viernes, 4 de septiembre de 2020

En la Lápida de Donald Trump

 

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Trump es un nihilista. Los narcisos extremos como el Donald solo creen en ellos mismos, y nada más. No creen en la sociedad, no creen en las instituciones, no creen en las ideologías, no creen en la racionalidad, no creen en la gente. Solo YO. Por eso Trump vive en el desapego a la verdad y el simplismo conceptual. Ha edificado un espacio de solipsismo que le dificulta mucho aceptar una visión de las cosas y de los hechos diferente de la propia. Ha dedicado su existencia a la noble tarea de forjar un ego portentoso aderezado con ausencia total de empatía hacia el prójimo. Eterno adolescente, por sobre todas las cosas odia perder. “Loser” es el epíteto más vergonzante de su, a todas luces, limitado vocabulario.

Como buen nihilista, Trump es un gran despreciador. Desprecia a sus adversarios y a la gente que no lo admira, pero también a su propio partido, a los políticos profesionales, a los medios de comunicación y al mundo entero. Desprecia a sus propios seguidores, sus divinos “deplorables”, como los calificó torpemente Hillary Clinton la campaña presidencial pasada. Trump saludó con una sonrisa sardónica a sus simpatizantes en un mitin celebrado al día siguiente del gaffe de Hillary preguntándoles “¿Cómo están hoy mis queridos deplorables?” . Y los deprecia porque definen exactamente lo que él siempre ha abominado. Desde la perspectiva de este monstruo depredador y materialista los “pobres diablos” blancos miembros de la clase trabajadora que lo llevaron a la conquistar la Casa Blanca son paradigmas de losers, rednecks, white trash, individuos que no serían aceptados en ninguno de los clubes Trump ni para barrer el piso.

Conoce a sus electores y por eso se dirige a ellos como si de retrasados mentales se tratase. Abandonó desde un principio cualquier indicio de corrección política y a lomo de su ego insolente y desbocado utiliza un discurso simplón, tosco y chabacano, dedicado a apelar un nacionalismo vulgar y los sentimientos racistas más soterrados de los blancos, y con ello ha hecho evidente la más patética realidad de la política contemporánea: actualmente no es necesario mostrar mayor competencia y sensatez ante el rival para obtener una ventaja en las urnas.

Contemplamos en el mundo la llegada de una nueva era de la sinrazón. Tanta irracionalidad provoca perplejidad. La política de lo irracional ha encontrado en Donald Trump a su avatar más emblemático. Dice la neurociencia que lo irracional es algo tan necesario al ser humano para centrarse y orientarse en el mundo como pueda serlo la misma conciencia racional. Las emociones más elementales detentan una potestad sobre la razón la mayor parte de las veces. Por eso conviene, como opina Manuel García Pelayo, “recoger y analizar las manifestaciones irracionales como una parte válida del quehacer político y no descartarlas como una simple desviación del paradigma racional-legal”.

Tras cuatro desastrosos años, al presidente-bufón la actual campaña electoral se le presenta cuesta arriba a causa de su mal manejo del coronavirus, la crisis económica y los disturbios raciales, pero pese a ello no abandona su itinerario del absurdo. Ante un puñado de seguidores (en un mitin en Mankato, Minnesota), aseguró haber tenido una conversación con Dios sobre su trayectoria como presidente. “Construimos la mayor economía en la historia del mundo, hice un gran trabajo, Dios, soy el único que podría hacerlo.”, le dijo Donald al Señor, pero a éste no le gusto el alarde y contestó “Eso no deberías decirlo, Don, ahora te condeno a volver a hacerlo”. Y días después, en Ohio, describió a Joe Biden como un enemigo de Dios. "Está siguiendo la agenda de la izquierda radical, te quiere quitar tus armas y tu religión. Odia a la Biblia. Odia a Dios. ¡Está en contra de Dios! ¡Está en contra de las armas! ¡Está en contra de la energía, de nuestro tipo de energía!

Pero más pavoroso que su insólita complicidad con el Señor es su intención de socavar la legitimidad de la elección, por si la pierde. Diseña un desastre total para los comicios, con largas filas en las urnas, ejército en las calles, miedo al coronavirus e incontables pretextos para entorpecer el voto por correo. Tampoco debe descartarse la posibilidad de artimañas de último momento como una declaratoria el “estado de emergencia”, prohibir reuniones de más de diez personas a causa de un eventual rebrote de la pandemia o el inicio de investigación criminal contra Biden o su hijo por parte del fiscal general Barr, absoluto vasallo el presidente.

