
Ahora que se cumplen 20 años de la caída del muro de Berlín, vale la pena acordarse del muy peculiar culto a la personalidad que se hizo Walter Ulbricht, el dirigente comunista alemán que regenteaba la RDA en nombre de los soviéticos y que dio la orden de construir tan infame parapeto. Ulbricht fue uno de esos burócratas carente de carisma y simpatía, pero dueño de una enorme disciplina, extraordinaria capacidad organizativa e insuperable instinto para la intriga, además de ser un innoble sicofante, condiciones todas estas indispensables para el ascenso seguro de todo aquel político con pretensiones de ascender en los escalafones de los regímenes autoritarios. De hecho, se convirtió en el gran referente comunista de la RDA. Decían de él los aduladores que era “el Lenin y Stalin alemán”. Más importante que eso, fue capaz de sobrevivir a la muerte de su mentor y al consiguiente proceso de desestlinizacióm (que fue letal para muchos de sus colegas dictadores de Europa oriental) y a las protestas multitudinarias anticomunistas protagonizadas en las calles de Berlín en junio de 1953. El “Barbas de Chivo” (Spitzbart, apodo que le endosó el pueblo que mal gobernó y que siempre lo odio), incluso se dio el lujo de establecer una especie de “culto a la personalidad light” e hasta fue objeto de un proceso de “reivindicación histórica” luego de su muerte por parte de las autoridades comunistas que duró, obviamente, hasta la épica caída del Muro
El joven Walter era un sajón nacido en Leipzig, de clase trabajadora, que desde joven militó en el Partido Socialdemócrata Alemán (El famoso SPD), pero en la facción más izquierdista, la dirigida por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Más adelante se sumó al Partido Comunista, del cual fue diputado en el Reichstag en los años locos de la República de Weimar. Como decíamos, Ulbricht fue el típico “apparatchik” sin carisma pero con gran capacidad para esa pendejada a la que llaman “operación política”, aunque él siempre tuvo pretensiones de intelectual. Desde su posición en el Partido Comunista fue uno de los más insistentes vilipendiadores de los socialdemócratas, a los que acusaba de ser social-fascistas” (en México pasaron a ser social-tarugos), “enemigos mortales de la clase trabajadora” y “agentes de los imperialismos francés y polaco (sí, polaco)”. Sin embargo, el verdadero ascenso de nuestro antihéroe comenzó cuando los nazis se hicieron del poder y proscribieron al Partido Comunista.
La clandestinidad cayó bien a Ulbricht, cuyos “talentos” no le pasaron desapercibidos a Stalin. De 1938 hasta el final de la segunda guerra mundial. Uli vivió en Moscú bajo el cobijo de las autoridades soviéticas y logró sobrevivir a todas las disensiones internas y pugas que asolaron al Partido Comunista Alemán en tan turbulenta era. Al terminar la guerra, Ulbricht era el incuestionado dirigente del comité de comunistas alemanes que tenía el staliniano encargo de construir una república popular en la que entonces era zona soviética de ocupación. Para concretar tan noble propósito, y bajo el puño de hierro de Ulbricht, se fundó al Partido Socialista Unificado de Alemania (SED) y más tarde se procedió a la creación de la República Democrática Alemana.
Siempre me ha intrigado porque Stalin, que tantos triunfos y concesiones obtuvo de los aliados occidentales en Yalta, cedió el control de medio Berlín a sus enemigos en lugar de presentar el hecho consumado de que la ciudad estaba ocupada militarmente por fuerzas soviéticas, y san-se-acabó. Como sea, no tardó en darse cuenta de su error,pero ya era demasiado tarde. En 1947 quiso dar un “golpe de mano” para enmendar el yerro, pero la insospechada determinación de Truman hizo fracasar los planes de El Padre de los Pueblos de comerse, ahora sí, él solo todo el pastelito berlinés. Berlín Occidental fue un enclave sumamente útil a los aliados como eficacísima arma propagandística hasta el día de su caída. El muro fue un mal necesarísimo la sobrevivencia de la RDA, gracias al cual este pedazo sometido a la URSS logró la consolidarse hasta el grado de convertirse, en los años subsiguientes, en el país más desarrollado económicamente de entre los satélites comunistas. Se supone que llegó a ser la novena potencia económica del mundo. Po supuesto, todo esto redundo en el fortalecimiento del poder de Walter Ulbricht, que para finales de los años sesenta se había convertido en el dirigente de detrás de la cortina de hierro más longevo y experimentado. Fue entonces cuando El Barbas de Chivo cometió el error de sentir que estaba por encima incluso de sus patrones soviéticos. Olvido que la única razón por la que se mantenía en el poder gracias a la presencia de las armas rusas en territorio germano-oriental y le dio por pavonearse.
