domingo, 27 de marzo de 2016

De Winston Churchill a Donald Trump, poe Pedro Arturo Aguirre





Ya está disponible la versión Kindle de mi libro De Winston Churchill a Donald Trump: auge y decadencia de las elecciones. La obra realiza un recorrido analítico por treinta y seis de los procesos electorales más importantes realizados en todo el mundo desde 1945 a la fecha y hace algunas unas reflexiones sobre el estado actual de la democracia. La obra no está dirigida a especialistas, sino a los lectores que quieran enterarse de forma documentada pero amena y breve sobre cómo se han efectuado algunas de las elecciones más significativas de la historia reciente y que estén interesados en la crisis de legitimidad y representatividad que en la actualidad padece la democracia. Se analizan temas de actualidad como el surgimiento de Podemos en España, Cinco Estrellas en Italia y Syriza en Grecia; las candidaturas independientes en México; el auge de la extrema derecha en Europa y el fenómeno Donald Trump en Estados Unidos. Hay un link en la columna derecha de este blog donde puedes comprarlo.







sábado, 28 de febrero de 2015

150 Aniversario de Sibelius

 
 
Es curioso como cambia la dirección del viento. A veces sopla de un lado y cuando uno menos se lo espera, gira drásticamente y nos sorprende cambiando de trayectoria. La estética y la critica (perdonen si las he unido, pues son bien diferentes) a veces se comportan como los vientos y es por eso que en ocasiones parecen variar de postulados tanto como el viento lo hace de dirección. Hoy nos hace reír, o quien sabe si también cierta pena, lo  que se dijo hace años sobre determinados autores. Los casos de Wagner, Meyerbeer o Puccini son paradigmáticos. Los de Schoenberg  o Ives tampoco se quedan cortos. Otro autor cuya apreciación crítica ha cambiado drásticamente es la del compositor belga Paúl Gilson. Rafael Mitjana se refería a él casi como un genio pero hoy día apenas se le conoce fuera de su país. Si hablásemos de literatura la lista de autores seria interminable. En el fondo, mucho de lo que se dijo de bastantes creadores y de sus obras, las palabras que acerca de ellos se escribieron, se las llevó el viento. Es por eso que palabras y viento parecen a veces comportarse del mismo modo. Precisamente, uno de los compositores más afectados por estos cambios de dirección del viento de la crítica, es Sibelius. Recordemos lo que decía acerca de él Adorno, aquel que escribía música en sus ratos libres y que nos regalo con una de las glosas más pendencieras de la modernidad. Adorno incluso afirmaba que Sibelius era un chapucero musical. No exagero, sus palabras son bien elocuentes al respecto. Decía que
las sinfonías cuarta y quinta presentan un aspecto beocio y mísero y que el nivel técnico de su escritura estaba retrasado respeto al nivel de su época.
Como cualquiera puede apreciar, las palabras de Adorno son pura falacia y además están escritas desde el resentimiento. Para que seguir. Total: Sibelius es Sibelius y Adorno, ya se sabe. Pero en los comentarios de Adorno subyace un aspecto que no solo él, sino una enorme multitud de compositores, intérpretes y estetas han ido repitiendo desde hace mucho. Este aspecto es el que otorga marchamo de cualidad a obras consideradas como vanguardistas, mientras que a las de factura clásica se las valora como inferiores, de segundo orden. En este sentido, no solo Sibelius, sino Shostakovich, Kachaturian, Britten, Puccini, Copland y tantos otros, fueron observados con desconfianza por comentaristas que solo aceptaban de buena gana aquellas obras en las que se reflejaban aspectos considerados como especulativos, arriesgados o vanguardistas repudiando por mediocres, poco imaginativas y meramente testimoniales, las de aquellos autores que ya tenían bastante con el lenguaje aprendido de sus ancestros. Por momentos, se  confunde tradición con conservadurismo y profundidad con aburrimiento. El problema que se les presentaba en aquel momento y que ahora se demuestra como implacable es que el tiempo, siempre coloca las cosas en su sitio y que lo que hace que las obras permanezcan en el repertorio no son ni su supuesta modernidad, ni tampoco su lenguaje supuestamente vanguardista, sino pura y simplemente lo que podían aportar a la emoción o al intelecto del oyente como individual y único. Además, no nos engañemos, las sinfonías de Sibelius, a pesar de su armonía de base tonal, representa un planteamiento formal u orquestal tan legitimo como el que representa la Escuela de Viena. En algunos casos mas arriesgado incluso. ¿O acaso su Séptima sinfonía no es formalmente menos tradicional que muchas de las obras escritas en su misma época por autores teóricamente más avanzados?. El problema no es pues el aspecto formal o el contenido del mensaje expresado intuitivamente en la partitura, sino la manía que algunos tienen en relacionar tonalidad con conservadurismo y atonalidad con modernidad. A estos les diría yo que sé andasen con cuidado y que me explicasen que piensan de un compositor tan poco clasificable como Erik Satie. También les recordaría que cada obra musical, además de la armonía, pone en juegos demasiados elementos, como para despacharse esgrimiendo aseveraciones, como mínimo, arriesgadas.