Con tal de no aparecer como perdedor, este nihilista está dispuesto a terminar su presidencia provocando un caos sin precedentes, un Götterdämmerung para aniquilar de una vez por todas el prestigio internacional de Estados Unidos y su sistema democrático.  En el fondo, Trump amaría una apocalíptica escena de “si no me amas, ¡Muere!”

“Muéstrenme a alguien sin ego y yo te mostraré a un perdedor”, es el adagio favorito de Donald, el que mejor sintetiza su forma de pensar y de vivir. ¿Será este el epitafio que exhiba su lápida? Porque el vértigo de la euforia narcisista acaba por ser autodestructivo. 


Pedro Arturo Aguirre

Publicado en Etcétera, 22 de agosto de 2020

 

Populistas Asesinos



 Mundo: Los líderes populistas tropiezan ante la pandemia | Covid-19 |  NOTICIAS GESTIÓN PERÚ

Los gobiernos populistas deberían ser los grandes perdedores de la pandemia del coronavirus, pero eso sería solo si en el mundo imperara la razón, y si las sociedades humanas fueran menos proclives a de dejarse arrastrar por prejuicios, filias, fobias y toda clase de bajos instintos. Son asombrosas las coincidencias en la actitud de los populistas ante la crisis. Estos gobernantes autoritarios, demagogos y falaces reaccionaron tarde y mal, relativizaron la amenaza, despreciaron las advertencias de los científicos, esquivaron sus responsabilidades y, para colmo, ahora impulsan un desconfinamiento a marchas forzadas

Malos líderes como Donald Trump, Jair Bolsonaro, Alexander Lukashenko, Narandra Modi, Daniel Ortega  y, por supuesto,  Andrés Manuel López Obrador, entre otros, tienen en común haber despreciado la realidad científica, política y económica de sus países. Hoy, quienes pagan el altísimo costo humano de esta negligencia son los ciudadanos de a pie, su “Pueblo” al que los tiranuelos de marras tanto presumen amar y representar.

La politización recrudece a la pandemia. El virus se aprovecha de la vanidad de gobernantes alérgicos a perder popularidad en las encuestas. Quienes aseguran “pertenecerle por completo al Pueblo” son los más insensibles y egocéntricos. Estaban al tanto de las insuficiencias de sus gobiernos para enfrentar una pandemia, y aun así no se prepararon. “Una simple gripita”, clamó Bolsonaro, “En el verano desparecerá”, pronosticó Trump. Y cuando el problema empezó a crecer, no dudaron en minimizarlo un día sí y otro también. “Ya vamos de salida”, “La curva se está aplanando”, no dice a diario AMLO y su palafrenero López-Gatell.

Se negaron a hacer más pruebas para ocultar la dimensión del desastre, retrasaron las medidas de confinamiento y mitigación, se burlaron estúpidamente de los cubrebocas, trataron constantemente de silenciar la verdad. Y pese a múltiples advertencias en contrario, ahora espolean a sus países  para reabrirse los más rápido posible, reavivando la difusión de la enfermedad.

Se supondría a los dirigentes populistas paternales y benignos guardianes de su rebaño, pero esta crisis ha desenmascarado lo egoístas que en realidad son. Quedó en evidencia su nulo interés en el verdadero empoderamiento de los marginados, su absoluta falta de empatía por los ignorados y los abandonados. Pero la megalomanía, ¡esa sí a tambor batiente!  Confiados en su propio conocimiento, comprensión y sabiduría, evitan a ultranza asesorarse con especialistas y expertos. Se explayan en sus intuiciones y en su limitado y muy particular sistema de creencias, por otro lado bien “adaptable” éticamente. Su preocupación por los pobres es meramente electoralista. Al final del día, todos ellos están dedicados en cuerpo y alma a la infatigable promoción de sus adorables personitas.

Esta pandemia representó el primer reto genuino de los populistas ante una crisis general compleja y fueron clamorosamente reprobados. Ofrecen un lastimoso espectáculo de incompetencia y estulticia. Por si quedaban dudas, con este fracaso demostraron solo ser buenos para polarizar, destruir instituciones y dar algunos dudosos resultados solo cuando tienen “viento en popa”. Cuando fracasan,  cosa que indefectiblemente sucede, entonces recurren - otra vez- a lo único que saben hacer: señalar culpables, polarizar, acentuar su retórica antiintelectual-antiélite-antipolítica, y victimizarse denunciando oscuras conspiraciones e intereses que buscan socavar su “misión redentora”.

