurso dialéctico, su única religión el absoluto desprecio a todo lugar común, detestaba todo tipo de “vacas sagradas” y -muy a su pesar- se convirtió en un personaje famoso y venerado. Su pesimismo filosófico era legendario, pero ello no le impidió pelar con fruición a favor de las cosas en las que creía: “Opino que los mayores problemas humanos  son insolubles y que la vida está totalmente desprovista de significado. Es un espectáculo sin intención ni moraleja” es una de sus frases más citadas, lo mismo que aquella de “Una carcajada vale por diez mil silogismos”, ambas magníficos ejemplos de su cáustico sentido del humor siempre bien dirigido a sembrar luz sobre las falacias teológicas. Una de sus más recordadas hazañas fue la cobertura que hizo para The Baltimore Sun del famoso juicio celebrado en los años veinte en contra del maestro de educación primaria  John Scopes (The  Monkey Trial) acusado de transgredir las “leyes antibíblicas” del estado de Tennessee al enseñar la teoría de la evolución de Darwin. No tuvo entonces escrúpulo Mencken al calificar como un “charlatán sin dignidad” ni más ni menos que a William Jennings Bryan, ex candidato presidencial demócrata e idolatrada figura del movimiento populista, que se desempeñó como fiscal durante este proceso. “Quienes más hicieron por la liberación del intelecto humano”, escribió Mencken en aquel entonces, “fueron aquellos pícaros que arrojaron gatos muertos en los santuarios y luego salieron a trajinar por los caminos, demostrando a todos los hombres que el escepticismo, al fin y al cabo, no entraña riesgos: que el dios montado sobre el altar es un fraude”. También al respecto comentó: “Este proceso convenció a los europeos reflexivos de que el americanismo es un contubernio de hombres aburridos y sin imaginación, que por algún hecho fortuito se han hecho poderosos.”
A edad temprana descubrió Mencken el placer de la lectura a través de Huckcleberry Finn, “un magnífico libro libertario”. Empezó a colaborar en The Baltimore Sun en 1906 y duraría en sus páginas más de cuatro décadas. También fueron trascendentales sus contribuciones como  coeditor de la revista satírica The Smart Set (De 1914 a 1923, junto con George J. Nathan) y en el American Mercury (1923-1933), una revista cultural para “una minoría civilizada”. Fue admirador de Bernard Shaw, Nietzsche, Sinclair Lewis y Joseph Conrad. Escribió Fernando Savater en alguna ocasión algo que me gustaría rescatar aquí: “Mencken, a pesar de los defectos propios de su condición autodidacta, destaca por "su enorme coraje intelectual y su contundencia expresiva". Como buen outsider, el Sabio de Baltimore fue un gran autodidacta.  
Los políticos fueron siempre el principal blanco de su ingenio irreverente. Amaba exponer las insensateces y pretensiones de los políticos y los partidos. Mencken era una presencia habitual en las convenciones partidarias de nominación presidencial a las que calificó de carnavales que ofrecían “un entretenimiento sin igual… Me encanta ver a los clanes políticos reunirse y ser testigo de sus payasadas”. En 1932, previo a la celebración de las convenciones de ese año, escribió: “Si un político descubriera que algunos de sus electores eran caníbales, les prometería misioneros para la cena”.