El caso es que Sibelius es un grandísimo compositor cuyas obras, lejos de perder popularidad, se afianzan paulatinamente mientras despectivas van observando como caen los gloriosos cadáveres musicales de los que ahora ya nadie se acuerda. Pero el caso de Sibelius es el mismo de tantos otros compositores vilipendiados agriamente por el mero hecho de componer música siguiendo más o menos fielmente las pautas de la tradición. Tradición, ¡qué palabra tan peligrosa cuando se pronuncia sin sentido!. Existe la supuesta tradición de interpretación instrumental (es igual el instrumento del que hablemos ya que cada uno tiene la suya), existe la supuesta tradición centroeuropea de la dirección de orquesta (como si a los no centroeuropeos nos interesara un carajo esa tradición), la tradición de la composición occidental, la tradición de llevar determinadas ropas en los conciertos. Así, a fuerza de estudiar las tradiciones ajenas nos olvidamos de la nuestra. A fuerza de querer repetir la historia de los otros (sea antigua o reciente) nos olvidamos de la propia. A fuerza de no querer parecer anticuados, nos convertimos en esperpentos de la modernidad. Bien, pues Sibelius hizo precisamente eso que a muchos les es difícil de entender: continuar la tradición que animó musical y culturalmente su país durante decenios.  Bien pensado es lógico que corran en contra de Sibelius y tantos otros malos tiempos ya que estamos en una extraña época en la que prima la internacionalización. Por eso, hoy día las orquestas aspiran a sonar iguales en Shangai, Melbourne, Barcelona o Nueva York. Aspiran a ese indeterminado sonido internacional que ahora disfrutamos y que son una mala copia de los sonidos de Berlín, Viena o Londres. ¿Recuerda alguien cuando desde los primeros compases era posible reconocer a una orquesta o a un director sin ningún atisbo de duda?. Y eso por no hablar de los solistas. En la composición sucede tres cuartos de lo mismo. Algunos escriben en un estilo internacional que podría haber sido escrito tanto en una parte del mundo como en otra. Que más da. Lo importante es ser fiel a una falsa tradición, obviando naturalmente, la propia. Pero digresiones aparte, actualmente ¿cuál es la reputación de Sibelius como compositor? ¿Qué lugar ocupa a los 50 años de su muerte?. La respuesta solo puede ser una: su salud como autor reconocido, interpretado y valorado, no solo se ha mantenido a lo largo de los años sino que ha aumentado ostensiblemente. Las características de su música, que antes parecían poco originales se nos presentan ahora como frutos de una enorme coherencia artística. La evocación de la naturaleza, la precisión formal, la orquestación transparente sin excentricidades ni fáciles abalorios, los contrastes entre las secciones, cierto aire popular, el amor por la mitología, todo ello, se valora como positivo, como fruto de la persistencia de un artista en sus propias convicciones. A principios del siglo XX y gracias a la dedicación de Richard Strauss, Hans Richter, Toscanini o Weingartner, su música se difundió por toda Europa con enorme éxito aunque poco a poco, se produjo un fenómeno que a veces ha sucedido en otros casos. Si bien a finales del siglo XIX y principios del XX, sus obras fueron consideradas incluso avanzadas, a partir de la década de los años veinte muchos empezaron a considerarlas como antiguallas. Por si fuera poco, el propio Sibelius se hizo más clásico, orquestando sus obras con economía de medios y presentando temas melódicos de pasmosa sencillez. Sin embargo así y todo, su Cuarta sinfonía fue considerada muy moderna. En Norteamérica la presentó Toscanini quien ante la sorpresa indignada del público optó por repetirla de nuevo.
 