Muchas fueron las razones que hicieron que los soviéticos se hartaran de su protegido alemán, pero quizá más irritante para ellos fue sus intentos de hacerse un “culto a la personalidad” cuando tal práctica había sido denunciada por Kruschev en el histórico XX congreso del PCUS y era tan mal visto en Alemania tras la amarga experiencia hitleriana. Por ello la megalomanía de Uli tenía que ser muy meticulosa. Por eso, cuando dio rienda suelta a sus delirios egomaniacos, tuvo el cuidado de establecer una diferencia fundamental entre el “culto a la personalidad” tan nocivo, y el simple “respeto a la personalidad”. En 1961, durante su 24 Congreso (celebrado unas cuantas semanas después de la construcción del Muro), el SED consagró este nuevo concepto como “una forma democrática de reconocer los méritos de los dirigentes de la clase obrera sin ca en los excesos del culo a la personalidad”. Así que Uli no pudo, como seguramente hubiese querido, poblar las plazas y las alamedas de la RDA con estatuas suyas, pero si se dio el lujo de ser declarado por su partido “El más extraordinario, respetable, incansable y experimentado líder del movimiento proletario internacional”. Desde entonces todos los salones de clase del país debían contar con un retrato del líder con todo y sus puntiagudas barbiñas, se imprimieron sus maravillosas obras completas y libros de texto que contaban su vida heróica vida de burócrata partidista de toda la vida a los estudiantes de primaria. Aparecieron por doquier posters, timbres postales y afiches. Se pintaron murales, se nombraron cales y fábricas en su honor, etc. Cosas, todas ellas, muy bonitas, que si bien resultan insignificantes comparadas con los verdaderos Cultos a la Personalidad de personajes como Mao, Stalin o Kim Ill Sung, demuestran, sin embargo, que Ulbricht tenía su corazoncito megalómano muy bien puesto.
El SED también dictaminó que “toda crítica o ataque contra Walter Ulbrict será una agresión al partido. Y es que tras la erección del Muro los desdichados berlineses se soltaron a contar un alúd de chistes sobre el cuerno de Chivo. Una pinta apareció una mañana en la inicua murallota. Le decía al líder: “Spitzbart, eres un idiota, levantaste un muro ¡pero nos colcaste en el lado equivoicado”!
En Mayo de 1971, de forma inopinada, a Ulbricht lo renunciaron los soviéticos “por motives de salud” La versión que por muchos años manejaron los historiadores era que Uli “lo fueron” porque era un ortodoxo enemigo acérrimo de la détente y, por tanto, un obstáculo para los planes de reapproachment con Occidente de Breznev, pero biografías y estudios más recientes (post fin de la URSS) han topado con ora tesis: La verdad es que Spitzbart era un ególatra que quería mandarse solito. Lejos de la imagen de “duro” refractario a la détente que Occidente percibía en Ulbricht, éste era el más interesado en normalizar las relaciones con Alemania Occidental y lograr el reconocimiento internacional para “SU” RDA. En una reunión secreta con Brezhnev, llegó a afirmar “Nosotros no somos Bielorrusia, Sr. secretario general”. Brezhnev lo odiaba por arrogante y desconsiderado. Peor aún, es un hecho que Ulbricht hizo tentativas de establecer alianzas al interior del politburó Del Partido Comunista Soviético con riva
les reales o potenciales de Brezhnev. El colmo llegó cuando en el 24 congreso del PCUS (principios de 1971) Uli declaró al pleno, en su carácter de invitado extranjero de honor, que “Los camaradas soviéticos también tienen mucho que aprender de sus camaradas de Europa del Este”, y anunció que Alemania Oriental era el primer y único ejemplo mundial de una verdadera “sociedad socialista altamente desarrollada”. Semanas después lo enfermaron y murió a los dos años de ser defenestrado del poder.