En 1916 publicó por primera vez su Mencken Chrestomathy (Crestomatía de Mencken) cuyo éxito de ventas –pese a las poderosas dudas iniciales externadas por la editorial– exigió reediciones y actualizaciones prácticamente anuales hasta 1949. Esta es, precisamente, la obra que presentamos aquí en la reedición de la editorial libertaria Innisfree y que en alguna versión anterior en español llevó el título de “Prontuario de la Estupidez y los Prejuicios Humanos". Principio del formulario
En esta Crestomatía se aprecia, página por página, la crítica devastadora escrita con una prosa refinada y fluida de un autor excepcional. Aquí Mencken da cuenta de todos sus objetos de su ira. Nos dice sobre la inminente toma de posesión de algún presidente: “Así, sobreviene el día de la ceremonia pública, y con él la oportunidad de lanzar una perorata... Un millón de votantes con un coeficiente intelectual de menos de 60 tienen las orejas pegadas a la radio. Pergeñar un discurso que no contenga ni una sola palabra sensata exige cuatro días de duro trabajo.”  Acerca de las campañas políticas, Mencken ya advertía que eran sucesos deleznables donde la regla era “evitar cualquier idea ajena al entendimiento de los niños de diez años, basándose en el hecho de que toda idea supera al elector, sólo alcanzan a percibir eventos”. Y no sólo eso, ya que sólo tendrán en cuenta aquellos que se les presenten como un drama, “como un combate, y además debe ser un combate muy simple con una de las partes que represente el bien, y sólo el bien, y otra que represente el mal, y que no tenga ninguna razón. Son tan capaces de percibir la neutralidad como lo son de imaginar la cuarta dimensión”.
Duras palabras, sin duda, quizá demasiado difíciles de ser apreciadas en tiempos como los nuestros en los que impera la corrección política. Como lo dijo Gore Vidal, “en la actualidad, el estilo bullicioso y las hipérboles deliberadamente inexpresivas de Mencken resultan muy arduas incluso para los norteamericanos “instruidos”, y a la mayoría les parecen tan incomprensibles como el sánscrito. A pesar de que todo estadounidense posee sentido del humor –que nace y queda registrado en algún renglón de la Constitución– hay muy pocos norteamericanos capaces de lidiar con el ingenio y la ironía, e incluso los chistes más simples provocan a menudo desasosiego, en especial hoy día, cuando toda expresión debe ser examinada por si encubre algún tipo de discriminación por razones de sexo, raza, o edad”. Y mucho me temo que lo que Vidal opinaba del público norteamericano aplica al dedillo a otras muchas naciones. Borges advirtió sobre lo difícil que sería concebir a un Mencken en la Argentina contemporánea, palabras que valen igual para España, México y el resto de América Latina, región tan proclive al sentimentalismo patriotero, pobre cosa tan a merced de ofenderse por cualquier broma o chistecillo y tan maleable en las manos de políticos mezquinos, solemnes y perfectamente carentes de imaginación y sentidos del humor, y de pacatas clases “intelectuales” amigas de los convencionalismos y el lugar común, por no hablar de la corrección política.
Mencken tuvo también como perenne objeto de su sátira el puritanismo de la vida estadounidense. Fue él quien bautizó al Sur de Estados Unidos como el Bible Belt  (cinturón bíblico). “Los puritanos viven con el pavor de pensar que alguien, en algún lugar, puede ser feliz”. Sobre la vida cultural y literaria de su país, Mencken no era menos punzante. Clamó contra la insularidad y petulante primitivismo de la cultura americana y bautizó con aquel mote, ya bastante olvidado, de los booboisie a los estúpidos y a los crédulos. “La naturaleza aborrece a los bellacos”, advertía.

