martes, 22 de diciembre de 2020

Pinche Déspota

 



La risa es el peor veneno para los dictadores. La mejor forma de evaluar cuan autoritario es un gobierno es calibrando su nivel de tolerancia ante quienes se ríen de él. La democracia permite la sátira del poder, pero los déspotas carecen de sentido del humor. La risa les es letal porque socava su autoridad, los evidencia como los seres humanos fallidos y mediocres que -en realidad- son, mina su legitimidad “histórica” y borra su supuesta “aurea mítica”. Los desnuda, y desnudos no son nada. Por eso el rostro cetrino y la actitud solemne son características naturales del dictador. Ante el humor reaccionan de forma violenta. Burlarse de tiranos como Hitler, Mao, Mussolini o Stalin  podría costarle la vida al chistoso. Los casos de las dictaduras del llamado “socialismo real” de Europa del Este, en la Cuba castrista o en las dictaduras del Cono Sur están llenos de ejemplos donde el sátrapa persiguió con saña a quienes osaban reírse de él. Basta con mirar fotos de Pinochet, Franco, Somoza o Trujillo para leerles en el rostro un inmarcesible rencor, vivero de sus odios a gran escala.

En este tiempo de caudillos populistas sobran ejemplos de tiranos sin humor. A Vladimir Putin los medios de comunicación no lo tocan ni con el pétalo de una broma. Cuando el dictador ruso asumió el poder, una de sus primeras víctimas fue el muy popular programa satírico de televisión Kukly (Marionetas), sí, el típico de muñequitos donde se burlan de los políticos y celebridades. Se le ocurrió parodiar a Putin sin misericordia y ¡zas! a las pocas semanas desapareció del aire. Claro, en la tele rusa hay aún programas de chistes políticos, pero siempre esterilizados y evaden criticar a Putin o a su círculo interno. Más bien se dedican a burlarse de enemigos del Kremlin, tanto los internos como los del exterior. Por ejemplo, en un sketch sobre la cumbre del G20 de 2019, Putin aparece como un poderoso judoka que humilla sus contrapartes occidentales.

En China las autoridades son tan quisquillosas con esto de las burlas al presidente que han prohibido se reproduzca la imagen de Winnie Pooh por cualquier medio impreso o digital, ello porque no falta en las redes sociales quienes se avientan la puntada de comparar al osito dulce y regordete con el nada dulce pero, eso sí, regordete dictador Xi Jinping. Los censores chinos no toleran que se ridiculice al líder del país porque él no hace cosas tontas o risueñas, ni comete errores. Está por encima de la población y no se lo puede cuestionar.

Hace pocos días, las relaciones diplomáticas entre Turquía y Francia se tensaron considerablemente a causa de una portada satírica aparecida en la revista Charlie Hebdo. Se trata de una caricatura del sátrapa turco en camiseta, calzoncillos y cara de lujuria que le sube la falda a una mujer mientras ella exclama “¡Ohhh, el profeta!”. “Esa revista no respeta ninguna fe ni nada sagrado…El objetivo no es mi persona, sino nuestros valores” declaró, muy enojado, Erdogan. En Turquía impera desde hace años una feroz censura de prensa. Solo ha florecido en los últimos años una publicación, Misvak, la cual usa su “humor” a favor del gobierno y para ridiculizar a opositores internos y gobernantes extranjeros. A Macron lo caracterizó hace unos días en una caricatura como un cerdo alimentándose de excrementos marcados con la palabra “Racismo” y expulsando un ejemplar de Charlie Hebdo a modo de ventosidad.

Donald Trump es otro intolerante con las bromas hacia su amable persona. Las imitaciones de Alec Baldwin en Saturday Night Live lo irritan sobremanera. El presidente despacha una catarata de tuits agresivos cada vez que se burlan de él en alguno de los shows nocturnos de la TV. Su atrabiliaria conducta rompe con lo que, hasta ahora, había sido una especie de regla no escrita para los presidentes de Estados Unidos: nunca mostrar que un chiste enoja. Ah, eso sí, Trump es otro (sí, otro) llorica. Afirma ser “el presidente más zaherido por los humoristas en la historia”. Pero lo cierto es que desde siempre todos los mandatarios han sido objeto de sarcasmos, incluidas las imitaciones (algunas de ellas geniales) de Saturday Night Live.

Eso sí, algunos de los dictadorzuelos pretenden tener un cierto sentido del humor, pero nunca referidos a su persona. No saben reírse de si mismos. Su humor es para insultar a los demás de maneras más bien soeces. Fidel Castro o Hugo Chávez podían llegar a divertirse e incluso a ser encantadores en determinados círculos. También contaban chistes, siempre y cuando fueran ellos quienes decidieran qué o quienes serían los objetos de burla. Jamás ellos, desde luego.

Por supuesto, nuestro Peje se incluye en la lista de dictadorzuelos sin sentido del humor o, si acaso, entra en la lista de quienes hacen chistes contra adversarios con escasa sutileza y nulo sentido de la ironía. Compruébese esto solo con escuchar los burdos insultos y agresiones que constantemente espeta AMLO en sus patéticas mañaneras. ¡Ah!, pero eso sí, olvídense de burlarse del nuevo Tlatoani, porque si no viene el linchamiento mediático por parte de bots y fanáticos, como le sucedió al genial Brozo. La colérica campaña en contra del payaso tenebroso por haber dudado del carácter divino del Sagrado Guía de La Cuarta Transformación y llamarlo “pinche presidente” es un rasgo fehaciente del carácter autoritario e intolerante de quien nos gobierna.

La risa es nuestra mejor defensa contra las dictaduras, pero no porque la sea lucha no violenta quiere decir que sea fácil. Por el contrario, el humor requiere un flujo constante de creatividad para ser efectivo. Y a Brozo la creatividad le sobra. ¡Hay que defenderlo!

Pedro Arturo Aguirre

Etcétera 19/XII/20

La Estulticia como Política de Estado

 




Cómo el político hábil que sin duda es, Andrés Manuel López Obrador es experto en levantar “cortinas de humo” para distraernos de los temas en verdad relevantes. Todas las pifias, corruptelas, torpezas e ineficiencias de su catastrófica administración se ven eclipsadas por las ocurrencias que suele soltar en sus insufribles mañaneras. La economía es un desastre, la inseguridad es rampante,  la corrupción sigue tan campante, más de ciento diez mil mexicanos han muerto por el Covid, hay desabasto de medicamentos, las inundaciones en Tabasco fueron pavorosas, los niños mueren de cáncer, y ante todo ello AMLO apela una y otra vez a a trucos mediáticos: la rifa del avión, la demanda de disculpas a España por la Conquista, la guerra por el penacho de Moctezuma y un larguísimo etcétera. No se le acaban los trucos al presidente. Y le funcionan. Sus ocurrencias nos podrán parecer tontas y extravagantes, pero cumplen la función de normalizar la desgracia y naturalizar la ineptitud. La popularidad del presidente se mantiene por lo alto mientras nos mantiene en Babia con debates baladíes. ¡Ah, pero la sandez con la que salió hace un par de días con el propósito de cubrir el escándalo de corrupción de su prima Felipa se vuela todas las bardas!

Según el intelectual que tenemos por jefe de Estado (18 libros publicados y contando) “resiliencia”, “empatía” y “holístico” son “nuevas” palabras del período neoliberal y fustigó a los “intelectuales orgánicos” por no escribir para el pueblo y utilizar tecnicismos “que pocos conocen”. “Holístico no aparece en El Quijote”, espetó el mandatario, quien seguramente ignora que en su obra magna Cervantes empleó casi 23 mil palabras y hoy un ciudadano medio apenas utiliza unas 5 mil.  “Faca”, “cibera”, “agraz”, “sierpe” y “zahorí” son algunas de las muchas “jactancias neoliberales” que aparecen en el Quijote. Y aunque, reconozcámoslo, las palabrejas denunciadas por nuestro ínclito Peje tienen su sabor de pedantería, al presidente solo se le ocurrió tildarlas de “nuevas palabras neoliberales” en lugar de, por lo menos, calificarlas de “esnobs” o “pedantes”. Pero, eso sí, nos exige hablar en “un lenguaje accesible, el lenguaje del pueblo, un buen castellano” (por cierto, el idioma que legamos del odioso país al que ahora le demanda nos pida perdón). ¡Vaya intonso que es nuestro mendaz sátrapa! ¡Menester son asaz sosiego y estoicismo pétreo para arrostar el timón de tal belitre!