 
Paradójicamente, tras una trayectoria plena de éxitos, las ultimas tres décadas de la vida del compositor presentan aun ciertos enigmas. Uno de ellos es su falta de creatividad en esos años. Hay quien dice que su Octava sinfonía no vio la luz porque él mismo decidió que no valía la pena ofrecerla al público, ya que a esas alturas había dicho en sus obras anteriores lo que ahora solo seria una redundancia innecesaria. Pero esta explicación es poco satisfactoria. Su Séptima sinfonía, que alguien consideró exageradamente como la Novena del siglo XX, nos muestra a un compositor pleno de facultades, de imaginación, de fuerza, dueño de un caudal de enorme expresividad y belleza. Más lógico es pensar que Sibelius, ante los derroteros que había ido adquiriendo la música europea se viese a sí mismo como un anacrónico, como alguien fuera de su tiempo.

Bien, no nos extrañemos tanto, estas cosas pasaron y siguen pasando. Hay todavía quien se cree que modernidad y atonalidad van prendidas de la mano o que creatividad y vanguardia deben ser lo mismo. Polémicas estéticas aparte, el público sigue admirando la precisión de la estructura en las obras de Sibelius, la sabiduría en el manejo de las masas orquestas, sus melodías o la intensa emotividad de su discurso. Por todo eso y mucho más, Sibelius, ese compositor nada moderno pero nada académico, nada vanguardista y nada conservador, merece el puesto de honor que ahora ocupa. Los auditorios seguirán escuchando otros cincuenta y otros cien años más sus sinfonías, sus poemas sinfónicos, sus obras corales, su concierto para violín y descubrirán obras de su catalogo poco conocidas. Por eso, cuando leáis los comentarios de Adorno acerca de Sibelius, pensad en la trágica desaparición de los dinosaurios o en las ruinas de la fastuosa Palmira... Polvo somos y en polvo nos convertiremos. Cuando eso ocurra, cuando nadie pise ya este planeta, la música de Sibelius seguirá sonando pletórica y fastuosa.
 

Escrito por Domenec González de la Rubia Fecha de publicación: Abril del 2008. Sinfonía Virtual

jueves, 17 de abril de 2014

Leones Dirigidos por Asnos

 
De malos a muy malos fueron la inmensa mayoría de los generales que mandaron en la primera guerra mundial tanto de un bando como del otro, lo que tristemente contrastaba con la bravura y resolución mostrada, la más de las veces, por las tropas. “Leones dirigidos por asnos”, la frase se popularizó desde mucho antes que terminara una contienda en la que millones de hombres fueron lanzados a la muerte en ataques sin sentido fruto de estrategias obsoletas, errores de cálculo, ciega soberbia o simple y llana ineptitud. El ejemplo más célebre de esta incompetencia es, probablemente, el desastroso primer día de la batalla del Somme, cuando las vidas de miles de jóvenes reclutas británicos alegres, optimistas, entusiastas y patriotas fueron segadas por las ametralladoras alemanas. Ese día negro  (01 de julio 1916) es aun hoy considerado como el peor en la historia militar británica: casi 60 mil muertes. El responsable fue un pomposo militarillo llamado Douglas Haig. Ya antes otro fatuo general británico, John French, había sido culpable  de una serie de cruentos desastres en Flandes producto de su necedad y soberbia. Pero no solo británicos fueron los comandantes fracasados.  Los casos de incompetencia en los altos mandos abundaron. Por parte de Alemania fue palmaria la impericia, en una primera etapa, de los generales Moltke y Falkenhayn, incapaces de aplicar con eficacia las complejidades del famoso Plan Schlieffen. Serían sustituidos en el azaroso frente occidental por dos obtusos militares de la añeja escuela prusiana: Hindenburg y el infumable Ludendorff, quienes habían ganado fama en el frente oriental al enfrentar a los todavía más estúpidos generales rusos. La parejita Hindenburg-Ludendorff no se cansó de desperdiciar oportunidades ni de derramar vidas germanas en los campos de la Francia nororiental, siendo el infierno de Verdún el caso más siniestro.
 