También en esta Crestomatía Mencken se despacha en contra del gobierno y la burocracia: “Todo gobierno es, en su esencia, una conspiración contra el hombre superior: su único objetivo permanente es oprimirlo y malograrlo. Si es aristocrático en organización, entonces busca proteger al hombre que es superior ante la ley contra el hombre que es superior ante los hechos; si es democrático, entonces busca proteger al hombre que es inferior en todo contra ambos. Una de sus funciones primarias es regir a los hombres por la fuerza, para hacerlos tan iguales como sea posible y tan dependientes uno del otro como sea posible, para buscar y combatir la originalidad entre ellos. Todo lo que puede ver en una idea original es un cambio potencial, y por tanto una invasión a sus prerrogativas. El hombre más peligroso para cualquier gobierno es el hombre que tiene la habilidad de pensar las cosas por sí mismo, sin que le importen las supersticiones o tabúes. Casi inevitablemente llega a la conclusión de que el gobierno bajo el cual vive es deshonesto, loco e intolerable, y así, si es un romántico, trata de cambiarlo. E incluso si no lo es, si es muy apto para extender el descontento entre quienes lo son".
A pesar de lo que pueda pensarse tras leer este párrafo, la furia antigubernamental de Mencken no lo hacía inclinado a favorecer las revoluciones ni a apoyar utopías ideológicas. Mencken era, ante todo, un escéptico que descreía de la capacidad de las revoluciones para lograr la emancipación del hombre. "Las revoluciones políticas no suelen lograr algo de valor real, su único efecto indudable es simplemente tirar una banda de ladrones y poner en otro. Después de la revolución, por supuesto, los revolucionarios exitosos siempre tratan de convencer a los escépticos de que han logrado grandes cosas, y por lo general cuelgan a todo aquel que lo niega. Pero eso, obviamente, no prueba su caso… Cae la cabeza del rey, y la tiranía se vuelve libertad. El cambio parece abismal. Luego, pedazo a pedazo, la cara de la libertad se endurece, y poco a poco se vuelve la misma vieja cara de la tiranía. Después, otro ciclo, y luego otro más. Pero bajo el juego de todos estos opuestos hay algo fundamental y permanente: la ilusión básica de que el hombre puede ser gobernado y al mismo tiempo ser libre".
Odiaba Mencken la demagogia y el populismo. Definía al demagogo como "aquella persona que predica doctrinas que él sabe que son falsas a personas que él sabe que son tontas". Hoy vendría bien recordar estas frases en América Latina. Porque demagogia y populismo son dos jinetes hermanos del Apocalipsis político del siglo XXI en el subcontinente. Los dos se basan en la mentira y el engaño, son dos lacras que golpean implacables en las sociedades, las manipulan, las corrompen y transforman en enfermos terminales. La demagogia con argumentos engañosos busca mostrar como cierto algo que no lo es y para ello apela a los defectos propios de la naturaleza humana como la credulidad, la ambición, la disposición al menor esfuerzo para obtener logros y la debilidad ante la lisonja. El populismo utiliza la demagogia pero apunta a obtener el poder, usando sobre todo las "masas marginales disponibles", fácil presa de la seducción "reivindicativa". El líder populista es una deformación del viejo caudillismo, porque busca lograr el ascenso y el reconocimiento popular, aunque no a través de su valía, sino por el embuste: les hace creer que ejerce el poder en beneficio del pueblo, aunque la verdad sea que actúa imbuido de una feroz megalomanía y una desmedida ambición de absolutismo.