Todo esto es cortina de humo, pero también mucho refleja las limitaciones en la formación cultural del primer mandatario y los conflictos psicológicos que ello le acarrea, sobre todo ante los intelectuales críticos a su gobierno (“orgánicos”, les llama él). Pero hay más. Para el buen populista sentir orgullo por ser ignorantes es prácticamente una estrategia de poder. Es la estulticia (otra neoliberal palabra, supongo) como política de Estado. Recuérdese que los caudillos populistas se presentan como defensores de la gente común contra los elitismos políticos y académicos y es la razón de su desconfianza frente al razonamiento, la ciencia y la técnica. La inopia intelectual es su bandera, y ello les facilita explotar los resentimientos de la gente, sobre todo de los numerosos sectores que se sienten menospreciados por las elites. Lejos de perjudicarles o de descalificarlos como gobernantes, aparecer como tontos los hace pasar como “auténticos y sinceros”, en contraste con los rebuscados, pretenciosos y muchas veces grises políticos tradicionales, de ahí su constante recurrencia a los insultos y descalificaciones pueriles y su atípico interés por asuntos irrelevantes. Sus incoherencias, “gaffes” y desaciertos culturales son genuina carta de presentación ante el pueblo. El caso de Donald Trump es el más claro ejemplo de esto. Su sistemático uso de burlas de baja estofa y sus mentiras sólo puede dar frutos en una sociedad orgullosa de su "no saber". Esta dinámica de campante analfabetismo no es síntoma menor en los populismos de derecha europeos y los de pretendida izquierda latinoamericanos.

Pero, de nuevo, no basta con hacer escarnio de nuestro zafio gobernante, sino de proceder a un ejercicio de autocrítica. Las élites son responsables, en muy buena medida, de esta apoteosis del oscurantismo. “En la política y en la vida la ignorancia no es una virtud. No es cool no saber de lo que se está hablando. No significa ser auténtico o sincero. No es retar a la corrección política. Eso simplemente es no saber de lo que estás hablando”, dijo Barack Obama en alguna ocasión, en una apenas disimulada referencia a Donald Trump, y sin duda tiene razón. Pero perdía de vista que en el origen del antiintelectualismo norteamericano permea el agudo resentimiento de muchos sectores de la sociedad norteamericana, de los peor educados (I love the poorly educated, dijo alguna vez Trump), los white thrash que se ven obligados a asistir a escuelas públicas de pésima calidad y son incapaces de pagar las muy costosas carreras universitarias. Por eso votan con entusiasmo al demagogo psicópata y hoy lo defienden con ahincó en su quimérica denuncia de fraude electoral. Frente a las élites académicas encontramos al self made man, alejado de los artificios intelectuales y enraizado en sus tradiciones, valores y lugar de origen. Podrá considerárseles “pedestres”, pero sus convicciones y vínculos con su país y su gente son legítimos. Por eso despreciar olímpicamente a los votantes de los populistas es tan peligroso, injusto y contraproducente. Están enojados por justificables razones y deben ser tomados en serio. Si no ponemos un alto a la constante y abusiva  autopromoción de las élites, el muro que separa a éstas del resto de la sociedad seguirá creciendo y entonces no nos extrañe que las masas sigan votando por demagogos zafios y políticos idiotas, pero “auténticos”.

Pedro Arturo Aguirre

12/XII/20

La Apropiación Populista de la Historia

 




Todo régimen populista aspira a establecer una larga hegemonía, por eso una de sus prioridades es adueñarse de la historia. La idea consiste en convertir en propiedad de una facción valores que deberían ser de todo un país. "Yo soy el pueblo”, afirma el líder populista, “y por lo tanto todo lo bueno me corresponde y todo lo que me es ajeno es malo”. Se interpreta al pasado desde una perspectiva maniquea y perversa y con ello se adoctrina a la población, sobre todo a los más jóvenes. Se degrada la historia como saber despojándola de todo sentido crítico y se le fosiliza en una interpretación cerrada, maniquea y facciosa. Mussolini jugaba a ser emperador romano. Grotesco ha sido el  manejo de la figura de Simón Bolívar por parte del chavismo. Erdogan pretende restaurar la gloria otomanista. Putin quiere revivir el tiempo de los zares. En Latinoamérica nuestros populistas retuercen la historia con pueriles patrioterismos, sesgos ideológicos, verdades a medias, francas mentiras y hasta con sectarias cursilerías, todo lo cual pretende reforzar en el carácter mesiánico y providencial de autócratas que describen sus acciones como guiadas “sólo por su responsabilidad ante la Historia”.

Se reinventa el pasado para crear un relato que legitime al régimen autoritario y destierre el pluralismo. Los textos escolares en países como Venezuela, Bolivia e incluso Argentina cuentan la historia del siglo XX de una manera binaria, incidiendo en crasos errores, reduccionismos históricos y visiones unilaterales. Desterradas quedan la diversidad de ideas y de puntos de vista. Perón alguna vez subrayó la importancia de adoctrinar a los estudiantes desde la más tierna infancia. Dijo: “Si bien no votan hoy, votarán mañana. Tenemos que irlos convenciendo desde la escuela primaria. Yo por eso le agradezco mucho a las madres que les enseñan a sus hijos a decir “Perón” antes que a decir papá". Y por el estilo el resto de los dictadores añorante de convertir las escuelas en incesantes fábricas de militantes para la causa.

En México hemos empezado con el adoctrinamiento populista. Primero fue la “Cartilla Moral” de Alfonso Reyes, distribuida por los evangélicos en sus templos y zonas de influencia. También con la actitud de muchos maestros adictos “a la causa”, quienes adoctrinan a sus alumnos de forma cada vez más abierta en las escuelas públicas, lo cual quedó de manifiesto en aquella gira a Oaxaca cuando el Sr. Presidente fue recibido por unos 150 niños que lo celebraron con porras como esa de “Es un honor estar con Obrador”. y también con una de “Obrador para los niños es mejor”, sin omitir el ya célebre “Me canso ganso”. Ese mismo día, por cierto, fue la gesta de Ovidio en Culiacán.

Ahora ha llegado la Guía Ética para la Transformación de México, panfletillo que será distribuido en millones por todo el territorio de nuestro atribulado país y cuyo argumento medular consiste en fulminar al pasado neoliberal, fuente de todo mal. Dice el catequismo de marras en uno de sus primeros párrafos: “…El régimen neoliberal y oligárquico que imperó en el país entre los años ochenta del siglo pasado y las dos primeras décadas del siglo XXI machacó por todos los medios la idea de que la cultura tradicional del pueblo mexicano era sinónimo de atraso y que la modernidad residía en valores como la competitividad, la rentabilidad, la productividad y el éxito personal en contraposición a la fraternidad y a los intereses colectivos; predicó que la población debía acomodarse a los vaivenes de la economía, en vez de promover una economía que diera satisfacción a las necesidades de la gente; los más altos funcionarios dieron ejemplo de comportamientos corruptos y delictivos y de desprecio por el pueblo y hasta por la vida humana…”. Así es, se comienza con la falacia, muy recurrente en el imaginario de la 4T, de atribuirle al México anterior a los años ochenta cualidades que invitan a imaginarlo como una especie de sucursal del paraíso. El resto del documento se despliega entre todavía más reduccionismos, maniqueísmos y mentiras que pretenden convertir posturas partidistas en verdades universales e inmutables dogmas. Una supuesta “superioridad moral” que denuncia las pretensiones del lucro y el egoísmo individualista para dar lugar a la edificación de un “Hombre Nuevo” exclusivamente motivado por la ética del “bien común”. Nada de perseguir incentivos materiales o de procurar fines individuales en un ámbito de libertad. La “felicidat” consiste para el moralino en buscar la purificación mediante el sacrificio a la comunidad. Ello, desde luego, va en contra de la naturaleza propia de los seres humanos y, como se ha visto en reiteradas ocasiones a lo largo de los últimos tiempos, tratar de trasmutar bajo coacción a un sujeto en un ser celestial requiere de tratamientos brutales y siempre ha fracasado de forma estrepitosa y trágica.

El liberalismo toma al ser humano tal como es y entiende su naturaleza como compleja e irreductible. Para las ideologías totalitarias y los dictadores moralinos esta complejidad es inconcebible. Poseer cualidades de predicador ha estado presente en dirigentes megalómanos obsesionados con su paso a la “Historia”, pero también con la educación del pueblo y con guiar a la gente en los terrenos no solo políticos, sino también en los morales y personales. En ocasiones, estos sátrapas  han escrito “grandes obras” llenos no solo de sus “verdades” ideológicas, sino también constituyen manuales de moral y buen comportamiento ciudadano. Algunos esperpénticos ejemplos de esto lo dan el Ruhnama del insólito dictador de Turkmenistán Niyázov, el Libro Verde de Gadafi, la idea Juche de Kim Il Sung, el póstumo Libro Azul de Chávez, la “comunocracia” del guineano Ahmed Touré y el libro de citas de Mao. Pues bien, los mexicanos ya tenemos nuestro pequeño libro moreno de citas.

Pedro Arturo Aguirre

Etcétera 5/XII/20

Repensar la Socialdemocracia

 





Después de cuatro horribles y desconcertantes años, con la victoria de Joe Biden millones de habitantes de este planeta queremos creer que estamos a punto de iniciar un nuevo comienzo. La democracia estadounidense se sometió a una dura prueba y aunque, en general, salió avante lo cierto es que quedan preocupaciones profundas sobre su viabilidad en el largo plazo. En cuanto al efecto de la derrota de Trump en la moda populista, seríamos muy ingenuos si nos pusiéramos a cantar victoria. El giro autocrático de la política actual Trump surgió de profundas fracturas sociales. Si queremos revertir tan infame tendencia urge identificar y abordar las causas. Las raíces del trumpismo no comienzan ni terminan con Trump.