Durante una pandemia se confirma la importancia de escuchar a la ciencia y acatar los criterios de sensatez y racionalidad de los profesionales de la salud y los científicos; es cuando se hace más necesario que nunca promover la unidad nacional y es la circunstancia donde más se demanda priorizar la eficiencia en el desempeño gubernamental sobre toda consideración politiquera o electoral. Todo esto está en las antípodas de los populistas, cuya vocación de ninguna manera es el buen gobierno, porque ello implica saber organizar, administrar, supervisar, tomar decisiones difíciles muchas veces impopulares. ¡No, no, no, nada de eso! Ellos están para aferrarse al poder por cualquier medio indispensable. ¡Y escuchar a los que saben es para estos devotos a la simplonería y del elogio es un absoluto anatema. De hecho, rehúyen de funcionarios técnicamente calificados como si de demonios se tratase. Obvio, prefieren rodearse se sicofantes rastreros y oportunistas.

Pero una pandemia es asunto muy grave. El coronavirus ha cobrado por todo el mundo cientos de miles de vidas y muchas pueden imputárseles a ineptos demagogos. La negligencia criminal es un delito.  La semana pasada, Bolsonaro fue denunciado en la Corte Penal Internacional acusado de crímenes contra la humanidad y genocidio debido a su irresponsabilidad. La acusación fue presentada por una coalición de organizaciones que en conjunto representan a más de un millón de profesionales de la salud, quienes inculpan al presidente de cometer "fallas graves y de consecuencias mortales en su conducta durante la pandemia de COVID-19". Muchos especulan que pronto se presentará una denuncia similar contra Trump, y tal vez suceda con algunos más. Quizá no prosperen, y quizá -nuevamente- políticos deleznables se saldrán con la suya ante la ceguera y condescendencia de sus escarnecidos súbditos.


Pedro Arturo Aguirre

Publicado en Etcétera, 15 de agosto de 2020


sábado, 11 de julio de 2020

La Ocasión hace al… ¿Magnicida?



Swedish prosecutor says may be close to solving Palme's 1986 ... 

“Hay palabras que suenan magníficas
cuando uno enfrenta el hacha del destino”
Bruno Arpinati

Nada despierta más la imaginación de los amantes de las teorías conspirativas que los grandes magnicidios, y a la vez nada expone mejor lo absurdo de la historia y el imperio del azar y lo irracional en el devenir de los acontecimientos humanos como algunos de los asesinatos de los grandes de este mundo.

En realidad, pocos magnicidios han sido resultado de vastas e intrincadas conspiraciones. Desde luego en esto, como en casi todo, hay excepciones. Esta columna, escrita bajo el nombre de El Hacha del Destino, estará dedicada a reflexionar sobre las asesinatos, atentados y conspiraciones más relevantes de la historia.

Y empezamos por un magnicidio relativamente reciente: el caso de Olof Palme. Para la consternación de buena parte de la sociedad sueca, la fiscalía de ese país, concluyó después 34 años de investigaciones tan extenuantes como embrolladas e inútiles que el responsable fue un asesino solitario.

Palme fue uno de los grandes adalides de la socialdemocracia europea del siglo XX. Nacido en 1927, su familia poseía cierto linaje aristocrático. Desde muy joven tuvo vocación política y su orientación socialdemócrata lo impelió a afiliarse a ese partido, el cual tiene en Suecia uno de sus más exitosos exponentes. Mentor de Palme fue Tage Erlander, padre del sistema de bienestar sueco, quien gobernó a país la friolerita de 23 años ininterrumpidos. En 1969, al retirarse finalmente Erlander, Palme hereda el mando. Durante sus gobiernos amplió la cobertura del sistemas de bienestar, hizo grandes inversiones en educación, incrementó el poder de los sindicatos y despojó a la monarquía sueca del poco poder político formal que le quedaba. También se distinguió  en la creación de guarderías infantiles y de centros de educación prescolar, lo que facilitó la entrada de las mujeres al mercado laboral y sirvió para promover la igualdad de género. En fin, todo un socialdemócrata hecho y derecho.