También el desprecio de Mencken de la democracia representativa es bien conocido. Tenía devoción por la libertad individual y sabía que las mayorías generalmente se inclinan por suprimirla en lugar de defenderla. "La democracia es la adoración de chacales por asnos… una excéntrica teoría que sostiene que la gente común sabe lo que quiere y, además, merece obtenerlo… la patética creencia en la sabiduría colectiva de los ignorantes individuales… el arte de manejar el circo desde la jaula de los simios”. Para Mencken cada elección es “una suerte de subasta por adelantado de bienes robados.” Todas estas definiciones están muy cerca de aquella nietzscheana que reducía a la democracia como “¡esa manía de contar cabezas!”
Esta actitud anti gubernamental, antipopulista y antidemocrática han llevado a algunos a establecer que Mencken sea considerado como un intelectual conservador que quizá hoy estaría cerca del Partido Libertario de Estados Unidos  o del Tea Party. Esa es la opinión de uno de sus más recientes biógrafos, Terry Teachout, quien ubica a Mencken en el campo libertario del conservadurismo estadounidense. Pero como lo escribió el crítico literario Cristopher Domínguez Michael en su brillante ensayo Opus Menckeniana “Es conservador porque es antiestatista y antisocialista pero es imposible reclutarlo entre los tradicionalistas. Mencken deploraba el culto a la comunidad y al poder religioso en cualquiera de sus manifestaciones. Fuera del ámbito anglosajón es difícil no incluirlo entre los liberales (como ocurre a veces con Edmund Burke) más acérrimos por su obsesión por la libertad de conciencia.”
Yo estoy seguro que compararlo con los conservadores actuales hace que Mencken se revuelva en su tumba. En vida equiparaba a los  conservadores cristianos con el vudú y el zoroastrismo. Aborrecía al nacionalismo. Su ateísmo era célebre. Poseía una hostilidad apasionada para aquellos grupos religiosos que persistían n en imponer sus códigos morales por la coerción sobre el resto de la población y que en aquellos días el mejor ejemplo fue la prohibición. Mencken era un librepensador radical que puso lo mejor de su ácido sentido del humor y su radical iconoclastia a la crítica de la religión y el estatus quo y que ridiculizó, por ejemplo, lo mismo al corrupto presidente republicano conservador Warren Harding que al estatista Franklin Delano Roosevelt y que apoyó incondicionalmente a los anarquistas Sacco y Vanzetti. Otra de sus gigantescos apotegmas fue: “La injusticia es relativamente fácil de sobrellevar. Lo que verdaderamente es intolerable es la justicia”.
Y así debe ser recordado Mencken: como un defensor apasionado de la libertad de expresión y el periodismo crítico que insistió siempre en que "era el negocio de un periodista es estar en una oposición permanente" aunque también advertía, divertido, “Un periódico es un objeto que hace a los ignorantes más ignorantes y a los tontos, más tontos.”
Principio del formulario
Otro gran pensador libertario, Murray Rothbard, escribió significativas páginas acerca de Mencken, como su ensayo El Jovial Libertario donde dice: “Cualquier individualista se encuentra en un mundo marcado, si no dominado, por la locura, el fraude y la tiranía. Tiene ante sí tres posibles vías de acción: (1) retirarse del mundo social y político para ocuparse de la vida privada y a la pura contemplación estética, (2) dedicarse a tratar de cambiar el mundo para mejorarlo, o al menos para formular y propagar sus puntos de vista con la esperanza como último recurso en la mente, o (3) puede permanecer en el mundo, disfrutando inmensamente del espectáculo de su locura. Para esta tercera vía requiere un tipo especial de personalidad con un tipo especial de juicio sobre el mundo, y el perfecto ejemplo de esto es Mencken”.