El auge del populismo nos convoca a reevaluar la viabilidad del modelo socialdemócrata, hoy electoralmente a la deriva. La importancia de la socialdemocracia como una de las grandes tendencias del pensamiento político universal es incuestionable. Mucho contribuyó el siglo pasado en la lucha por el bienestar de la humanidad al constituirse en una alternativa progresista empeñada en conciliar el respeto irrestricto a las libertades individuales y los derechos humanos con la justicia social y el equilibrio económico. Sin embargo, atraviesa en la actualidad por una ingente crisis. En lo que llevamos del siglo XXI se ha producido un creciente declive en las urnas de las alternativas socialdemócratas y aunque aún no es un desastre total, si se trata de una pronunciada pendiente.

La socialdemocracia terminó el siglo XX con pronósticos muy optimistas, pero ahora su proyecto ha perdido rumbo y no existen indicios sólidos de que sea capaz de enfrentar con lucidez los retos de los años por venir. La característica más grave de esta crisis es su casi completa “pérdida de identidad” como una opción política plausible, lo que ha llevado a algunos de los nuevos dirigentes de los partidos socialdemócratas del mundo a procurar un “regreso a los orígenes” y reinstaurar los programas, discursos e identidades que caracterizaron a la socialdemocracia durante los años setenta e incluso antes. Pero no han tenido éxito. Incluso buena parte del electorado socialdemócrata tradicional ha desertado para favorecer a opciones populistas de extrema derecha, como quedó claro en el voto del Brexit de 2016, las elecciones francesas y neerlandesas de 2017 e incluso en las presidenciales norteamericanas de 2016. En todos estos casos regiones industriales que tradicionalmente simpatizaban con la centroizquierda, pero que han sido particularmente castigadas por la globalización, optaron por cambiar su voto en favor del populismo de derecha. Y en América Latina estos sectores se han dejado seducir por los cantos de sirena de demagogos pretendidamente “de izquierda”.

El reto de la socialdemocracia actual es hoy el misma de siempre: asegurar que una proporción más alta y pertinente del crecimiento económico beneficie a la mayor parte posible de la gente y no sólo como una cuestión de justicia distributiva, sino también como la mejor esperanza de evitar el deslizamiento de la democracia liberal a la democracia “iliberal” y de ésta a una autocracia absoluta que barra con las garantías ciudadanas y los derechos humanos. El drama reside, lamentablemente, en que la visión, enfoque y proyecto de los socialdemócratas parece carecer hoy con un esquema sólido con el cual afrontar los retos de la presente centuria. El keynesianismo estatista (inversión pública exorbitante, déficits presupuestales, ampliación del Estado bienestar, etc.) que enarbolan tanto algunos socialdemócratas añorantes de viejo cuño como algunos populistas ha demostrado, en reiteradas ocasiones, su inviabilidad. No basta con señalar a los “excesos del neoliberalismo” como explicación de los problemas sociales y económicos del sistema capitalista. El viejo estatismo podrá, eventualmente, ganar algunas elecciones, pero terminará en el desastre, tal como lo atestigua la hecatombe venezolana o los fracasos de los gobiernos populistas. Se ha hecho evidente que crecimiento sostenido del Estado del bienestar es insostenible debido a las tensiones y paradigmas propios de la globalización y a las ingentes limitaciones de recursos económicos para garantizar más y mejores políticas sociales. El incremento progresivo del peso del Estado en la economía se ha convertido más en un pasivo que en un activo para el libre desarrollo de un modelo económico competitivo.

Asimismo, concurre a la crisis socialdemócrata en esta época de grandes cambios tecnológicos el gran auge de las redes sociales y la progresiva simplificación de todo mensaje político, lo cual redunda a favor de la banalización de la política y de la consiguiente manipulación burda de amplísimos sectores de la opinión pública. Los populistas –de izquierda y de derecha– encuentran en este escenario una eficaz vía de penetración,

El regreso al estatismo y recurrir a la simplificación del discurso no es el camino por el que pueda transitar la socialdemocracia del siglo XXI. Con este equipaje, el viaje es menos que imposible. Solo a través de análisis precisos y soluciones actualizadas y audaces que estén a la altura del compromiso exigido por los nuevos tiempos es posible imaginar una democracia con vocación social y progresista. Urge la construcción de nuevas opciones ciudadanas, alejadas de los esquemas corporativos de la socialdemocracia tradicional, pero que manejen un discurso progresista en lo social y de irrestricta defensa de los valores de la democracia liberal, y que además sean capaces de emocionar al electorado y ponerse a tono con las formas y elementos de hacer política del siglo XXI. En México no basta con oponerse sin ton ni son al populismo. La oposición socialdemócrata debe construir, no solo criticar, articularse como una organización democrática, ciudadana, flexible, con postulados políticos orientados hacia el liberalismo progresista y la socialdemocracia moderna, pero sin incurrir en sectarismos o dogmatismos ideológicos, lo que significa edificar una alternativa con identitarios programáticos claros y una organización le permita cumplir con sus objetivos de forma eficaz.

Una genuina opción socialdemócrata deplora la trivialización de la política a la que ha dado lugar la excesiva influencia de los medios en las campañas y denunciar la extrema personalización de la política provocada por la antidemocrática proliferación de "caudillos" que se apropian del liderazgo político en las sociedades actuales. En suma, se trata de resucitar en la política mundial una forma de “socialdemocracia renovada” capaz de sostener aquella altura intelectual de los partidos que no asumen un “credo de cruzada”, sino una actitud profundamente crítica del entorno real, y, como lo propuso ya en los años cincuenta el teórico Anthony Crosland “con una filosofía escéptica pero no cínica; independiente, pero no neutral; racional, pero no dogmáticamente racionalista”.

Pedro Arturo Aguirre

Etcétera 28/XI/20

El ocaso de las élites

 



Mientras las élites no acepten que tienen una importante responsabilidad en el ascenso de los líderes populistas difícilmente se podrá frenar el declive de la democracia liberal. La formación de las élites, como lo demostraron Pareto y Mosca, es algo inevitable e incluso indispensable en las sociedades complejas, pero el problema viene cuando se vuelven endogámicas y no son capaces de renovarse. Ello contribuye a su falta de conexión con el resto de la sociedad y a incurrir en persistentes comportamientos erróneos. Por eso la democracia en demasiadas ocasiones (en el caso mexicano, claramente) se volvió incapaz de funcionar como un mecanismo de transformación social o de redistribución de oportunidades y se convirtió en espacio exclusivo para el juego de los sectores poderosos e influyentes. Nuestras supuestas democracias empezaron a degradarse, se convirtieron en sistemas de baja estofa carentes de proyectos y audacia restringidos a la tarea de reciclar en el poder siempre a los  mismos elencos.

Entre las causas del resentimiento antiélite encontramos a las disparidades económicas, desde luego, pero también a la naturaleza cada vez más cerrada de las élites, cuya pertenencia es determinada por la procedencia social y las conexiones y no por los méritos. También concurre la idea -cada vez más arraigada- de que las élites de oponen a la identidad nacional. Por eso el populismo posee como ingrediente clave al antielitismo, el cual reivindica el provincialismo, el repudio a todo lo aristocrático, los recelos ante todo lo cosmopolita y se materializa en la idea de que los políticos de “están demasiado lejos” y son “demasiado privilegiados” para entender el alma profunda del pueblo.

Los constantes y cada vez más ignominiosos escándalos de corrupción, la profundización de la pobreza, las crisis económicas recurrentes, la creciente separación entre las élites políticas y los gobernados, la tendencia mundial de mayor concentración de la riqueza en pocas manos y el permanente incumplimiento de las promesas de campaña marcan desde finales del siglo pasado el paso de la decadencia de la democracia liberal. Las elecciones dejaron de ser competencia entre opciones políticas expresadas en una plataforma electoral. Los armazones ideológicos perdieron fuerza. Los partidos se transformaron en máquinas constituidas por cuadros de profesionales muy organizados como estructura, pero cada vez menos identificados con un puntal filosófico. Paradójicamente se volvieron más tribales al perder sus peculiaridades ideológicas. Pertenecer importa más que creer. Esta trivialización los alejó del ámbito ciudadano. La inmensa mayoría de los electores no desea pertenecer a partido alguno, por tanto, el juego electoral se convirtió en un deporte de minorías. El resultado fue una desconexión evidente entre los actores políticos y el los ciudadanos de “a pie”. El debilitamiento de los partidos dio lugar a una excesiva personalización de la política y a incrementar la influencia de poderes fácticos, de los intereses económicos, de los grupos de presión y medios de comunicación.  Ante la ineptitud de la política, la plutocracia y la “mediocracia” le ganaron la batalla a la democracia. Y, para colmo, todo ello vino aunado a un notable abatimiento en la calidad de los liderazgos políticos. El filósofo Tony Judt escribió poco antes de morir: “Durante el largo siglo del liberalismo constitucional, de Gladstone a Lyndon B. Johnson, las democracias occidentales estuvieron dirigidas por hombres de talla superior. Con independencia de sus afinidades políticas, Léon Blum y Winston Churchill, Luigi Einaudi y Willy Brandt, David Lloyd George y Franklin Roosevelt representaban una clase política profundamente sensible a sus responsabilidades morales y sociales. Es discutible si fueron las circunstancias las que produjeron a los políticos o si la cultura de la época condujo a hombres de este calibre a dedicarse a la política. Políticamente, la nuestra es una época de pigmeos”. Y este desdoro en la calidad de los liderazgos democráticos facilitó la aparición de la caterva de caudillos populistas zafios y semianalfabetos que hoy padecemos