En el lado francés infame es el recuerdo que dejaron, por ejemplo, ineptos comandantes como Robert Nivelle y el obsesivo y obstinado Joseph Joffre. Lo mejor de la juventud gala desperdiciada en las trincheras por culpa de las malas decisiones de este par de tontos, y no fueron los únicos. Por su parte, los italianos padecieron las pifias de Luigi Cadorna y los rusos tuvieron en el insensato zar Nicolás y su limitadísimo estado mayor a su peor enemigo. El imperio Austro-húngaro se puso en las manos de uno de los peores casos en esta feria de nulidades, el pedante Franz Conrad von Hötzendorf, un verdadero desastre nacional. Y así un largo etcétera.
Claro está, hubo excepciones importantes. La visión de Petain salvó a Francia en Verdún, la eficaz campaña emprendida en 1916 por el talentoso general ruso Brusilov evitó que el frente occidental colapsara para los aliados y, probablemente, a la larga decidió el resultado de la contienda. La negligentemente planeada campaña de la península de Gallipoli (animada, sobre todo, por el Primer Lord del Almirantazgo, un tal Winston Churchill) fue eficazmente repelida por un general diestro y carismático, una rareza en el podrido Imperio Otomano: Mustafa Kemal, más tarde conocido como Ataturk. La campaña en 1918 en el final de la guerra ha sido una de las más exitosas en la milenaria historia del ejército británico. Algunos generales como Plumer, Allenby (junto al famoso Lawrence de Arabia) y Monash tuvieron un destacadísimo desempeño en los campos de batalla. Pero la regla fue tolerar la más absurda incompetencia, la desidia, la marcada soberbia siempre acompañada por el absoluto desinterés en la vida y bienestar de los rasos. La opinión  pública no tardó en reprocharlo y en exponer a los torpes generales al ridículo. Los culpaban de enviar con indiferencia a los hombres a las trincheras en pésimas condiciones y siguiendo criterios tácticos y estratégicos inoperantes. Mandamases como Haig, French o Nivelle eran descritos como tontos atrapados en viejas fórmulas y clichés pasados de modas y sus formas e indiferente sobre sus hombres. Libros y libelos comenzaron a aparecer con títulos como “Los Burros” , “Los Carniceros” o “Los Chapuceros de la Gran Guerra”.
Más recientemente, los historiadores han mirado con mucho más benevolencia y nuevas perspectivas los problemas que los generales de la Primera Guerra Mundial debieron enfrentar. Era cierto que las academias militares de donde procedían estaban atrapadas en viejas fórmulas útiles para la guerra del siglo XIX, pero ineficaces para afrontar las nuevas técnicas y tecnologías del siglo XX. Estaban frente a un tipo de guerra que simplemente nunca había existido antes, con armas completamente novedosas con un poder destructivo nunca antes conocido como tanques, gas venenoso, aviones, súper cañones y, sobre todo alambradas y ametralladoras. Las nuevas tecnologías impidieron por años romper el punto muerto de las trincheras. A la mayoría de los generales ciertamente les tomó más tiempo dominar los nuevos tipos de lucha. Una minoría supo adaptarse más rápido. Sin duda cometieron algunos errores horribles, como el ya citado ataque en el Somme en 1916 y el desastroso ataque a Passchendaele el año siguiente.  Pero también se tuvieron  algunos grandes éxitos. Sería absurdo pretender, nos dicen los historiadores revisionistas, que los generales de la Primera Guerra Mundial aran todos estúpidos. Sin embargo, la principal reproche que se les sigue haciendo a quienes comandaron a los grandes ejércitos de aquella época  hace a los generales de la Primera Guerra sigue en pie y se refiere a la indiferencia con la que tomaron la muerte de millones de vidas, algo sin precedentes en la historia militar mundial, sin que tomaran medidas para recortar las bajas. Esa mancha quedará por siempre en la historia