Principio del formularioEra Mencken todo un libertario, un anarcoindivdualista que creía en la libertad sobre todas las cosas. “El progreso genuino puede suceder sólo si los hombres superiores se les da absoluta libertad para pensar lo que quiera pensar y decir lo que quieren decir. Estoy en contra de cualquier hombre y cualquier organización que trata de limitar o negar esa libertad”.
Hoy, en los tiempos de lo “políticamente correcto”, cuando casi nadie se atreve a llamar a las cosas por su nombre con la claridad con que lo hizo Henry Louis Mencken vale la pena, quizá más que nunca, leer y releer esta Crestomatía.

El libro está de venta Aquí
 

miércoles, 1 de junio de 2011

Mi primo el Cyber-utopista

 Este año tuve la fortuna de recuperar a un muy querido primo-hermano al que por esos caprichosos "azares del destino" jamás traté en el pasado, pero que resultó ser un personaje de los más agradable, generoso y entretenido. Mi primazo y yo hemos gozado de muy agradables veladas, así como con ganas de recuperar el tiempo perdido, y en una de esas nos hemos ensartado en tremanda discusión Resulta que mi redescubierto pariente es un convencido cyber-utopista que defiende a ultranza  las potencialidades de las redes sociales para generar una "nueva política, una "genuina" democracia y un nuevo tipo de ciudadano. El primo está entusiasmado hasta casi la lágrima de ver estas movilizaciones espontáneas y sin liderazgos, formas nunca antes vistas de movilización, que habrán de transformar de forma definitiva y positiva los métodos en que nos gobernamos.
"Pues que clase de analista eres", me cuestiona el hijo de mi tía, y yo le respondo que uno de esos que no toman en serio nada y se burlan de todo, impolutos ciudadanos incluidos, desde luego. Inútilmente trato de explicarle que estoy de acuerdo que la democrcia representativa  democracia atraviesa una enorme crisis de credibilidad y de confianza y que el  internet y las redes sociales pueden tener un impacto evidente en la fenomenología política, pero que dudo que llegue a ser  una influencia determinante capaz de alterar las nociones sobre lo político, que heredamos de los griegos de hace dos mil quinientos años. Mi entusiasta primo me censura implacable cada vez que trato de echar por tierra su cyber-optimismo exacerbado "Sólo sabes ver al pasado", "No entiendes el futuro, que ya está aquí" y me anuncia que las movilizaciones de la Puerta del Sol en España y otras similares que ya llegaron o no tardarán en llegar son el umbral de una era nueva y feliz donde, por fin, arribaremos a la verdadera democracia gracias a que internet nos permite comunicarnos de manera directa de ciudadano a ciudadano (esos "solitarios del internet", los llama mi primo todo emocionado) y que ya hace imposible cualquier intento de censura por parte de los malvados gobiernos ("ahí tienes los históricos wikileaks").  Y para el caso mexicano me anuncia el mi entrañable pariente que el cambio ya está en marcha, que el movimiento que encabeza Javier Sicilia es la mecha que encenderá el gran incendio ciudadano, e incluso establece una fatal dicotimía: "en México estamos al borde de una brutal represión o de un cambio profundo de sistema".
Por más que trato de darle las razones de mi escepticismo al respecto de lo "revolucionarias" que puden ser las redes sociales, mi primazo me descalifica como "vejete" "obsoleto" y otros epítetos por el estilo, es por eso que escribo este post para recomendarle un libro que ya se está volviendo un clásico sobre este tema tan novedoso del cyber-utopismo. Se trata de The Dark Side of Internet Freedom, del investigador  Evgeny Morozov, quien se muestra escéptico ante el potencial de Internet y las redes sociales para alterar de forma significativa la política, y nos advierte  que como toda nueva tecnología en una sociedad del riesgo como la que vivimos, internet es un arma de doble filo, usada tanto por los defensores de la democracia, como por sus enemigos.


Para los cyber utopistas como mi primo la exitencia de twitter y facebook son explicaciones, necesarias y suficientes de las movilizaciones que han exprimentado naciones como Túnez, Egipto España y otras más en tanto vehículos de coordinación, y difusión de información. También ven en los Wikileaks la imposibilidad de que los Estados censuren la información, lo que acarreará, evidentemente (según ellos) una mejora sustancial, revolucionaria, en la calidad de nuestras democracias. Los optimistas del internet alegan que las redes sociales son el Primum Mobile de las revueltas y que estas no hubieran tenido lugar sin los trinos, las imágenes y las convocatorias difundidas a través de la red. Sin embargo, para Morozov esta visión puramente optimista de las redes sociales es falaz, y esto es así, porque no permite ver todas las dimensiones de la fenomenología política después del advenimiento de las redes sociales.


El alegato cyber-utopista es maniqueo y carece de fuerza analítica, e incluso puede resultar contraproducente si no se asume una actitud reflexiva ante el hechpo de que el internet no es simplemente una la tierra sin dueño, sino que es un instrumento susceptible a ser controlado por manipuladores sin escrupulos, dictadores, y políticos con tendencias autoritarias.  La tecnología, amoral en su naturaleza, puede ser tan aliada de la libertad como del control y la vigilancia. Por eso asignarle a las redes sociales un papel esencialmente liberador es un error. Sé que me voy a llevar otro regaño por "obsoleto", pero no está de más recordar que la protesta popular ya existía en la era preinternet . Ni los jacobinos, ni los bolcheviques, ni los protagonistas del mayo francés y de nuestro movimiento estudiantil tenían perfil en Facebook ni exponían su pensamiento encorsetado en textos de 140 caracteres. Los movimientos sociales y sus demandas trascienden los soportes tecnológicos. En Egipto pesó más la enorme tasa de desempleo y el aumento incontrolado de los alimentos que todo el poder de la era cibernética. En España algo tendrá que ver que el 40% de los jóvenes menores de 40 años se encuetren en el paro. Y no se trata de rechazar las nuevas tecnologías pero si debe abandonarse toda pretensión de determinismo tecnológico que poco aporta en la necesaria comprensión de la complejidad de la fenomenología política en nuestra "modernidad tardía". 