Por otro lado, si bien los partidos han entrado en crisis y debe demandárseles encontrar fórmulas para reconectar con la ciudadanía, también es cierto que una sociedad políticamente madura entiende que la democracia es un sistema de gobierno desilusionante y que los atajos a los desafíos sociales son quimeras que venden los demagogos. Por eso a las élites en las democracias liberales les corresponde el desafío hercúleo de revertir la desilusión con la democracia y las elecciones y al mismo tiempo hacer entender a los ciudadanos que dicha democracia es, a final de cuentas, un sistema ingrato, aburrido, siempre nugatorio. Es la tierra de las negociaciones, de los “toma y daca”, de las limitaciones que impone lo que Bismarck llamó “mundo de lo posible”. Contra ello compite la cultura de la inmediatez y de la satisfacción instantánea hoy tan en boga. La demanda de inmediatez produce exceso de pragmatismo, simplicidad conceptual y la retórica meramente persuasiva. El espectáculo vende más que las ideas y los razonamientos. Lo superficial prima sobre lo esencial. ¿Cómo recuperar entonces la viabilidad de las democracias liberales? ¿Cómo emocionar a los electores sin incurrir en la demagogia ni en los verdades alternas? Las respuestas son arduas. Demandan un trabajo profundo de imaginación y autocrítica, pero todo comienza con reconocer cómo y dónde han fallado los mecanismos de selección y circulación de las élites y en efectuar una lectura apropiada del tiempo en que vivimos.

Pedro Arturo Aguirre

Etcétera 21/XI/20

Los “prodigios” del liderazgo carismático

 






Estados Unidos vive una etapa crítica de su historia. Donald Trump, el  “presidente bebé”, hace tremendo berrinche por haber perdido las elecciones, pero eso no es lo más grave. A final de cuentas, todo el mundo conoce la abominable personalidad del presidente. Lo verdaderamente temible es la actitud del Partido Republicano en su aparente condescendencia ante los caprichos del señor. Sin esta complacencia los frívolos intentos de Trump de robar “de alguna manera” la elección se hubiesen venido abajo desde el primer momento y no pasarían de ser un desahogo útil solo para que el gran megalómano pueda racionalizar su derrota. Eventualmente, eso es lo que va a pasar. Los republicanos no “quemarán la casa” (todavía) y tarde o temprano orientaran a su atrabiliario presidente a resignarse al resultado arrojado por las urnas. Pero, por mientras, hacen el juego a la antidemocracia y ponen en grave peligro a las instituciones e incluso a la seguridad nacional de Estados Unidos.

Algunos republicanos, como el impresentable senador por Carolina del Sur Lindsey Graham, han respaldado de todo corazón las mentiras de Trump. Sin embargo, los de más peso, como el vicepresidente Mike Pence y el líder senatorial Mitch McConnell, han manifestado “solidaridad” con el presidente sin apoyar del todo sus teorías conspirativas, de alguna manera preparando el terreno para cuando tengan que hacer entrar en razón al jefe. Sin embargo, no haber actuado de forma decidida en defensa del régimen democrático desde el primer momento es un síntoma (uno más) del creciente abandono a la democracia liberal por parte del Partido Republicano. La periodista Anne Applebaum, en su libro de reciente aparición  Twilight of Democracy: The Seductive Lure of Authoritarianism (El Crepúsculo de la Democracia: El seductor señuelo del autoritarismo) habla de cómo algunos partidos de tradición democrática han terminado por convertirse a lo largo de todo el mundo durante este tiempo de nuevos autoritarismos en instrumentos de líderes autoritarios y populistas. En el caso de Estados Unidos, la forma como Trump doblegó al Partido Republicano es fascinante. Al comenzar la extravagante campaña presidencial de 2016 nadie apostaba un céntimo por el éxito del magnate, pero éste fue creciendo imparable en las encuestas y se llevó la nominación muy a pesar del propio establishment del Partido Republicano. Desde entonces, narciso se ha devorado al partido y lo empieza a hacer a su imagen y semejanza. A fin de cuentas, Trump es un Frankenstein creado por los propios republicanos, quienes optaron durante la presidencia de Obama por incidir en una oposición radical, intransigente y militante, por completo ajena a cualquier posibilidad de negociación o compromiso con “el enemigo”. También llevaban ya muchos años prohijando las posturas extremas de los fundamentalistas cristianos, de los defensores a ultranza del derecho a usar armas y de los anti-inmigracionistas, entre otros fanáticos. Ahora los republicanos son rehenes de la narrativa de fraude electoral de Trump, la cual ha reforzado la radical y maniquea visión del mundo de buena parte de su base electoral.

Ante los ojos de millones de votantes de Trump el gobierno de Biden será ilegítimo. La del fraude electoral será una más de las absurdas teorías de conspiración que alimentan su imaginario colectivo, las cuales tanto contribuyen a minar la confianza y la buena fe en las relaciones políticas de Estados Unidos. Los republicanos “de a pie” terminarán tras todo este proceso aún más furiosos y engañados de lo que estaban. Nada les quitará la idea de que la  elección fue robada y de que el Partido Demócrata es malvado per se, y, por supuesto, no será Trump quien pretenda sacarlos del error, al contrario, narcisista irresponsable, insuflará todavía más los ánimos para fortalecer sus objetivos personales a futuro. Sólo piénsese en lo que ello significa. Millones de estadounidenses considerarán a los demócratas la encarnación del mal, dejarán de creer en su gobierno y sus instituciones e incluso en los medios de comunicación tradicionales, ahora incluida la mismísima cadena Fox, la cual se ha negado a secundar con ahínco al presidente en sus alegatos de fraude. Pensarán que todo esto es parte de una conspiración deliberadamente construida para robar la presidencia. Y ese tipo de sentimiento, esa convicción de que los adversarios políticos no solo están equivocados sino que son malvados y traidores siempre es útil para crear una masa muy aprovechable políticamente, hoy y en cualquier momento en el futuro, por parte de líderes inescrupulosos del tipo de Donald Trump.

A nivel global, la derrota de Trump podría generar la esperanza de un “principio del fin” de la moda populista que hoy atosiga al planeta, pero más bien se corre el peligro de que ésta actitud de “mal perdedor” envalentone aún más a los autoritarios  de todos lados para sostenerse en el poder por encima de las reglas del juego democrático y “a nombre de la voluntad del pueblo” en contra de elites “misteriosas y perversas”.

No hay populismo sin “Pueblo”, sin electores manipulados por la propaganda simplificadora y el discurso maniqueo diseñado para conectar con los sentimientos y las pasiones. No hay populismo sin una masa ávida de proyectar sus frustraciones en un caudillo, de identificar autoridad con “mano dura”, de equiparar proyecto con revancha, desarrollo con asistencialismo y patriotismo con militancia. Millones de estadounidenses creen a pie juntillas las mentiras de un megalómano vulgar y mitómano y cosas muy parecidas suceden en una creciente cantidad de países, incluido México.

Tal preferencia de las masas de las verdades alternativas ante la realidad objetiva nos obliga a formularnos preguntas:

 ¿Realmente tenemos vocación por la legalidad y la democracia, o nuestras inclinaciones van por un gobierno vertical y suponen un íntimo fervor por el autoritarismo?

¿Somos racionales o preferimos la comodidad de creer en los “prodigios” del liderazgo carismático?

¿Somos ciudadanos plenos, cuidadosos de nuestras libertades y  responsabilidades, o tras la apariencia de “ciudadanía” ocultamos rezagos de viejas servidumbres?


Pedro Arturo Auirre

Publicado en Etcétera 14/XI/20

 

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Donald Trump en la Bandera de Estados Unidos

 



Menos mal, Joe Biden ganó las elecciones, pero da pavor observar la forma tan estrecha como lo hizo. Razones sobraban para esperar que Donald Trump recibiera una paliza, sobre todo con el notable ascenso de la participación  electoral, la mayor para una elección presidencial de Estados Unidos desde 1900. La economía está en una profunda caída, la gestión gubernamental de la pandemia ha sido desastrosa y el presidente es un sujeto atrabiliario y soez de poderosas pulsiones autoritarias quien ante la muerte  de una cuarto de millón de sus compatriotas por Covid describe a ésta cifra como un engaño inventado por “médicos codiciosos”. Además, se niega a negociar un paquete de estímulo económico con la Cámara de Representantes y a diario miente insulta y tergiversa la ley para beneficio propio y de sus allegados. Cree que las instituciones existen para su servicio personal. De cara a las elecciones presionó a su fiscal general para iniciar una investigación criminal contra Biden y Hillary Clinton. Suele desestimar los informes de inteligencia que contradicen sus propios prejuicios y ha sido descrito como “no apto” para ocupar la presidencia en reiteradas ocasiones por decenas de ex funcionarios y oficiales retirados (muchos de ellos republicanos) ya por no hablar del alud de psiquiatras que opinan lo mismo.

