
Henry Phillipe Petain, mariscal de Francia, militar brillante que salvo el pellejo de Francia en la batalla de Verdún, vejete fatuo y reaccionario que estableció un régimen ultraconservador bajo el cobijo de los nazis cuyo principal sustento fue el culto a su persona y el cual fue el “canto de cisne” del ultramontanismo francés monárquico, chauvinista, católico y refractario que se había mantenido más o menos soterrado desde la instauración de la tercera república pero que abominaba a la democracia, al liberalismo, al laicismo y a todo lo que no fuera “francés”.
Nadie puede negar la proeza del Petain. Formado como militar en la vieja escuela de Saint-Cyr, en la que se graduó en 1878 como oficial de infantería, estuvo siempre cerca profesional e ideológicamente de los militares más derechistas y antirrepublicanos, aquellos que tanto se exaltaron con el inmundo juicio al oficial Dreyfus. Durante muchos años pareció que Petain sería uno de esos militares de tiempos de paz que pasarían su vida de servicio sin pena ni gloria impartiendo clases en las aulas de las academias militares y en trabajillos de escritorio, hasta que estalló la guerra del 14, en la cual se destacó desde el principio primero como comandante de una brigada de infantería (tanto que pronto ascendió a general) y más tarde como el vencedor en uno de los episodios axiales en la historia humana: la gran batalla de Verdún. Petain tenía, al contrario de la mayoría de sus colegas al frente del ejército francés de la época, un brillante sentido estratégico, pero más importante que eso, en una guerra tan descomunalmente cruenta, siempre procuró tener el mínimo de bajas entre sus tropas en el frente, lo que le hizo inmensamente popular. Verdún se ganó por la constancia, arrojo y liderazgo de Petain, quien tuvo la sensatez de establecer una eficaz línea de aprovisionamiento (la célebre voie sacrée) para garantizar los avituallamientos de las tropas, así como el paso de las ambulancias reemplazos, municiones etc. De esta forma la moral (que se encontraba en los suelos tras dos años de guerra encarnizada) nunca decayó y el triunfo, inopinadamente, fue para las armas francesas. Poco después, ll héroe de Verdún asumió como el nuevo comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Francesas, puso fin a las ofensivas mal preparadas, cuido del bienestar de los soldados y terminó con los motines, que se multiplicaban dentro del ejército galo como respuesta a la flagrante incompetencia de los altos mandos.
Nadie puede negar la proeza del Petain. Formado como militar en la vieja escuela de Saint-Cyr, en la que se graduó en 1878 como oficial de infantería, estuvo siempre cerca profesional e ideológicamente de los militares más derechistas y antirrepublicanos, aquellos que tanto se exaltaron con el inmundo juicio al oficial Dreyfus. Durante muchos años pareció que Petain sería uno de esos militares de tiempos de paz que pasarían su vida de servicio sin pena ni gloria impartiendo clases en las aulas de las academias militares y en trabajillos de escritorio, hasta que estalló la guerra del 14, en la cual se destacó desde el principio primero como comandante de una brigada de infantería (tanto que pronto ascendió a general) y más tarde como el vencedor en uno de los episodios axiales en la historia humana: la gran batalla de Verdún. Petain tenía, al contrario de la mayoría de sus colegas al frente del ejército francés de la época, un brillante sentido estratégico, pero más importante que eso, en una guerra tan descomunalmente cruenta, siempre procuró tener el mínimo de bajas entre sus tropas en el frente, lo que le hizo inmensamente popular. Verdún se ganó por la constancia, arrojo y liderazgo de Petain, quien tuvo la sensatez de establecer una eficaz línea de aprovisionamiento (la célebre voie sacrée) para garantizar los avituallamientos de las tropas, así como el paso de las ambulancias reemplazos, municiones etc. De esta forma la moral (que se encontraba en los suelos tras dos años de guerra encarnizada) nunca decayó y el triunfo, inopinadamente, fue para las armas francesas. Poco después, ll héroe de Verdún asumió como el nuevo comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Francesas, puso fin a las ofensivas mal preparadas, cuido del bienestar de los soldados y terminó con los motines, que se multiplicaban dentro del ejército galo como respuesta a la flagrante incompetencia de los altos mandos.