martes, 8 de abril de 2014

Sofía Chotek, la otra víctima de Sarajevo


 
Es bien sabido que la Primera Guerra Mundial estalló tras el atentado que le costó la vida al archiduque Francisco Fernando, heredero del trono del imperio austrohúngaro, pero eso día también perdió la vida su esposa Sofía Chotek, la infortunada condesa de segundo rango que tanto sufrió con los desprecios y desazones que debió padecer en la rigurosa corte de los Habsburgo.  Nacida en 1868 en Stutgart, María Josefa Albina von Chotkow und Wognin era la cuarta hija de un conde de origen checo llamado Boguslaw Chotek. Se trataba de una familia acomodada y dueña de un cierto título nobiliario, pero de ninguna manera pertenecía a la elevadísima esfera social que las casas reinantes europeas. De hecho, se encontraba años luz de los Habsburgo. Sofía estaba destinada, por tanto, a desempeñar un papel secundario en la antipática estructura social de aquellos poco democráticos años. Logró, sin embargo, Sofía integrarse al séquito de damas de compañía de la Archiduquesa Isabel, esposa del Archiduque Federico, Duque de Teschen, cuya hermana María Cristina era madre del a la sazón rey español Alfonso XIII.

Sofía conoció al archiduque Francisco Fernando durante un baile de gala que tuvo lugar en Praga. Inició a partir de ese día una relación amorosa tan tórrida como subrepticia. Francisco Fernando empezó a visitar  asiduamente el palacete de su tía, la archiduquesa Isabel, quien interpretó tanta frecuencia en estas “pasaditas a saludar” al feliz hecho a que el heredero estaba interesado en alguna de sus hijas casaderas. La sorpresa y la desilusión fueron enormes cuando un día, por andar husmeando entre las cosas de su sobrino, la archiduquesa encontró una foto de Sofía. Fulminante fue Isabel en sacar conclusiones. Procedió a despedir de forma no menos vertiginosa a la interfecta, quien terminó “Corrida ora sí que como chacha”, según expresión típica de las buenas amigas de San Pedro Garza García de mi cuate Eloy Garza.

¡Pobre archiduque Francisco Fernando! Nadie pudo haber soñado que la violenta muerte de este señor tan desairado fuera a provocar la hecatombe de una guerra mundial. El heredero fortuito al tambaleante imperio Austro-Húngaro nació un día de diciembre de 1863 como hijo de Carlos Luis de Austria, hermano menor del emperador Francisco José y del malhadado Maximiliano, aquel que fuese ejecutado en nuestro Cerro de las Campanas. Desde joven mostró talento únicamente para ser uno de tantos nobles buenos para nada que pululaban en la corte de los Habsburgo, aficionados a la caza, a los viajes y a los placeres de la cama y la mesa. Eso sí, según sus mentores Francisco Fernando siempre fue buen alumno, obediente y dueño de una actitud digna y honesta. Una placentera irrelevancia le esperaba como ventura, pero el travieso destino hizo de las suyas. Su primo Rodolfo murió junto con su amante María bajo muy extrañas circunstancias en Mayerling, e inopinadamente Francisco Fernando se convirtió en el sucesor del Imperio.