 

Tanto y tan inusitado entusiasmo electoral invitaban a pensar en un triunfo a lo grande de Biden y en un justo castigo al megalómano irresponsable. No fue así.  Muchas lecciones nos dejan las reñidas elecciones del martes 3 de noviembre y una de ellas es que una masiva participación electoral no siempre es síntoma de una democracia sana. La mitad de los electores gringos votó por un sátrapa a todas luces mentiroso, soberbio, tramposo y autoritario. La pesadilla está lejos de terminar. El país que gobernará Biden está dividido y con su democracia en profunda crisis, escindido no sólo por ideología y preferencias políticas (sería lo normal, a fin de cuentas), sino por la forma en como los norteamericanos conciben al mundo. Se rompen los consensos básicos indispensables en una democracia funcional. Prevalecen dos posturas antagónicas que parecen vivir en universos distintos. Una parte es respetuosa de la ley y las instituciones, cree en los hechos, respeta la ciencia y valora los objetivos de la democracia y la civilidad, el otro segmento cree ciegamente en un líder egocéntrico, autoritario y fatuo. Y estos dos sectores se profesan mutuo desprecio. Trump perdió, pero el trumpismo se queda y será para mal y por mucho tiempo.

Hace cuatro años supusimos que el sorprendente y, esperábamos, “anormal” triunfo de Trump había sido posible por varios factores coyunturales: la impopularidad de Hillary Clinton, la intromisión rusa en la campaña, el voto de protesta masivo, la investigación de última hora a los famosos correos electrónicos de Hillary ordenada por el FBI. Pero hoy vemos claramente la verdad: la mitad de los electores se identifican con tan impresentable personaje. “Donald Trump es la quintaescencia de los gringos, debería aparecer en la bandera de Estados Unidos”, ésta contundente opinión me la dio mi padre, quien nunca ha profesado a nuestros vecinos del norte demasiado amor que digamos. La aterradora es que quizá tenga razón. Éste formidable patán hizo explotar al inconsciente más bajo de sus paisanos con su xenofobia, racismo, machismo, grosero materialismo y otros tantos oscuros instintos. Y para cerrar el círculo es un millonario que, se supone, es un ganador nato y no le debe nada a nadie. Es el reflejo perfecto de lo que muchos de sus compatriotas quisieran ser. Está completamente descalificado para ocupar la presidencia de un país democrático y de sólidas instituciones, y su espeluznante personita sólo imaginable al frente de cualquier república bananera o para ser colega de Bokassa, Idi Amín o alguno de los sátrapas por el estilo que han asolado a las malhadadas naciones del África central. Pero no, es presidente de Estados Unidos, pretendido faro de la democracia mundial y tras cuatro años de desastroso gobierno estuvo a punto de obtener la reelección. Y si no lo consiguió, seamos claros, fue exclusivamente gracias a la crisis del coronavirus, que sí no…

La esencia de Trump, la causa por la que verdaderamente cautiva a tantos millones de gringos, es porque no se avergüenza de exhibir su egoísmo y su falta de empatía ante el sufrimiento de los demás. Ello estimula a sus admiradores pretender que tampoco ellos necesitan de estas cualidades. Todo se vale si es para ganar, aunque sea violar la ley, mentir, estafar o abusar del más débil. El “éxito a como dé lugar”, la apoteosis de la indecencia, la exaltación de la deshonestidad. El mensaje a sus fanáticos es todas estas “fruslerías” son los valores de tontos perdedores e incluso prácticas de la cultura de élite que este caudillo y sus fanáticos tanto odian, como hablar en frases largas y rebuscadas, leer libros o escuchar música clásica.

El gran bribón clama sin presentar prueba alguna que le robaron las elecciones y apelará a la Suprema Corte dando a entender que para eso nombró a tres de sus jueces. Tratará de minar a como dé lugar la legitimidad del gobierno de su sucesor y, de pasada, arrastrar al fango al lesionado sistema democrático. “Después de mí, el diluvio”, es uno de los apotegmas narcisistas, y con él los millones de zafios que lo aclaman. Ese es el Estados Unidos “profundo”, el país real. No tiene nada de democrático ni de compasivo.  

Pedro Arturo Aguirre

Publicado en Etcétera

7 de noviembre 2020

“¿Qué será lo que no estoy entendiendo?”




En el populismo la adulación es un elemento fundamental. De hecho, sin adulación no hay populismo. El pueblo rinde culto al líder, y el líder adula a las masas. Echar una ojeada al torcido mundo de la adulación es abrir una ventana a la impostura y al descomposición intelectual y moral. ¡Qué fácilmente los halagos sustituyen a la verdad, la exaltación a la reflexión y la lisonja al análisis equilibrado! François Fénelon, mordaz crítico de Luis XIV, escribió que “un rey está perdido si no rechaza la adulación y no prefiere a quienes dicen audazmente la verdad” y según John Locke la adulación  es un tipo de “abuso de confianza” en el que el servil engaña al adulado atribuyéndole capacidades o virtudes de las que carece”. ¿Y quién no conoce el genial cuanto de Hans Cristian Andersen donde se exhibe el embuste lisonjero con la inocente exclamación de un niño: “¡El rey va desnudo!”?

Para ser sinceros, es divertido oír las abyectas alabanzas de los sicofantes en política. Se podría escribir una larga enciclopedia con los millones de elogios dedicados a los sátrapas de ayer y siempre. Simplemente hagamos un breve repaso de algunas de las perlas más recientes. En Rusia se púbico hace poco un libro con la recopilación de frases célebres de Vladimir Putin. El autor, un sicofante de nombre Antón Volodin, describe a su idolatrado en la introducción: “Putin es un profeta. Todo lo que ha dicho se ha cumplido. Si todos los países le hubieran hecho caso, nos habríamos evitado muchas tragedias, como varias guerras y la llegada de cientos de miles de refugiados a Europa”. “Palabras que cambian el mundo”, lleva por título la magna obra, la cual fue entregada como regalo a todos los altos cargos de la administración y la política junto con una carta que explica la importancia de conocer tan ínclito pensamiento “indispensable para entender los principios que rigen la defensa de los intereses nacionales”. Por su parte, el sitio web Sputnik, uno de los más cercanos al gobierno ruso y conocido difusor de fake news, disfraza la acreditada vulgaridad del presidente ruso al explicar “Putin es conocido por emplear un lenguaje elocuente, cargado de giros idiomáticos y comparaciones agudas, así como con un toque humorístico cuando resulta oportuno”.

En Turquía los lambiscones hablan de Erdogan como un nuevo “padre de la patria, un nuevo Ataturk, pero no laico como éste, sino mucho mejor por ser genuinamente cercano a nuestras profundas tradiciones musulmanas”. Se ha puesto de moda entre los simpatizantes del presidente dejarse el bigotito a medio rasurar y contar en el armario con alguna chamarra gris a cuadros, al chabacano estilo que tanto le gusta al jefe. En Hungría los serviles describen al primer ministro Orbán como “el faro de Europa”, y en su quincuagésimo cumpleaños el principal adalid de la Iglesia evangélica lo señaló como “un mesías enviado a Hungría por Dios para limpiar el país de la suciedad que dejaron los liberales y socialistas”.

Penetrante en el caso de los neopopulismos ha sido el culto a Hugo Chávez, el cual desde el principio de su régimen fue vigoroso, pero  que se convirtió en adoración cuasi religiosa durante la enfermedad terminal del comandante y se intensificó tras su muerte. “Chávez nuestro que estás en el cielo, en la tierra, en el mar y en nosotros los delegados, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu legado para llevarlos a los pueblos, danos hoy tu luz para que nos guíe todos los días y no nos dejes caer en la tentación del capitalismo más líbranos de la maldad, oligarquía y el delito del contrabando, por los siglos de los siglos.", así ruega el irrisorio padrenuestro que rezan los miembros del partido oficial venezolano (el PSUV) antes de cada uno de sus congresos. El famoso “Libro Azul”, compendio de los más profundos pensamientos del líder, es oficialmente descrito como ““un legado hecho Patria”, y  difundido entre la población para que los venezolanos aprendan de este “crisol de un pensamiento propio, surgido de una disyuntiva existencial auténtica en su venezolanidad, donde irrumpieron las ideas que llevaron adelante el Proyecto Bolivariano, ahora plasmadas en el eterno presente sobre las páginas de un texto vital para el futuro del proceso revolucionario”.