Tras su caída, todos los vestigios de su relativamente tímido culto a la personalidad (“respeto a la personalidad”, diría él) fueron eliminados, pero años después su memoria fue rehabilitada y su contribución reconocida oficialmente por el establisment comunista Su sucesor como mandamás germano oriental, Honecker, pretendía reconciliar el pasado para que la RDA enfrentara mejor el futuro, pero lo que no sabía era que ese “futuro” iba a durar tan, tan poquito.
El joven Walter era un sajón nacido en Leipzig, de clase trabajadora, que desde joven militó en el Partido Socialdemócrata Alemán (El famoso SPD), pero en la facción más izquierdista, la dirigida por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Más adelante se sumó al Partido Comunista, del cual fue diputado en el Reichstag en los años locos de la República de Weimar. Como decíamos, Ulbricht fue el típico “apparatchik” sin carisma pero con gran capacidad para esa pendejada a la que llaman “operación política”, aunque él siempre tuvo pretensiones de intelectual. Desde su posición en el Partido Comunista fue uno de los más insistentes vilipendiadores de los socialdemócratas, a los que acusaba de ser social-fascistas” (en México pasaron a ser social-tarugos), “enemigos mortales de la clase trabajadora” y “agentes de los imperialismos francés y polaco (sí, polaco)”. Sin embargo, el verdadero ascenso de nuestro antihéroe comenzó cuando los nazis se hicieron del poder y proscribieron al Partido Comunista.
La clandestinidad cayó bien a Ulbricht, cuyos “talentos” no le pasaron desapercibidos a Stalin. De 1938 hasta el final de la segunda guerra mundial. Uli vivió en Moscú bajo el cobijo de las autoridades soviéticas y logró sobrevivir a todas las disensiones internas y pugas que asolaron al Partido Comunista Alemán en tan turbulenta era. Al terminar la guerra, Ulbricht era el incuestionado dirigente del comité de comunistas alemanes que tenía el staliniano encargo de construir una república popular en la que entonces era zona soviética de ocupación. Para concretar tan noble propósito, y bajo el puño de hierro de Ulbricht, se fundó al Partido Socialista Unificado de Alemania (SED) y más tarde se procedió a la creación de la República Democrática Alemana.
Siempre me ha intrigado porque Stalin, que tantos triunfos y concesiones obtuvo de los aliados occidentales en Yalta, cedió el control de medio Berlín a sus enemigos en lugar de presentar el hecho consumado de que la ciudad estaba ocupada militarmente por fuerzas soviéticas, y san-se-acabó. Como sea, no tardó en darse cuenta de su error,pero ya era demasiado tarde. En 1947 quiso dar un “golpe de mano” para enmendar el yerro, pero la insospechada determinación de Truman hizo fracasar los planes de El Padre de los Pueblos de comerse, ahora sí, él solo todo el pastelito berlinés. Berlín Occidental fue un enclave sumamente útil a los aliados como eficacísima arma propagandística hasta el día de su caída. El muro fue un mal necesarísimo la sobrevivencia de la RDA, gracias al cual este pedazo sometido a la URSS logró la consolidarse hasta el grado de convertirse, en los años subsiguientes, en el país más desarrollado económicamente de entre los satélites comunistas. Se supone que llegó a ser la novena potencia económica del mundo. Po supuesto, todo esto redundo en el fortalecimiento del poder de Walter Ulbricht, que para finales de los años sesenta se había convertido en el dirigente de detrás de la cortina de hierro más longevo y experimentado. Fue entonces cuando El Barbas de Chivo cometió el error de sentir que estaba por encima incluso de sus patrones soviéticos. Olvido que la única razón por la que se mantenía en el poder gracias a la presencia de las armas rusas en territorio germano-oriental y le dio por pavonearse.