En lo internacional, Palme hizo que Suecia abandonara su tradicional política de neutralidad a ultranza para asumir un activismo muy relevante. Criticó acremente a Estados Unidos sobre Vietnam, fue enemigo asaz empecinado de racista al régimen de apartheid en Sudáfrica, denunció con vigor al régimen de Francisco Franco, encabezó formidables campañas en contra de la proliferación de armas nucleares y fungió como mediador durante la guerra entre Irak e Irán.

Obviamente, como sucede con casi todos los políticos, pero sobre todo con los más dinámicos y protagónicos, su activismo le granjeó adeptos y detractores por igual. Fue uno de esos personajes que amas u odias, sin paliativos.

La noche del viernes 28 de febrero de 1986, Olof Palme salía de un cine acompañado de su esposa Lisbeth. Como sucedía con frecuencia, la pareja no estaba acompañada por guardaespaldas. El primer ministro insistía en llevar una vida “lo más normal posible”. Eran las 11:23 PM cuando un sujeto se les acercó y disparó varios tiros a quemarropa sobre la espalda de Palme, dándose a la fuga  para desaparecer en una de las calles adyacentes. Decenas de testigos aseguraron haber visto a un hombre alto hacer las descargas y huir del lugar, pero nunca se encontró al culpable y Suecia vivió durante décadas con el trauma y la incertidumbre de no saber a quién responsabilizar por lo ocurrido aquel día.

Como era de esperar, tras el magnicidio abundaron las teorías conspirativas, pero tres fueron las más populares: una señalaba al partido independentista kurdo PKK, implicado en una lucha guerrillera en contra del Estado turco y el cual había sido declarado por Palme como "organización terrorista"; otra implicaba a la empresa fabricante de armas sueca Bofors, perjudicada por el pacifismo manifiesto del premier: y, por último, la aparentemente más creíble, que apuntaba a un asesinato patrocinado por el gobierno racista de Sudáfrica. Todas estas teorías se vieron reforzadas por la ineptitud de las autoridades policiacas suecas, cuyas pesquisas iniciales se caracterizaron por estar plagadas de errores.

En 1988, la policía arrestó a Christer Pettersson, cuya apariencia física coincidía con la descripción que los testigos habían dado de una persona que había sido vista con actitud sospechosa cerca del lugar donde Palme fue asesinado. De hecho, durante una ronda de reconocimiento, Lisbet Palme le identificó como el asesino. En 1989, Petterson fue condenado y sentenciado a cadena perpetua. Pero las pruebas eran muy endebles y gracias a su hábil abogado los tribunales revocaron la condena de Petterson apenas tres meses después de pronunciado el fallo y ordenaron pagarle una compensación por 50 mil dólares al injustamente indiciado.

Aparecieron entonces decenas de libros y panfletos, las autoridades realizaron alrededor diez mil interrogatorios e incluso un total de 130 personas se atribuyeron la autoría del crimen. Pero, sin duda, el personaje más relevante obsesionado por el caso y quien se propuso llegar por sí mismo al fondo del asunto fue el escritor Stieg Larsson, autor de la saga “Millenium”, quien dedicó al tema varios años. Acumuló 20 cajas de documentos, escritos y pistas antes de que falleciera de un infarto al miocardio en 2004. Estaba convencido de la teoría que ligaba, de alguna manera, a la agencia secreta sudafricana con  la extrema derecha sueca. Poco después, Tomando como base los documentos recopilados por Larsssen, el también  escritor y periodista Jan Stocklassa ordenó y prologó dicha investigación en su un libro “El Legado”.

Ahora, en este desquiciado año 2020 que vivimos, la Fiscalía General de Suecia declaró como autor solitario del crimen a Stig Engström, quien había sido interrogado como testigo en la primera etapa de las indagaciones. Trabajaba en la compañía de seguros Skandia, cuyas oficinas centrales están ubicadas muy cerca del lugar del homicidio. Era simpatizante de los grupos de derecha y por un tiempo militó en un partido de orientación conservadora, de donde salió peleado con  sus correligionarios. Era atrabiliario y fanático. Su pasión eran las armas de fuego, sobre todo a los revólveres Magnum, como el utilizado para terminar con la vida de Palme. Luego de una patética vida de fracasos personales y profesionales, Engström optó por suicidarse en el año 2000 a la edad de 66 años. La policía lo descartó como sospechoso a pesar de haber incurrido en crasas contradicciones en sus declaraciones. También había aparecido en el mismo lugar que por donde huyó el asesino, vestido con una ropa muy similar a la del autor del crimen. Pero son tras las consideraciones de peso cuando la política entra en juego, y en ese momento la teoría de una fuerza extranjera como responsable pesaba  mucho, y este anodino personaje no encajaba con ninguna teoría conspirativa.