Como no podría ser de otra forma, los elogios han sido sello distintivo durante la presidencia de ese gran narcisista que es Donald Trump. Incluso mientras más se deteriora su presidencia y decae su imagen más se intensifican los halagos de sus incondicionales y furiosos seguidores. El comentarista de Fox Lou Dobbs describe al presidente como “una vorágine de energía jamás vista en la Casa Blanca” y, sin rubor, remató “¡Hay un sol radiante por todo el lugar y en todas las caras. Trump proyecta la imagen del ganador/ganador, nuestro presidente está en la cima del juego!”. El odioso colega de Dobbs, Sean Hannity, ha predicho varias veces que Trump “será considerado como uno de los más grandes presidentes de este país”. En plena la audiencia durante el juicio de impeachment del impresentable presidente el representante republicano Devin Nunes comparó a Trump con George Washington. Incluso la  abominable y muy poco edificante personalidad del presidente (irredimible pervertido, craso materialista y prosaico indómito) es exonerada por fundamentalistas de la derecha cristiana, quienes la justifican por ser parte de “el plan genial de Dios de usar a un pecador estándar en la salvación de Estados Unidos”.  

En el México de la 4 T la adulación al líder se hace cada vez más presente, recuperando la vil tradición del añejo presidencialismo mexicano. Muchos elogios recibe a diario nuestro Peje, pero el que le dedicó el monero apodado “El Fisgón” es una auténtica joya en la historia mundial de la lambisconería: “Cuando estoy en total desacuerdo con lo que dice López Obrador, cambio mi mente y me pregunto: ¿Qué será lo que no estoy entendiendo?”. ¡Lindeza! Y lo es porque no son como las loas al presidente de, digamos, un abyecto del tipo de John Ackerman o Alejandro Rojas Díaz Durán, sino que me da la impresión de ser sincera. Muchas veces los sicofantes  terminan por creer la realidad de sus lisonjas como fruto de la, quizá, ineluctable necesidad de creer ciegamente en alguien o en algo. Pero si la inteligencia pierde ante la irracionalidad de la adulación, aunque alguien se atreva a gritar, como el niño del cuento, “el emperador va desnudo”, el político megalómano es incapaz de recuperar el principio de realidad y el sentido de Estado.

Pedro Arturo Aguirre

publicado en Etcétera

31 de octubre de 2020

sábado, 24 de octubre de 2020

Democracia agonizante

 

¡La democracia gringa agoniza! Suena hiperbólico, pero un análisis a fondo del estado de las instituciones y, sobre todo, de la cultura política del país vecino invitan a llegar a esta conclusión. Si Trump gana las elecciones, o las pierde y lanza al país a una lucha amarga y prolongada al no reconocer los resultados, Estados Unidos descenderá al nivel de “república bananera” o al menos a la categoría denominada elegantemente por el politólogo Steven Levitsky de “autoritarismo competitivo”, es decir, un régimen híbrido donde las instituciones existen y se celebran periódicamente procesos electorales, pero una vez electos los gobiernos violan las reglas del juego democrático con demasiada frecuencia. Algo muy parecido a aquel contexto de “democracias iliberales” descrito por Fareed Zakaria, pero visto desde las condiciones reales de competencia a través de las cuales la oposición puede desafiar y eventualmente vencer a los gobernantes autocráticos, aunque frente a condiciones muy adversas.

En Estados Unidos la democracia vive una crisis existencial en buena medida porque el Partido Republicano se ha esforzado los últimos años en minarla. Ha legislado en múltiples ocasiones para limitar el derecho de voto de las minorías, ha incrementado el papel del dinero en la política, representa casi en exclusiva al sector banco de la población, ataca el laicismo, ha atentado contra la integridad del Departamento de Justicia, fomenta la práctica de “gerrymandering” (diseño geográfico arbitrario de los distritos electorales) y su apresuramiento en nombrar a una jueza conservadora para ocupar el escaño vacante en la Suprema Corte de Justicia habla muy claro de cómo ha extraviado su respeto por la voluntad de las mayorías. En 2016, los republicanos se negaron rotundamente a considerar a Merrick Garland, el candidato a la Corte Suprema nominado por el presidente Barack Obama, con el argumento de que estaban muy próximas las elecciones presidenciales de dicho año y lo “éticamente procedente” era esperar el resultado para conocer la voluntad ciudadana. ¡Hipócritas!

Los republicanos mantienen una “lealtad ciega” a su caudillo Donald, líder de extravagantes pulsiones autoritarias, al grado que en la pasada Convención Republicana el partido ni siquiera fingió interés en resolver los problemas reales de la gente al abstenerse de redactar y aprobar una plataforma electoral para las elecciones de este año. Abrogaron una traición centenaria para sumarse de forma acrítica al “pensamiento del presidente Trump”, tal y como sucedería, digamos, en China o Corea del Norte. Por eso es tan importante una victoria demócrata en estos momentos críticos, y lo más más contundente e inapelable posible, tanto para recuperar la presidencia como para obtener la mayoría en ambas cámaras del Congreso. Solo así habría la esperanza de frenar la deriva autoritaria o , al menos, regresar a Estados Unidos al sistema prevaleciente hasta la presidencia de Obama, asaz imperfecto, pero funcional. Si el resultado es reñido, con una ventaja mínima de Biden en el Colegio Electoral, entonces comenzará un alud de disputas y la confianza en la democracia decaerá aún más. La violencia acecha. En Michigan terroristas de ultraderecha conspiraron para secuestrar a la gobernadora. Eso fue ominosa advertencia. Y si Trump gana las cosas van a empeorar. Los populistas autoritarios dedican sus primeros años de gobierno a hacer pruebas y experimentos, a constatar cuáles trucos funcionan y cuáles no. Es tras sus reelecciones cuando se sueltan el chongo y terminan la labor de destrucción del sistema democrático.

Estados Unidos es famoso por la inmutabilidad de su constitución, apenas 27 enmiendas en dos siglos y medio de vigencia, pero ha llegado la hora de una renovación a fondo si se quiere salvar al sistema democrático. Urge a la gran potencia un sistema electoral central, independiente y eficaz de alcance nacional. Debe eliminarse el obsoleto Colegio Electoral e implantarse la elección presidencial directa, prohibirse las manipulaciones que restringen el derecho de voto a las minorías, eliminarse las distribuciones demográficas tendenciosas en el diseño de los distritos electorales e imponer más y mejores regulaciones al financiamiento de las campañas. Otras ideas pueden ser imponer un límite de quince años a la duración de los jueces de la Suprema Corte de Justicia (hoy vitalicios) y otorgarle el estatus de estado a Puerto Rico y el Distrito de Columbia. Todo esto parecería utópico, pero así como se han hecho presentes en Estados Unidos propensiones autoritarias también han surgido movilizaciones e inclinaciones democráticas. Cada vez hay más mujeres que se postulan para cargos públicos y organizaciones como Black Lives Matter y otras tantas más han sido capaces de sacar a miles de personas a las calles para exigir cambios. Un dato no menos es que la elección experimenta una participación electoral en lo concerniente al voto adelantado y por correo sin parangón en la vida política estadounidense. El número total de electores efectivos podría llegar a 150 millones. Algunos analistas calculan que se podría dar un índice de participación más alto desde 1908. La distinguida politóloga Pipa Norris es optimista y habla de la relección de este año como una oportunidad para repensar la crisis de la democracia liberal en Estados Unidos y explorar las posibilidades de aplicar reformas de fondo.

Y volviendo a los “autoritarismos competitivos”, Levitsky las describe como casos donde las elecciones son competitivas y a menudo pueden llegar a ser muy reñidas, pero existe un uso abusivo de los recursos del Estado en beneficio del partido en el poder. En el caso del Poder Legislativo, habla de un implacable control de las bancadas de legisladores oficialistas, pero sin que se elimine de tajo a la oposición, y en lo judicial de la subordinación de los jueces por medio de procedimientos a veces sutiles y a veces crasos mediante el uso de amenazas y presiones explícitas, aunque estos actos pueden acarrear costos significativos en términos de legitimidad nacional e internacional. Sobre la prensa, el gobierno intenta consolidar medios oficiales mientras procura reprimir o limitar a la prensa independiente valiéndose de mecanismos como el reparto selectivo de la publicidad del Estado, la manipulación organismos de control gubernamental o la aplicación arbitraria de regulaciones a los servicios audiovisuales. Esta coexistencia precaria de leyes de instituciones democráticas con el ejercicio autocrático del poder es fuente de permanente inestabilidad y de constante confrontación entre la oposición y el autoritarismo progresivo del gobierno, lo cual desemboca irremediablemente en un dilema para los aspirantes a autócratas, ya que tolerarlo por mucho tiempo representa un desgaste mayor y reprimirlo lleva al régimen a una grave crisis de legitimidad.

Todas estas características son muy buen material para la reflexión en el México de López Obrador


lunes, 19 de octubre de 2020

La Eterna y Pertinaz Demagogia

 


 

La demagogia es irremediable. Gozará de salud perpetua porque nos evita la molestia de pensar, refuerza prejuicios, excita  vísceras, explota sentimientos y aprovecha resentimientos. Nos hace creer en nuestra “superioridad moral”. Descubre quienes son los buenos (nosotros)  y quienes los malos (siempre unos “ellos”). Como instrumento político es increíblemente eficaz. Por más de dos mil años los demagogos han tenido éxito en sus afanes de conquistar el poder porque prometer progreso a base de atajos y voluntarismo, ofrecer estabilidad y orden sin asumir responsabilidades y señalar culpables son cosas reconfortantes, especialmente cuando las sociedades se sienten vulnerables.