El emperador Francisco José, que siempre consideró a su sobrino como una verdadera nulidad de mediocre intelecto y carácter pusilánime, quedó devastado al saber que su heredero era este mequetrefe. Y ahora, para colmo, el fulanito salía con que se enamoraba de quien no debía. ¡No les digo! Pero Francisco Fernando estaba demasiado enamorado de Sofía y movió cielo y tierra para obligar a la nobleza austriaca a aceptar a su dama. El emperador Francisco José I dejó claro desde el principio a su sobrino que no podía casarse con la noviecita. “Ten conciencia de Estado, demonios”, le espetaba casi cada que lo veía. El escándalo fue tal que llegó a oídos de las cortes extranjeras. Nicolás II de Rusia, Guillermo II de Alemania e incluso el Papa León XIII enviaron misivas implorando al monarca austríaco que permitiese celebrar la boda, dado que el distanciamiento entre tío y sobrino estaba llegando a límites ridículos, aunque se dice que el malvado Kaiser disfrutaba del asunto burlándose “entre carcajadas” de la puntada del heredero austriaco. Por otra parte, muchos en la corte de los Habsburgo temían un nuevo “Mayerling” (supuesto suicidio de Rodolfo y maría por motivos románticos) y empezaron a presionar para que Sofía fuera aceptada.

Finalmente accedió el anciano emperador, pero solo bajo la condición  de que Sofía no fuera coronada ni tratada como emperatriz. Además, la descendencia de tan morganática pareja no tendría oportunidad alguna de heredar el trono. Francisco Fernando no podría estar con su esposa en actos oficiales, donde le acompañaría una de sus tías o primas. Total, la boda se fijó para el 1 de julio del año siguiente, aunque ni el Emperador, ni los hermanos del novio, ni la mayoría de la tan bonita familia Habsburgo asistió a las nupcias. Sí fueron, en cambio, su benévola madrastra, la Archiduquesa María Teresa con sus hijas. El matrimonio fue feliz, dentro de las circunstancias que los rodearon siempre. Tuvieron tres hijos: Sofía, Maximiliano y Ernesto. Al menos en el terreno privado, el amor para Francisco Fernando y Sofía había triunfado.

La realidad es que Francisco Fernando era menos bobo de lo que su tío siempre quiso suponer. Más allá de su muy impugnado matrimonio, el heredero estaba consciente de que el Imperio atravesaba una profunda crisis y de que urgían reformas. Era partidario de iniciar reformas diseñadas a integrar a las minorías eslavas. Por eso tuvo un particular interés en visitar Sarajevo, capital de la recientemente integrada provincia de Bosnia. Además, ese viaje le daría la oportunidad -que jamás tenía en Viena, Praga o Budapest- de saltarse el protocolo y lucir a su esposa sin complejos. Pasearían juntos muy orondos por toda la ciudad, y ella tendría, aunque fuese efímeramente, el rango que la esposa de un heredero imperial debía tener.

La historia registra que el 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando visitaba la ciudad de Sarajevo paseando junto con su esposa en un automóvil descapotable. En Viena varios ministros metiches le habían advertido al heredero sobre un posible atentado, pero Francisco Fernando no hizo caso  y puso marcha el bonito plan de visitar la ciudad. En el trayecto por las calles de Sarajevo un terrorista arrojó una bomba contra el coche descapotable con el Archiduque, misma que hirió a un oficial, pero nada le hizo a la morganática pareja, la cual siguió su camino hacia la alcaldía. Se le recomendó otro camino para el regreso, pero él, fiel a aquello de “nobleza obliga” decidió ir a visitar al oficial herido al hospital militar. El error terminó por costarle la vida a él, a su menospreciada conyugue y, en el transcurso de los siguientes trágicos cuatro años a aproximadamente nueve millones de personas. El nacionalista serbio Gavrilo Princip, perteneciente a la sociedad secreta “La Mano Negra” (nada que ver con las chiras pelas), interceptó el auto y disparó contra sus ocupantes. El archiduque empezó a sangrar por la boca; su esposa se desplomó tras recibir un disparo en el vientre. Murieron en pocos minutos. Francisco Fernando alcanzó a musitar:Sofía, no mueras, vive por nuestros hijos…”
La manera trágica en la que fue ultimada junto con su marido  no fue óbice para que la soberbia de los Habsburgo no se permitiera propinarle a la pobre Sofía una postrer humillación  Francisco Fernando fue enterrado, con todos los honores, en Viena, la capital de los Habsburgo. Su esposa recibió sepultura a su lado, pero un ojo avizor tuvo la poca delicadeza de poner el catafalco de la difunta 45 centímetros por debajo del de su marido, para denotar así la diferencia de rango existente entre los cónyuges, incluso en la muerte. Mientras a los pies del archiduque se colocaron los símbolos de heredero al trono, a los de Sofía sólo se puso un abanico, símbolo de que la fallecida era tan sólo una dama de la corte y no la consorte del heredero al trono. El emperador felicitó al responsable por ese "pequeño detalle de buen gusto". 