Fue hasta hace un par de años que la pista de Engström volvió a la palestra gracias a varias investigaciones independientes de periodistas que decidieron dejar de lado las teorías conspirativas. A final de cuentas, los fracasos de las pesquisas que se habían centrado en posibles conspiraciones habían sido evidentes y reiteradas, y la decisión del primer ministro de ir al cine fue improvisada, como también lo fue la de regresar a casa andando en lugar de en un taxi, por lo que parece difícil pensar en un crimen premeditado. Asimismo, a tres décadas de desmontado el apartheid en Sudáfrica no existen razones sólidas para pensar que los gobiernos de ese país tuvieses razones para proteger a los presuntos asesinos, y por años investigadores suecos han viajado Sudáfrica sin hallar evidencias.

Hoy, Engström es presentado como un lobo solitario, un ultraderechista lo bastante enfadado como para disparar al primer ministro de su país tras un encuentro casual “empujado por un impulso”  y que al día siguiente se fue de vacaciones con su esposa, quien afirma que no notó nada raro en él y, por añadidura, acaba de declarar que su ex marido era demasiado cobarde para haber hecho “algo así”. En fin, un don nadie, un papanatas que se divorció y agudizó su alcoholismo hasta el grado de suicidarse el año 2000 mediante barbitúricos consumidos mientras apuraba una botella de Jack Daniels.

Por supuesto, los partidarios de las teorías de conspiración han puesto el grito en el cielo, empezando por  Stocklassa , quien muy molesto acaba de burlarse de la fiscalía asegurando “Usando la lógica del fiscal se podría afirmar que Palme fue asesinado por su esposa”. Y, de verdad, toda esta versión parece absurda. Pero la escalofriante verdad es que la vida misma es absurda.



Pedro Arturo Aguirre
columna El Hacha del Destino 
publicada en Latitud Noticias el 28 de junio de 2020

miércoles, 1 de julio de 2020

Pedro Arturo Aguirre Ramírez, perfil curricular





Nació en la ciudad de México en 1963

Autor de los libros: "La Unión Europea: Evolución y Perspectivas (Diana, 1994)"; "Asia Oriental: Desarrollo y Democracia" (Diana, 1995); "Elecciones y Política en Francia: De Charles de Gaulle a Jacques Chirac (Nuevo Horizonte Editores, 1996)"; "Ocho en la Cumbre (Nuevo Horizonte Editores, 1998)"; "La Alternativa Socialdemócrata" (Fundación por la Socialdemocracia de las Américas, 2001); "Historia Mundial de la Megalomanía: desmesuras, desvaríos y fantasías del culto a la personalidad en la política” (Editorial Debate, México D.F., México, 2014 y Editorial Innisfree, Madrid, España. 2013); De Winston Churchill a Donald Trump, auge y decadencia de las elecciones (Editorial Innisfree, Madrid, España, 2016) y Bad Hombres: megalomanía y política en el siglo XXI (Editorial Innisfree, Madrid, España, 2016).

Coautor de los libros: "Sistemas Políticos, Partidos y Elecciones: estudio comparados (Nuevo Horizonte, 1993 y 1997)"; "Una Reforma Electoral para la Democracia (Instituto de Estudios para la Transición Democrática, 1995)"; y "Consolidación Democrática y Gobernabilidad en América Latina" (Coedición de las Fundaciones Friedrich Ebert, Teotonio Vilela y por la Socialdemocracia de las Américas, 2004).

Coordinador del trabajo de elaboración de las dos ediciones de la colección de monografías que conforman la serie “Los Sistemas Políticos y Electorales Contemporáneos”, efectuado para el Instituto Federal Electoral (1999-2000 y 2007-08). Autor de las monografías "Fórmulas para la Gobernabilidad: Hacia la construcción de un sistema político estable y democrático en México", publicado por la Friedrich Ebert Stifttung (2000) y de “El Fin del Paradigma: Las Elecciones Presidenciales en Estados Unidos del Año 2000” publicada por la Fundación por la Socialdemocracia de las Américas (diciembre de 2000).