La demagogia le es consustancial a la democracia, de esto estaba convencido Max Weber, para quien “democratización y demagogia van de la mano”. Apelar a sus encantos es la mejor forma de ganar elecciones. De alguna manera en todos nosotros habita un demagogo en potencia. Incluso en nuestra oposición a la demagogia corremos el peligro de caer fácilmente en los patrones retóricos y epistemológicos considerados como “demagógicos” al establecer una lógica de “nosotros, los razonables” contra "ellos, los estúpidos", o en ceder ante las tropologías apocalípticas y las argumentaciones unidimensionales. Y como sucede en los oscuros tiempos que corren (para decirlo, quizá, demagógicamente), la cultura de la demagogia es ascendente, cualquier persona involucrada en el discurso político puede (y, sin duda, lo hará) utilizar la retórica demagógica. Por eso, lo único que podemos hacer es aprender a convivir con la demagogia, saber dimensionarla, defendernos de ella y entender que puede presentarse en distintos grados y formas,  unas más perversas y negativas que otras.

No toda demagogia es igualmente dañina o detestable, incluso hay eruditos sobre el tema que sugieren demagogias dueñas de potenciales connotaciones positivas. Pero es esencial saber identificar, controlar y tratar de purgar a los demagogos. También es imprescindible aprender y reaprender continuamente a participar en polémicas públicas lo menos demagógicas y falaces posibles, y al mismo tiempo valorar la deliberación democrática en decisiones sobre políticas públicas. Se trata de ser muy proactivos en la labor de reducir la eficacia retórica de la demagogia.

La mejor forma de defendernos de la demagogia, incluso de nuestra propia demagogia, es mediante el fortalecimiento de las instituciones democráticas. Por eso la demagogia más perjudicial es la que atenta contra ellas. Aquí aparece la característica fundamental del populismo: el uso de la democracia contra de la propia democracia, la exaltación de la llamada (por Aristóteles) “democracia radical” dedicada a socavar las funciones de las instituciones democráticas. Ryan Skinnell argumenta que la retórica anti institucional es la mejor forma de fomentar una cultura de la demagogia donde la democracia y la deliberación pública se consideren corruptas y decadentes y hace que el autoritarismo parezca “sobrio y curativo”.

La demagogia hoy en boga es precisamente la del tipo más pernicioso, es decir, la que desmantela a las instituciones democráticas. Los demagogos actuales son de la peor ralea concebible. Es una “familia de tiranos” (parafraseando a Voltaire) particularmente detestable por pedestre y precaria en recursos retóricos e imaginación. Donald Trump utiliza en sus tuits y discursos el lenguaje y la gramática correspondientes a la forma habitual de expresarse de niños de once años o menos. Se trata del presidente cuya forma de comunicarse es la más elemental en toda la historia de Estados Unidos, prototipo de una de las características fundamentales del demagogo de nuestros días: la “infantilización” del lenguaje político. Casi todos los autócratas de hoy y aspirantes a serlo apelan a este recurso, a veces como estrategia de un político hábil, pero las más de las ocasiones como resultado lógico de la pobre formación intelectual del líder. Putin es famoso por sus chistes y expresiones soeces. Salvini se maneja sus redes sociales con el espíritu y el idioma de un adolescente malcriado. Duterte es un monumento a la vulgaridad. Kaczynski hila con mucha dificultad más de dos ideas y Maduro, Evo, Erdogan y Orban (entre otros) compiten fuerte en el campeonato por saber cuál es el caudillo más zafio.  Y nuestro Peje, ¡ay! Basta asomarse a un par de sus insufribles mañaneras para darse cuenta de las ingentes limitaciones del personaje. ¡Pero qué ausencia de estatura política! ¡Qué carencia de visión de Estado! ¡Cuán mediocre es el sujeto! ¡Fuchi! ¡Caca!

La utilización de un lenguaje político elemental ayuda al buen demagogo a marcar distancia con las odiadas élites, aficionadas a los razonamientos rebuscados, y los acerca al “hombre común”, al sagrado “Pueblo”. Aristóteles define al demagogo como un “adulador del pueblo” y Platón reduce el arte de la demagogia a la capacidad de adivinar los gustos y los deseos de las masas solo para poder replicarlas en la retórica: “decirle al pueblo exclusivamente lo que el pueblo quiere escuchar”. Cuando los clásicos hacen referencia al “pueblo” (demos), no aluden al cuerpo cívico en su totalidad, sino a los estratos más humildes  obligados a desempeñar trabajos manuales para sobrevivir y, por ende, “no tienen la posibilidad de cultivar la mente y resultan particularmente vulnerables a las falacias de los demagogos, quienes saben descender a su nivel, simplificar el mensaje, adaptar el lenguaje a su gusto”. Así se proyectan como líderes auténticos y sinceros. Por eso recurren a insultos y descalificaciones pueriles, exhiben y promueven un desusado interés por asuntos irrelevantes e incluso llegan a sentirse orgullosos de sus incoherencias y “gaffes”. De esta forma imponen sus cutres conceptos y valores en el debate. Simplificaciones, vulgaridades, desahogos. En el interés de mantener a los ciudadanos “eternos niños”, utilizan el lenguaje de la calle para, pretendidamente, “acercar el poder al pueblo”, pero en realidad promueven la renuncia al raciocinio y a la capacidad crítica. Le dan la razón a Paul Valéry, quien definió a la política como “el arte de mantener a la gente apartada de los asuntos que verdaderamente le conciernen”.

Pedro Arturo Aguirre

publicado en Etcétera

17 de octubre 2020

Los machos (y los locos) nunca se enferman

 


 

Con su demencial presidencia Donald Trump está escribiendo algunos de los más primorosos episodios de la historia mundial de la megalomanía, y si un momento podría resumir tanta vesania este sería, sin duda, el gesto del presidente al quitarse el tapabocas, meterlo en el bolsillo del saco y dar un doble pulgar hacia arriba como para decirle al mundo desde un balcón de la Casa Blanca que había derrotado al coronavirus. Todo esto cuando Estados Unidos registra más de 210 mil muertes a causa de la pandemia. Fue un arrebato típicamente mussoliniano. El Duce es uno de los modelos de Trump, y no solo de él, sino de autócratas a lo largo del planeta  como Chávez, Putin, Kim Jong Un, etc., obsesionados, todos ellos, en demostrar constantemente su supuesta hombría. Mussolini siempre se preocupó en proyectar la agresiva imagen de macho con sus poses teatrales, la mandíbula emproada, el pecho saliente, la mirada retadora, el varonil torso descubierto y las manos siempre ocupadas con un arma, un azadón o un martillo. Pretendía ser el prototipo que todo buen italiano debería imitar. Y así sucede siempre con los “hombres fuertes” de países con sociedades débiles e instituciones laceradas.

 El bizarro comportamiento de Trump con sus jugadas arriesgadas e incluso agresivas son habituales en hombrecillos profundamente inseguros. Se ajusta a un patrón bautizado como “masculinidad precaria” por los psicólogos, ceñido a trilladas nociones de “lo masculino” como la fuerza, la dureza y el poder, los cuales son difíciles de lograr y salvaguardar. Quienes suscriben estas cualidades como parte de su identidad masculina constantemente tratan de exhibirlas en palabras y acciones, y cuando se sienten amenazados duplican afanes con conductas arriesgadas e incluso autodestructivas como mecanismo de compensación. Y cuanto más públicas son sus  arrogancias, más sienten restaurada su hombría.

Trump considera su diagnóstico sanitario como un desafío, aunque no “del destino”, ya que este señor es  poco esotérico. La suya es una hombría vulgar, como del tipo del luchador Hulk Hogan. No en balde Trump estuvo ligado a la lucha libre mediante su asociación con la World Wrestling Entertainment. Frente al Covid el presidente pretende probar su virilidad a través del riesgo, especialmente cuando se trata de evitar la máscara facial, un objeto que considera digno de personas débiles. Por eso se burló de Joe Biden durante el debate presidencial: “cada vez que lo ves tiene una…puede estar hablando, a 60 metros de distancia y lleva la mascarilla más grande que jamás hayas visto”. Dijo de su contrincante mientras lo señalaba con el índice. Para los machos el cubrebocas es una forma de “rendición” ante el virus. Circula por las redes sociales un video animado de Trump dándole una paliza al coronavirus en un ring de lucha libre. ¡Qué fuerte que es!, exclama una dama del público. El mensaje no puede ser más devastador e irresponsable: solo los débiles usan cubrebocas.

Nada de esta ridícula parafernalia es casual. A pocas semanas de la elección, el presidente siente como muy probable su derrota y nada hay peor en el  “universo Trump” que un loser. Este narciso prefiere la muerte a ser derrotado por un “señorito pusilánime” como Biden. Por eso también la amenaza de desencadenar una crisis constitucional con su eventual desafío a los resultados de la elección, si es que pierde. No puede permitirse malograr su imagen de super hombre ante sus admiradores y partidarios, sus entrañables deplorables. La pantomima en el balcón de la Casa Blanca, como sus cada vez más irrisorios tuits, los esperpénticos videos y aquella bufa aparición pública afuera del hospital donde estaba internado para saludar a sus partidarios desde una camioneta blindada recuerdan acrobacias poco convincentes de dictadores que han estado enfermos de gravedad y quisieron, a como diera lugar, demostrar fortaleza. A la memoria asiste aquella vez que Hugo Chávez citó a periodistas en un campo de béisbol para sorprenderlos con sus poderosas picheadas. Antes de seis meses el comandante estaba muerto.