Tras la victoria en la guerra, Pétain fue distinguido con el nombramiento de Mariscal de Francia. En los años veinte le toco comandar una fuerza franco-española para aplastar la revuelta del Rif en Marruecos, coalición que no tuvo escrúpulos en utilizar armas químicas para lograr sus nobles propósitos. Conservador acérrimo y antirepublicano convencido, siempre se mantuvo huraño frente a los gobiernos de la III República. En 1934, sin embargo, aceptó ser designado Ministro de Guerra, aunque sólo para dimitir a los pocos meses como protesta a los recortes en los presupuestos de defensa. Esta corta experiencia acrecentó aún más su desprecio con lo que él llamaba “la peste parlamentarista”. Rechazaría, arrogante, todo ofrecimiento posterior para ocupar puestos en la
administración. Despreciaba profundamente a la democracia y a sus instituciones y tenía la convicción de estar muy por encima de los mediocres gobernantes franceses de la época.En 1939 aceptó ser enviado como embajador de Francia en España. Había conocido a Franco en la aventura del Rif (bautizó al caudillo como “La espada más limpia de Europa”) y mantenía una sólida amistad con él, tanto que el Mariscal se distinguió en su breve encargo en Madrid por defender más los intereses españoles que los de su propio país. Breve, porque ante la debacle que significó la invasión nazi el gobierno le volvió a llamar, ahora como vicepresidente del Consejo en el Gobierno. El 14 de junio de 1940, París fue tomada por la Wehrmacht y el gobierno se refugió en Burdeos, el 16 Petain fue nombrado primer ministro y al día siguiente Francia solicitó a Alemania la firma de un armisticio, cuyos términos dieron inicio al episodio negro que fue la República de Vichy.
Mucho se debate en Francia hasta la fecha sobre si Petain no tenía otra alternativa más que colaborar con los nazis y que el Mariscal no hizo sino evitar males mayores. Pero se trata de un falso debate. Más allá de la política colaboracionista con los alemanes, el régimen de Vichy fue una vergüenza por sí mismo, un sistema autoritario e hiperconservador implantado y aprovechado por los añorantes de siempre del Ancien Régime que se valieron de la reputación del Vencedor de Verdún para tratar de devolver a Francia al siglo XVIII. Y el viejo mariscal, lejos de ser el objeto senil de políticos inescrupulosos que describen muchos de sus defensores, colaboró con la tarea de muy buena gana, empezando porque el fundamentó su pretendida legitimidad casi exclusivamente en la figura del popular mariscal. ¡Y cómo no hacerlo!, si los argumentos nacionalistas tradicionales de los que se valen la mayoría de las dictaduras de derecha valían de poco tras la humillación en los campos de batalla y la ideología ultramontana estuvo sumamente desprestigiada durante toda la III República.
Vichy fue, antes que nada, una pantomima de culto al líder en una nación derrotada y desmoralizada. La idolatría al mariscal empezó desde el primer minuto: todos los negocios, escuelas y oficinas públicas lucían fotos del Mariscal las paredes de la ciudad estaban llenas de afiches que glorificaban al anciano títere de los nazis y denostaban al judaísmo internacional, a los comunistas y a los gaullistas. En las escuelas cantaban himnos al salvador de la patria, se organizaron asociaciones juveniles y deportivas (a falta de poder armar grupos paramilitares) inspiradas en el ejemplo resplandeciente de Petain, mientras que las libertades públicas eran suprimidas, lo mismo que los partidos políticos. Los sindicatos fueron unificados en una organización calcada de los ejemplos corporativistas españoles y portugueses, fueron creadas jurisdicciones de excepción, para perseguir a los disidentes políticos y a la resistencia. Vichy bautizó su espíritu altamente reaccionario bajo el pseudónimo de la Revolución Nacional, que fue la más genuina expresión de los restauracioncitas de siempre, de aquellos que abominaban la herencia revolucionaria de 1789.