Evidentemente, los movimientos sociales y políticos  no pueden cegarse a las posibilidades de Internet, pero los movimientos verdaderamente responsables tienen la obligación de estar atentos a su función, siempre cuestionando cuidadosamente el papel de estas en nuestra sociedad, nuestra política y hasta nuestra vida privada. Recuérdese que cosas parecidas a las que oímos ahora se oyeron cuando surgió la televisión. Muchos optimistas lo vieron como un potencial agente liberador, y acabó siendo el principal mecanismo de control y manipulación en manos del poder político y un agente promotor de la falta de profundidad y el desdibujamiento ideológico. Si no tenemos cuidado, con el internet nos puede pasar lo mismo. A fin de cuentas, la política vía la dicotomía Facebook/Twitter no pasa de ser una mera sucesión de posts, en la que se obedece a la lógica del escándalo mediático del día. Han sido sin duda impresionantes as concentraciones desde Tarhir a Plaza del Sol, pero si estas no se convierten en organizaciones propositivas y eficaces con propuestas positivas se corre el peligro de que eventualmente vuelvan la indiferencia y la apatía. Hay mucha distancia entre la fuerza vinculante de la movilización digamos "tradicionales" y lo efímero de la movilización de las redes sociales. Cierto que la democracia representativa declina, pero las reds sociales solo ofrecen  una falsa sensación de  democracia directa, y eso por no hablar del empobrecimiento (¡¡todavía más!!) del debate político encorsetado en textos de 140 caracteres. 
Más información no significa mayor responsabilidad de los elegidos frente a sus electores si no se encientra formas concretas y positivas para utilizarla Siguiendo con el texto de Morozov, "Twitter demuestra que la gente puede tener mucha información acerca de sus gobernantes y de lo que pasa en el mundo, y al mismo tiempo, pocas herramientas prácticas para mejorar los vínculos políticos y actuar en la transformación creativa del mundo".


No primo, internet y redes sociales deben ser analizadas de forma proporcionada para evaluar la medida de su verdadero impacto en la política y en la democracia sin idealizarlas. Cierto que  han tenido un importante papel en la transmisión de información  antes no disponible, han sido útiles en la difusión de causas globales, han servido para exponer abusos y arbitrariedades en regímenes autoritarios  y son caja de resonancia de una sociedad más transparente. Pero también es cierto que son susceptibles de ser utilizados por manipuladores y autoritarios, que contribuyen a la superficialización del debate y que por si mismas no son capaces de ofrecer soluciones ni propuestas concretas. Para erigir sociedades más democráticas y justas aún se debe recurrir al viejo expediente de la organización. 

viernes, 29 de abril de 2011

viernes, 31 de diciembre de 2010

Huyan de moralistas, iluminados y mesiánicos



 
El que se toma demasiado en serio corre siempre el riesgo de ridiculizarse. Esto no pasa cuando uno sabe reírse de sí mismo.



Vaclav Havel

Siempre me han dado tirría quienes se toman la vida demasiado en serio, sobre todo los moralistas, los iluminados, los mesiánicos y en general aquellos antipáticos personajes que viven para, según ellos, salvarnos a nosotros de nosotros mismos. También es este uno de los más reprochables defectos de nuestra de por sí deleznable clase política, así como de nuestros opinadores profesionaloes. Vaclav Havel, el ex presidente de la República Checa que encarnó y protagonizó, en la década del 70 del siglo pasado, la oposición al régimen comunista que asolaba a su patria y fue el personaje principal de la transición a la democracia, ha sido uno de esos raros casos de un intelectual político. Dijo, reiteradamente, verdades que no se escuchaban desde hacía décadas y fue capaz de plasmar en hechos lo que su atribulado país necesitaba. El supo, por dentro, que el artista siente una tentación legítima por lo absoluto, pero fue capaz de comprender y liderar una acción política dedicada, preferentemente o permanentemente, a lo relativo.