Es autor de la novela histórica "El Protocolo Malatesta" (Editorial Innisfree, Madrid, España, 2020)

Director de la revista Voz y Voto (1998-2000). Ha publicado centenares de ensayos y artículos en diversos periódicos y revistas del país, entre los que se encuentran el seminario Etcétera, las revistas Voz y Voto, Bucareli 8, Nexos, Diálogo y Debate, El Huevo, Gobiernos, Examen, Viceversa, Voices of Mexico, Economía y Sociedad, Arcana, Campaings and Elections, Letras Libres y Zodaxa, así como los periódicos El Economista, El Universal y Reforma. Asimismo, ha participado en diversas compilaciones de ensayos sobre asuntos políticos y electorales publicadas en México y en el extranjero.

Es autor de la columna semanal "Hombres Fuertes", publicada en el periódico ContraRéplica (desde 2019) y también es columnista de las revistas digitales Etcétera y Latitud (en ambas desde 2020).

Catedrático universitario de la materia Sistemas Políticos y Gobiernos Contemporáneos en la Universidad Iberoamericana (1994-97). Profesor en diplomados impartidos por las siguientes universidades e instituciones académicas: UNAM, ITAM, Universidad de Guadalajara, Universidad de Colima, Universidad Estatal de Nueva York (SUNY), Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, Universidad Autónoma de Coahuila, INAP, El Colegio de San Luis A.C. y el Colegio de Jalisco, A.C.

Productor y conductor del programa radiofónico semanal de análisis político internacional “Mundo y Medio” (transmitido por la estación Ondas del Lago 690 AM de enero de 1997 – agosto de 2000), del programa “Saboreando la Noticia” (transmitido por la estación 88.9 de grupo ACIR y por Canal México TV 2011-14).

Director del Círculo de Conferencias Henry Louis Mencken, institución dedicada a la difusión de la cultura política y democrática, desde 2014 y con más de mil conferencias impartidas a la fecha.

Ganó el Premio de la Fundación Friedrich Ebert para Periodistas Mexicanos, otorgado en 2001.
Director general del diario digital 30 Días. Mx www.30dias.net (2013-15).
Autor de los blogs El Blog de Pedro Arturo Aguirre, El Oso Bruno, Villa Arpinati e Historia Electoral Mundial.

Anchorman de Canal México TV (2011-14).

martes, 23 de junio de 2020

Protocolo Malatesta


Protocolo Malatesta es una trama irónica sobre las urdimbres y farsas que vivió el mundo occidental a finales del siglo XIX en medio de una ola de terrorismo anarquista que, entre otras cosas, costó la vida a un rey, una emperatriz, dos presidentes y un primer ministro. Cuenta la historia de Bruno Arpinati, anarquista "a su manera" y travieso embustero que va a enredarse de singular forma en los entresijos y locuras de esta época fascinante. 
El terrorismo anarquista se convirtió en la principal preocupación de políticos, jefes de policía y periodistas. Los líderes europeos más conservadores hablaron de la existencia de una "gran conspiración judeo-masónica" que utilizaba a los anarquistas como instrumento para lograr oscuros propósitos de dominación mundial. 
Abundaron todo tipo de especulaciones divulgadas con fruición por la prensa más derechista en torno a los grupos que podrían estar atrás de todo esto. Una tesis apuntaba a la esotérica y tenebrosa orden Illuminati, cuya existencia era comentada en Francia desde tiempos anteriores a la Revolución, e incluso no faltaban quienes veían en la corona británica, (la siempre pérfida Albión) al verdadero origen de la "Gran Conspiración". Pero, por mucho, la teoría favorita de los sectores nacionalistas y monárquicos fue la "existencia indudable" de un complot judeo-masónico para subyugar al planeta. A la sazón, el antisemitismo era rampante en toda Europa. Ello, aunado al tradicional secretismo con el que actuaban los grupos masones, contribuyeron a la popularización de esta conjetura. 
En Francia estallaron 21 bombas de junio de 1891 a junio de 1894. Algunos de los terroristas conocieron al final el filo de la guillotina. Relataban los verdugos que rumbo al cadalso los anarquistas cantaban diatribas contra el poder y la iglesia. Ese fue el caso de Emile Henry, quien una tarde invernal arrojó una bomba a los burgueses que esperaban la salida de su tren en el Café Terminus de la estación St. Lazare. Sucedió lo mismo con August Vaillant, quien se había escabullido al recinto de la Asamblea Nacional para lanzar un explosivo a los escaños de los diputados. Antes de perder la cabeza, el terrorista auguró que sería vengado. No se equivocó. El 24 de junio de 1894 el anarquista italiano Sante Caserio asesinó a Sadi Carnot, presidente de la República, apuñalándole el hígado. 
La verdad es que los anarco terroristas habían actuado de manera individual. Se trataba de muchachos exaltados, idealistas, la mayor parte de ellos pobres, asesinos solitarios que actuaban en nombre "de la causa". Fueron iluminados con alma vengadora que aspiraban hacer pagar con sangre al poderoso por los males del mundo. 
Pero la idea de la conspiración crecía con cada atentado, y el supuesto involucramiento del judaísmo internacional se vio reforzado cuando en octubre de 1894 fue arrestado el capitán Alfred Dreyfus, militar francés de origen judío, acusado de vender secretos de guerra a los alemanes. Comenzaba así el infame affairDreyfus, que dividió profundamente a la opinión pública francesa y disparó una paranoia colectiva con pocos parangones en la historia del mundo. 
En Francia se vivía la inestable era de la III República. El ejército rumiaba un profundo rencor por la humillación recibida ante los prusianos en la guerra de 1870. A la derecha proliferaban partidos y asociaciones ultranacionalistas y monárquicas que soñaban con la revancha, la restauración monárquica o la aparición de un "hombre fuerte" que pusiera "orden" en la Patria. En el seno de la izquierda se hacían cada vez más presentes los movimientos socialistas. El anarquismo florecía gracias a grandes teóricos que divulgaron trascendentes pensamientos libertarios, la mayor parte de ellos ajenos a la violencia. En el plano religioso, la Iglesia católica libraba una enconada lucha con los partidarios de instituir, de manera definitiva, un Estado laico. 