viernes, 28 de marzo de 2014

Mis Siete Frases Favoritas de Octavio Paz

Como un ínfimo homenaje a Octavio Paz en su centenario, les comparto a ustedes siete frases del poeta que. por alguna razón, recuerdo constantemente. Las tengo como grabadas en el alma y vienen a mi a cada rato. Alguna de ellas es parte de una traducción suya:


 
¡Si tú eres el sol que se levanta, yo soy el camino de sangre!


…en la ciudad abstracta, entre geometrías vertiginosas, formidables quimeras levantadas por el cálculo
 
 
 
 
 




…un árbol bien plantado más danzante


 
…cierra los poros de su alma al infinito que lo tienta,
ensimismado en su árida pelea


Familias, criaderos de alacranes: como a los perros dan con la pitanza vidrio molido, nos alimentan con sus odios y la ambición dudosa de ser alguien.
Por el Ganges y sus aguas rojas, más vasto que un imperio crecería mi vegetal amor, y más despacio.
 
¡Chillen, Putas!
 

lunes, 27 de enero de 2014

Primera Guerra Mundial: Los Orígenes


 
Todos los grandes acontecimientos históricos poseen grados de complejidad y tratar de buscar una singular causa que los genere produce, por lo general, desilusiones. Esto es particularmente cierto en el caso de la Primera Guerra Mundial, hecatombe cuyo origen ha sido y es hoy, a cien años de distancia, objeto de una gran cantidad de teorías. Muchos historiadores anglosajones se van por el camino más fácil y sencillamente explican que la causa de la guerra fue exclusivamente el expansionismo alemán. Para esta visión reduccionista todo fue culpa de las ambiciones excesivas del Kaiser y de los Junkers, y se hace caso omiso de las complejidades de la política de aquel entonces. Esta hipótesis  fue concebida y postulada, desde luego, incluso antes de que la propia guerra hubiese terminado. Los gobiernos aliados explicaban que la agresión del antidemocrático Imperio Alemán obligó a las potencias de la Entente a ir la guerra para defender no sólo el equilibrio de poder, sino la supervivencia de la civilización occidental. La existencia de un gran plan militar alemán, concebido por el jefe del Estado mayor del II Reich Alfred Graf von Schliffen, es aún hoy para muchos prueba fehaciente de que los alemanes poseían una inquebrantable vocación agresora. Sin embargo, esta perspectiva ignora el impacto y trascendencia de los acontecimientos que ocurrían más allá de Alemania. Gran Bretaña había seguido una política de exclusión de los estados rivales de grandes extensiones de África y Asia con el fin de proteger sus intereses comerciales. La competencia interna por el poder entre las élites de Austria y Hungría contribuyó decididamente al desarrollo de un importante partido "pro guerra " en el imperio de los Habsburgo. El deseo, se diría la obsesión, de Francia de recuperar el prestigio y los territorios perdió en la guerra franco-prusiana aumentó de la beligerancia de su diplomacia. Tras su humillante derrota ante Japón en la guerra de 1905, Rusia inició un programa de rearme masivo de Rusia que prendió todas las alarmas en Alemania.