Ocultar información sobre la salud del presidente para proteger su control del poder es común en los regímenes autoritarios, aunque no han estado del todo exentas algunas democracias. Vladimir Putin, Xi Jinping, Hugo Chávez, Kim Jong Un son casos recientes de tiranuelos que han desaparecido de la vista pública durante semanas mientras los rumores sobre su salud se arremolinaban, y tras volver a la vista pública poca o ninguna explicación se ofreció. Especial es el caso de Putin, cuya imagen pública se apoya fuertemente en su dureza y virilidad. Cualquier signo de debilidad física tiene que ser anulado. Algo más grave sucedió con el presidente de Burundi, Pierre Nkurunziza, quien fue uno de esos presidentes irresponsables críticos de los cubrebocas. Eran innecesarios, argumentaba, porque “Dios purifica el aire del país”. Murió, súbitamente, en junio “de un ataque al corazón" según la versión oficial, aunque abundan los indicios de que fue por coronavirus.

En contraste, gobernantes de naciones democráticas tienen menos empacho en sincerarse sobre su estado de salud. Angela Merkel se puso inmediatamente en cuarentena al enterarse que estuvo en contacto con un médico que dio positivo en coronavirus y el ex primer ministro japonés Shinzo Abe siempre fue muy transparente con sus dolencias de  colitis ulcerosa, las cuales, finalmente, lo obligaron a renunciar a su cargo. Pero no siempre es así, algunos líderes de democracias evitan ser transparentes sobre sus enfermedades. El caso más celebre, ya muy viejo, fue el de Woodrow Wilson, quien  sufrió un derrame cerebral en 1919. La Casa Blanca ocultó la gravedad de su condición hasta el final del mandato presidencial.

¿Y nuestro Peje? Mucho se ha rumoreado sobre la mala salud del presidente mexicano. Se citan problemas  del corazón, padecimientos de la columna e hipertensión entre otros probables. En un régimen tan poco proclive a la transparencia como lo es la 4T cabe esperar secretismo exagerado respecto al tema. Será una discreción reflejo de las practicas del presidencialismo omnímodo mexicano, el cual AMLO tanto se empeña en revivir. Recuérdese la veneración que se le tenía a la hierática figura presidencial en los tiempos de la hegemonía priísta. Pero en el caso particular de nuestro mesiánico jefe de Estado influyen, además, razones “místicas” para ocultar las azarosas circunstancias de su salud. Un elegido de la providencia debe estar siempre por encima del uso de ridículos tapabocas y de otras prácticas dignas de mortales. En todo caso, para eso están las estampitas de la virgen.

Pedro Arturo Aguirre

publicado en Etcétera

16 de octubre de 2020

Indecencia

 



La política nunca ha sido una labor precisamente incólume, pero estos tiempos oscuros son los del paroxismo de la indecencia. Es una era de populismos desbocados, verdades alternativas, xenofobia, discurso de odio, cinismo e hipocresía, todo ello manifiesto en sus más exacerbadas formas. A lo largo de los cinco continentes las democracias se degradan hasta convertirse en grotescas caricaturas, incluso en países de profunda raigambre democrática como, se supone, lo es Estados Unidos. El (todavía) país más poderoso del mundo ha estado desde siempre  orgulloso de su vigorosa vida institucional. Cuando Donald Trump ganó la presidencia muchos analistas afirmaron que las eficaces instituciones políticas serían el antídoto perfecto para las pulsiones autoritarias y el incontrolado narcisismo del nuevo presidente. Para eso estaban los jueces, los partidos, el Congreso y la opinión pública. Pero esos contrapesos han sido minados por el Partido Republicano.

Desde hace ya un par de décadas los republicanos funcionan como una secta. Cerraron el gobierno en la década de 1990 y entablaron un juicio de impeachment a Bill Clinton por una cuestión mucho menos grave que cualquiera de las muchas tropelías de Trump. Con Obama avivaron las llamas del racismo con la teoría de supuesto nacimiento del presidente en Kenia, mantuvieron a la economía global como rehén para forzar recortes del gasto público y adoptaron el obstruccionismo como razón de ser de su labor legislativa. Últimamente se han dedicado a aprobar reglas electorales diseñadas para restringir el derecho del voto a las minorías y, por supuesto, tenemos la forma precipitada como pretenden hacer aprobar el nombramiento de una jueza conservadora para la Suprema Corte cuanto estamos a escasas semanas de la celebración de la elección presidencial. Este caso no puede ser considerada aislado. Es sintomático de la profunda descomposición de la política estadounidense.  Este tipo de radicalismo no es en absoluto normal. Los republicanos se alejan del conservadurismo tradicional y se radicalizan, pareciéndose cada vez más a partidos extremistas como el Fidesz de Viktor Orbán en Hungría o el AKP de Recep Tayyip Erdogan en Turquía, los cuales han trabajado activamente para desmantelar la democracia en sus respectivos países. El otrora “partido de Lincoln” sigue con cada vez mayor claridad patrones comunes vistos entre los autoritarios populistas que inicialmente ganaron el poder por medios electorales y, ya en el gobierno, hicieron aprobar cambios legales destinados a asegurar la hegemonía de un solo partido y, al mismo tiempo, se afanaron en marginar o controlar instituciones de rendición de cuentas como el Poder Judicial y los organismos autónomos.

Y lo esto lo hacen de forma indecente, supuestamente a nombre del pueblo y de la “genuina democracia”. Indecencia como la exhibida por el hoy convaleciente Trump (¡De Covid! ¿Justicia divina o poética?) quien durante el debate presidencial prodigó interrupciones y arrebatos de crasa vulgaridad. Repitió el Duce de Mar-a-Lago que los demócratas pretenden robarse la elección y se negó, una vez más, a garantizar una transición pacífica en caso de perder. Trump adopta la postura clásica del aspirante a dictador de república bananera; mis oponentes no pueden ganar, y si lo hacen, simplemente no lo aceptaré. Todo esto lo dice y hace con la indecente complicidad del Partido Republicano.

Dicen los politólogos Ziblatt y Levitsky (autores de un libro de moda:  ¿Cómo mueren las democracias?) que el proceso del fin de un régimen democrático comienza cuando un partido en el gobierno adultera las normas fundamentales para neutralizar contrapesos del poder. Las Cortes Supremas, en su papel de máximas intérpretes de la Constitución de una República, son bastiones esenciales de la división de poderes. Por eso es que los tiranuelos de nueva cepa como los que padecen en Venezuela, Turquía, Hungría y un cada vez más largo etcétera procuran someterlas a la brevedad posible. Sucede ahora en Argentina, donde el partido peronista pretende abusar de su mayoría parlamentaria para reemplazar a los magistrados que considera no afines. ¡Y en México! Bueno, entre nosotros el paroxismo de indecencia lo acabamos de ver con la ignominiosa resolución de la Suprema Corte sobre la absurda consulta para enjuiciar a los ex presidentes, hecha a la medida para complacer el capricho de un presidente autoritario. De manera asaz indecente el ministro Zaldivar renunció a sus obligaciones como jurisconsulto neutral y experto para forzar una decisión recurriendo a la más pedestre politiquería. Quedó en evidencia que carecemos de un tribunal constitucional confiable. Es de una gravedad tal lo sucedido que podemos dar por muerto el Estado de Derecho. Ahora cualquier cosa puede pasar. Se declaró la constitucionalidad de una propuesta extravagante y peligrosa. El  galimatías redactado por los jueces de la Suprema para dar gusto a AMLO será recordado como una infamia histórica: incoherente, confuso, una  joya solo concebible en el surrealista país natal  de Mario Moreno “Cantinflas”. Cedió la Corte a las presiones y amenazas veladas de un presidente desbocado quien le había advertido: “si se rechaza la consulta popular sobre el juicio contra cinco ex presidentes, yo me deslindo y que el Poder Judicial asuma su responsabilidad”. Incluso el Caudillo habló de la eventual presentación de una iniciativa de reforma al artículo 35 constitucional, con el propósito de “evitar la cancelación de la democracia participativa y salvar el derecho del pueblo a ser consultado”.

Todo esto es indecente porque constituye una grave afrenta para los ciudadanos de nuestro país. Un sistema político decente es aquel en donde la autoridad no humilla a sus ciudadanos. La humillación ciudadana es la característica más descriptiva de lo que sucede en las naciones donde se afianzan los nuevos autoritarismos. Se humilla a quienes se les miente, manipula y engaña constantemente. Y humillar es la pasión favorita del dictador carente de empatía con sus súbditos, interesado solo en incrementar su poder.

 Pedro Arturo Aguirre

Publicada en Etcétera

3 de octubre de 2020