El petanismo llegó al extremo de desterrar el lema Libertad, Igualdad, Fraternidad para sustituirlo con el de Trabajo, Familia, Patria. Antiparlamentarismo, antiliberalismo, culto a la personalidad, xenofobia desbordada, antisemitismo, rechazo a cualquier asomo de modernidad, ¡Cómo no juzgar severamente a quien estableció un régimen de esta laya! En octubre de 1940 y sin contar siquiera con la solicitud de Alemania, se promulgaron leyes de exclusión contra los masones y los judíos, que serían endurecidas al año siguiente. Seguiría medidas en contra de los métèques (inmigrantes), y los comunistas, todas ellas inspiradas por las absurdas ideas “integristas” del fascistoide hipernacionalista Charles Maurras. Petain, como Maurras, creía a pie juntillas de que todo lo judío, masón e izquierdista formaba parte de lo que bautizaron como “enemigo interno” de Francia, o mejor dicho, de "La Francia Eterna", como le dicen hasta la fecha los cahuvinistas del Frente Nacional. Por eso Vichy también estableció políticas raciales muy parecidas a las de los Nazis pretendidamente para garantizar el renacimiento de la “pureza” racial francesa. Vanos prejuicios y chapucerías que aún hoy encuentra entusiastas exponentes en personajes impresentables como Jean Marie Le Pen.
Vichy estigmatizó a la república, a la que culpó de todos los males padecidos por Francia, incluyendo la derrota militar ante los nazis. Fue una dictadura personalista en la que, formalmente, todos los poderes ejecutivos y legislativos recaían en Petain en su calidad de jefe de Estado, y aunque el mariscal juró y perjuró durante su juicio que la autoridad real de Vichy no existía, lo cierto es que fue un Estado policial altamente represor, reaccionario en el más estricto sentido de la palabra: clerical, antimodernista, iliberal, organicista, autoritario, antiintelectual, machista. Nadie obligó al Mariscal a condenar, como lo hizo, como actos terroristas a las actividades de la Resistencia Pétain, ni a alentar a los miembros de la Legión de Voluntarios Franceses a combatir en la URSS al lado del nazismo. Y cuando los aliados desembarcan en África del Norte el 8 de noviembre de 1942, Pétain dio la orden de combatirlos sin ningún tipo de presión por parte de Hitler.
Al final de la guerra el balance no podía ser más desolador: más de 250,000 fr
anceses habían sido deportados a los campos de concentración nazis (tan sólo unos 30,000 regresaron vivos), aproximadamente 200,000 obreros trabajaron en las industrias del Tercer Reich durante la guerra. El Petanismo y la Milicia creada por el régimen de Vichy en 1943 habían perseguido, detenido, torturado y ejecutado a miembros de la Resistencia francesa con igual celo que si de las SS alemanas se tratara, y condenaron a muerte al general De Gaulle, promotor de la Resistencia desde el exilio.Pero a pesar de las abrumadoras evidencias de colaboración con el enemigo, y de las innumerables atrocidades perpetradas por el petainismo, el anciano Mariscal fue al tribunal de la Francia libre que lo juzgó tras la contienda a proclamar su inocencia, proclamar que había salvado a la patria de males mayores y culpar de todo lo malo al régimen republicano. Acto seguido, se sumió en un terco silencio, negándose a responder a ninguna pregunta y manteniendo un palmario desdén por los testigos de la acusación. Fue condenado a muerte, sentencia que de inmediato fue conmutada por la cadena perpetua. Murió poco tiempo después con la fatua convicción de que su oprobioso gobierno y el culto a su personalidad le habían hecho un favor a Francia.