Por su parte, la escuela marxista sostienen que en 1914 la guerra era inevitable no a causa de las acciones individuales de cualquier Estado, sino porque la estructura de un orden mundial imperialista y el sistema económico capitalista la hacían ineludible. La industrialización de las grandes potencias provocaba un creciente apetito por adquirir nuevos mercados y recursos naturales, lo que impelía a los Estados europeos a conquistar nuevas y extensas posesiones coloniales. Sin embargo, el determinismo subyacente de este análisis no tiene en cuenta el impacto de las decisiones individuales, siempre tan influyentes en el caprichoso devenir histórico. Estados europeos se habían enfrentado sobre el tema de las posesiones coloniales imperiales desde hacía décadas y , sin embargo, la guerra se evitó muchas veces antes de 1914. Como Margaret MacMillan señala, para los países involucrados, " siempre había una opción."

Una tercera escuela de autodefine como "de culpabilidad múltiple", y expone que el conflicto del 14 estalló a causa de los graves errores, omisiones, precipitaciones y malas interpretaciones de las elites políticas y militares. Esta postura es representada, cobre todo, por Barbara Tuchman y, más recientemente, por Niall Ferguson y Sean McMeekin. Esta interpretación destaca que después de haber conocido grandes estadistas en el siglo XIX (Disraeli, Gladstone, Bismarck, etc.) Europa se vio de repente gobernada por mediocres élites políticas y militares. Tuchman culpa " estadistas y diplomáticos abrumados, equivocados y en ocasiones mendaces que tropezaron en una catástrofe cuyos horrores no podían ni imaginar.” Para  McMeekin los estadistas de la época simplemente “no estuvieron a la altura de las circunstancias”, y Ferguson alega que los gobernantes europeos actuaron más en atención de sus necesidades locales que con una perspectiva global y de largo plazo.

Pero este enfoque tiene el defecto de enfatizar demasiado las decisiones políticas y olvida un tanto los contextos económicos y militares más. Historiadores como Christopher Clark y Margaret MacMillan emplean métodos analíticos en los que aceptan que  las decisiones adoptadas durante la crisis fueron, sin duda, importantes, pero deben considerarse en el contexto de las instituciones en las cuales se tomaron, así como las ideologías, las psicologías, y las complejidades históricas que las enmarcaron . La exposición de Clark incluye una descripción detallada de la evolución del movimiento ultra nacionalista en Serbia que facilitó el asesinato de Franz Ferdinand (trágicamente una de las voces más poderosas para la paz en Austria) y examina cómo fue que varias decisiones y acontecimientos entrelazados fueron causa de la hecatombe.

Evidentemente, para comprender los distintos enfoque que existen sobre el origen de la Primera Guerra Mundial hay que entender el panorama mundial particular que a cada historiador le ha tocado vivir. Los orígenes de la escuela clásica que culpa a Alemania de la tragedia son políticos. Los historiadores marxistas abiertamente escribieron para un doble propósito donde la comprensión histórica iba de la mano con una ideología política prescriptiva. El trabajo de Tuchman y McMeekin refleja sus propios contextos históricos. Tuchman escribió en el apogeo de la Guerra Fría, cuando -al igual que en 1914- las pifias de las élites políticas podrían llevar a un Armagedón global. Las visiones más contemporáneas conviven con las complejidades del mundo de la posguerra fría. Estas contextualizaciones para nada invalidan el trabajo del historiador. Es, inevitablemente, el producto del su propio contexto y de preconcepciones inevitables. Esto es lo que hace que la historia de una disciplina tan rica y vital. El historiador debe dominar los distintos elementos de análisis y entender que el objetivo final no es alcanzar la verdad, sino la comprensión.

viernes, 3 de enero de 2014

La Escuela de Pirrón

All true language is incomprehensible, like the chatter of a beggar's teeth." Antonin Artaud.

¿Cuántas cosas han en este mundo que sólo se resuelven dejándolas sin resolución?

 

Dicen que las mentiras tienen piernas cortas, ¡Ah pero como saben hacer zancadillas!

El ciego amor jamás ha sido capaz de discernir donde acaba dios y donde empieza satán.

“Toda la música tiende al silencio.” ― Giovanni Papini

"¿Es la prisa la pasión de los necios?", se preguntaba Pascal.

“Se me debe exigir que busque la verdad, pero no que la encuentre.” ― Denis Diderot

No persons are more frequently wrong, than those who will not admit they are wrong.” ― François de La Rochefoucauld