Muchas fueron las razones que hicieron que los soviéticos se hartaran de su protegido alemán, pero quizá más irritante para ellos fue sus intentos de hacerse un “culto a la personalidad” cuando tal práctica había sido denunciada por Kruschev en el histórico XX congreso del PCUS y era tan mal visto en Alemania tras la amarga experiencia hitleriana. Por ello la megalomanía de Uli tenía que ser muy meticulosa. Por eso, cuando dio rienda suelta a sus delirios egomaniacos, tuvo el cuidado de establecer una diferencia fundamental entre el “culto a la personalidad” tan nocivo, y el simple “respeto a la personalidad”. En 1961, durante su 24 Congreso (celebrado unas cuantas semanas después de la construcción del Muro), el SED consagró este nuevo concepto como “una forma democrática de reconocer los méritos de los dirigentes de la clase obrera sin ca en los excesos del culo a la personalidad”. Así que Uli no pudo, como seguramente hubiese querido, poblar las plazas y las alamedas de la RDA con estatuas suyas, pero si se dio el lujo de ser declarado por su partido “El más extraordinario, respetable, incansable y experimentado líder del movimiento proletario internacional”. Desde entonces todos los salones de clase del país debían contar con un retrato del líder con todo y sus puntiagudas barbiñas, se imprimieron sus maravillosas obras completas y libros de texto que contaban su vida heróica vida de burócrata partidista de toda la vida a los estudiantes de primaria. Aparecieron por doquier posters, timbres postales y afiches. Se pintaron murales, se nombraron cales y fábricas en su honor, etc. Cosas, todas ellas, muy bonitas, que si bien resultan insignificantes comparadas con los verdaderos Cultos a la Personalidad de personajes como Mao, Stalin o Kim Ill Sung, demuestran, sin embargo, que Ulbricht tenía su corazoncito megalómano muy bien puesto.
El SED también dictaminó que “toda crítica o ataque contra Walter Ulbrict será una agresión al partido. Y es que tras la erección del Muro los desdichados berlineses se soltaron a contar un alúd de chistes sobre el cuerno de Chivo. Una pinta apareció una mañana en la inicua murallota. Le decía al líder: “Spitzbart, eres un idiota, levantaste un muro ¡pero nos colcaste en el lado equivoicado”!
En Mayo de 1971, de forma inopinada, a Ulbricht lo renunciaron los soviéticos “por motives de salud” La versión que por muchos años manejaron los historiadores era que Uli “lo fueron” porque era un ortodoxo enemigo acérrimo de la détente y, por tanto, un obstáculo para los planes de reapproachment con Occidente de Breznev, pero biografías y estudios más recientes (post fin de la URSS) han topado con ora tesis: La verdad es que Spitzbart era un ególatra que quería mandarse solito. Lejos de la imagen de “duro” refractario a la détente que Occidente percibía en Ulbricht, éste era el más interesado en normalizar las relaciones con Alemania Occidental y lograr el reconocimiento internacional para “SU” RDA. En una reunión secreta con Brezhnev, llegó a afirmar “Nosotros no somos Bielorrusia, Sr. secretario general”. Brezhnev lo odiaba por arrogante y desconsiderado. Peor aún, es un hecho que Ulbricht hizo tentativas de establecer alianzas al interior del politburó Del Partido Comunista Soviético con riva
les reales o potenciales de Brezhnev. El colmo llegó cuando en el 24 congreso del PCUS (principios de 1971) Uli declaró al pleno, en su carácter de invitado extranjero de honor, que “Los camaradas soviéticos también tienen mucho que aprender de sus camaradas de Europa del Este”, y anunció que Alemania Oriental era el primer y único ejemplo mundial de una verdadera “sociedad socialista altamente desarrollada”. Semanas después lo enfermaron y murió a los dos años de ser defenestrado del poder. Tras su caída, todos los vestigios de su relativamente tímido culto a la personalidad (“respeto a la personalidad”, diría él) fueron eliminados, pero años después su memoria fue rehabilitada y su contribución reconocida oficialmente por el establisment comunista Su sucesor como mandamás germano oriental, Honecker, pretendía reconciliar el pasado para que la RDA enfrentara mejor el futuro, pero lo que no sabía era que ese “futuro” iba a durar tan, tan poquito.