También en España se verificaron actos de terror anarquista particularmente sanguinarios. La represión fue particularmente cruel. Muchos anarquistas, o sospechosos de serlo, fueron encarcelados y torturados. Algunos enfrentaron el horror de morir en el garrote vil. En el verano de 1897 otro anarquista italiano, Michelle Angliolillo, asesinó a tiros de pistola a Don Antonio Cánovas del Castillo, presidente de gobierno del Reino de España, quien se encontraba en el balneario de Santa Agueda, cerca de San Sebastián, disfrutando de un asueto estival. Se especuló sobre las supuestas conexiones de Angliolillo con los anarquistas franceses y con el movimiento independentista cubano, pero nada en firme pudo comprobarse. Lo único que asentó el asesino antes de su ejecución fue que había actuado en venganza de sus compañeros anarquistas ajusticiados bajo el puño de hierro de Cánovas del Castillo. 
Tiempo más tarde, una fatídica mañana septembrina, la melancólica esposa del emperador austro-húngaro Francisco José murió en Ginebra atravesada por el hierro de un afilado estilete. La tragedia de Sissi reafirmó el mal fado que estigmatizaba desde hacía tiempo a la casa Habsburgo. El criminal había sido un anarquista italiano: Luigi Lucheni. 
Italia había sido también escenario de una gran actividad anarquista, pero con tintes mucho menos violentos que los conocidos en España y Francia. Varios de los más grandes exponentes de la anarquía mundial eran italianos, pero como sus correligionarios franceses la mayoría era contraria al terrorismo aunque, en su momento, habían sido promotores, por lo menos en el discurso, de la doctrina de la "propaganda por la vía de los hechos" (propaganda dei fatti) que en teoría aceptaba a la violencia como forma de promoción y defensa de los valores anarquistas. Errico Malatesta es el mejor ejemplo de esto. Aunque al principio justificaba ciertos actos de violencia, terminó su vida rechazándolos con ahínco. Pese a ello, nunca se quitó la fama ante ciertos policías europeos de ser un anarco terrorista involucrado en conspiraciones y crímenes. 
La teoría conspiracionista fue también muy bien recibida por el gobierno italiano el cual, como el francés, enfrentaba grandes dilemas. El país no había sido capaz de asentar su presencia ante resto del mundo como una potencia "emergente y pujante". Un nacionalismo chato e indeciso había sido humillado durante estos años por las grandes potencias tradicionales. El primer ministro del rey Humberto I, Francesco Crispi, sin duda el político más singular de la época del posrisorgimento, pretendió desarrollar una política exterior demasiado asertiva. Fue Crispi el primero en hablar de la "restauración de un Imperio Latino, digno sucesor del Romano". Fracasó, y al poco tiempo de su renuncia Italia se vio precisada de recuperar, de alguna manera, iniciativa en el exterior para no perder "respetabilidad". 
También al Vaticano le preocupaba la diseminación del terrorismo, la supuesta fuerza global de la masonería y la posibilidad de que algún terrorista se cobrase la vida del Papa. La diplomacia vaticana y su servicio de espionaje procuraron estar atentos e informados de todos los acontecimientos que pudieran involucrar una Gran Conspiración judeomasónica que "atentara contra los valores cristianos" y de las actividades que representasen un peligro para la vida del Sumo Pontífice. 