El nudo o la raíz del problema político consiste en que el aspirante a gobernar debe excitar en quienes serán sus gobernados la ilusión de que él tiene en las manos la llave de la solución, pero, cuando adquiere el poder -antes, ahora y siempre- no se maneja con ilusiones o ideas absolutas sino con situaciones concretas, ordinarias, coyunturales. Como son siempre relativas las soluciones que encuentra la política. Bastaría recordar aquí la frase de Benedetto Croce: "El hombre no es, deviene, incesantemente". En ese devenir perpetuo que sólo con a muerte clausura, el ser humano vive en una constante aventura de lo incógnito. Es todos los días el mismo y, cotidianamente, distinto. Esta realidad elemental y por lo tanto fundamental, hace que el conflicto forme parte de la naturaleza humana. La política es el intento de resolver esos conflictos. Sus decisiones por la misma naturaleza de su origen, están condenadas a ser circunstanciales y momentáneas. Pretender soluciones absolutas y definitivas es intentar congelar la historia. Los intentos de esos absolutos en el siglo XX fueron la causa y la razón de ser de la inmundicia moral del comunismo, del fascismo y del nazismo. Quienes hacen política, al nivel que sea, no deben de olvidar estas lecciones.

Durante todo el siglo pasado hemos asistido al experimento desgarrador de millones que decían estar devorados por la idea de salvar a la humanidad "con mayúscula", mientras se encarcelaba, se torturaba, se mataba a millones de personas concretas, reales, palpables, de esa humanidad. El absoluto de lo abstracto fascinaba. Lo concreto de lo relativo era despreciado. En este siglo XXI que estamos transitando, ese experimento continúa vivo en la cabeza de muchos. El combate contra el horror de esta falacia no debe ni puede cesar. Importa demasiado distinguir la calidad de los sueños. Anatole France solía decir: "¡Qué importa que el sueño nos engañe, si es hermoso!" La combinación de la caja fuerte donde está guardado el espanto consiste en que no son los sueños, por más desmesurados que sean, los que agravian, sino sus encarnaciones arbitrarias. El ejemplo podría estar dado con Robespierre, que, al decir de un filósofo, había encarnado la fraternidad en esta máxima: "Sé mi hermano, o te mato".

Desde Aristóteles, el sentido de la medida marca el nivel de las vidas humanas. Hay, sin embargo, en cada uno de nosotros un afán de trascendencia. La arquitectura, la música, la plástica y ciertas piezas mayores de la literatura patentizan esa desmesuras. Pero la política -siempre- será el mundo de los seres comunes, no de los semidioses de la ensoñación. Y ese ser anónimo que es el objeto y la razón de ser de la política no debe ser despedazado por la desmesura de lo absoluto. Su vida habitual está constituida por parcelas vulgares y corrientes. Jorge Luis Borges diría que “por nimiedades”. El político, que llega a cobrar dimensiones de estadista, es aquel que puede anudar lo que anhelaba Jeremías Bentham: "Ser un soñador de realidades y un realizador de sueños". O, si se prefiere, como decía Alfredo del Mazo (sí, Alfredo Del Mazo) “La labor de interpretar anhelos y coordinar esfuerzos”. El estadista conoce, en primer lugar, sus propias limitaciones; por eso puede y debe tener sentido del humor como para reírse de sí mismo. Los tiranos, los dictadores y la mayor parte de los políticos fallidos sobredimensionan sus aptitudes. Se toman demasiado en serio. Asimismo, sobredimensionar las situaciones que uno vive nos lleva, irremediablemente al ridículo.

¡Cuídense, amigos de los iluminados! ¡Huyan de aquellos que creen estar siempre del lado del bien (o más bien, que creen que ellos son el bien) y de los que suponen que todo lo saben y todo lo pueden, y en el ejercicio perverso de ese delirio no tienen reparos en deformar la realidad objetiva que los rodea y a los seres humanos que la habitan! Tal vez el humor sea la forma certera de detectar el error de la grandilocuencia aún mejor que los recursos académicos. Ningún déspota o aspirante a serlo tolera la risa sobre sí mismo.

jueves, 23 de diciembre de 2010

La Pobreza Poverty

El desprecio

La Muerte

Aforismos de Jerzy Lec

La Religión

El Nacionalismo

Las Masas