Ya hacia 1900 los tiempos duros arreciaron en casi toda Europa. En Francia no tardaría en descubrirse que todo el affair Dreyfuss se había basado en una fabricación de la cúpula militar. España sería humillada por Estados Unidos en la guerra del 98. Italia no atinaba a darse a respetar como la nueva potencia que pretendía ser. Aires revolucionarios se hacían sentir en Rusia. Fue entonces que se perpetró en París una de las más célebres falsificaciones de la historia. La Okhrana(policía secreta Rusa) en combinación con algunos oscuros personajes, redactó los célebres Protocolos de los Sabios de Sión, texto que supuestamente detallaba los planes del "Gran Sanedrín" judío para lograr la dominación mundial. 
Y mientras tanto, los atentados terroristas continuaron. En 1900 otro anarquista italiano, Gaetano Bresci, asesinó en Monza al rey Humberto I. Este magnicida vivía en Paterson, Nueva Jersey, y desde ahí hizo el viaje a Italia para cumplir su fatal cometido. Un año más tarde tocó el turno de morir a manos de un anarco al Presidente de Estados Unidos, William McKinley, con la diferencia de que esta vez el criminal, Leon Czolgosz era de origen polaco. Era un muchacho impresionable que se conmovió al extremo al escuchar las arengas de la famosa anarquista norteamericana Emma Goldman. 
Estados Unidos vivía la época de los Robber Barons, los grandes millonarios que forjaban fortunas con métodos poco escrupulosos y eran capaces de comprar políticos, aceitar maquinarias electorales y ejercer una influencia inaudita. Uno de los representantes más conspicuos de esta época de corrupción y abusos del poder fue el senador Mark Hanna, quien coordinó la campaña electoral de William McKinley en 1896. 
Como reacción a los excesos de los Robber Barons y del excesivo poder del dinero en la política surgió en Estados Unidos el llamado "movimiento populista", el cual tuvo como uno de sus principales dirigentes a un líder de perfil mesiánico que surgió intempestivamente y le dio a los grandes capitales un enorme susto: William Jennings Bryan. 
Fue también la época del surgimiento de la prensa como protagonista destacado en el juego del poder. En Francia, los periódicos desempeñaron un papel preponderante en la movilización de la opinión pública y en el desarrollo del escándalo Dreyfuss. En Estados Unidos, la influencia de la prensa amarillista y amañada del magnate William Randolph Hearst fue clave para forzar la guerra de Estados Unidos contra el declinante imperio español. 
Anarquismo, terrorismo, grandes magnicidios, conspiraciones y contraconspiraciones, escándalos políticos, falsificaciones, prensa manipuladora, líderes populistas y corrupción política son los ingredientes del fascinante escenario donde Bruno Arpinati va a embrollarse para montar un sainete genial. 

domingo, 27 de marzo de 2016

De Winston Churchill a Donald Trump, por Pedro Arturo Aguirre





Ya está disponible la versión Kindle de mi libro De Winston Churchill a Donald Trump: auge y decadencia de las elecciones. La obra realiza un recorrido analítico por treinta y seis de los procesos electorales más importantes realizados en todo el mundo desde 1945 a la fecha y hace algunas unas reflexiones sobre el estado actual de la democracia. La obra no está dirigida a especialistas, sino a los lectores que quieran enterarse de forma documentada pero amena y breve sobre cómo se han efectuado algunas de las elecciones más significativas de la historia reciente y que estén interesados en la crisis de legitimidad y representatividad que en la actualidad padece la democracia. Se analizan temas de actualidad como el surgimiento de Podemos en España, Cinco Estrellas en Italia y Syriza en Grecia; las candidaturas independientes en México; el auge de la extrema derecha en Europa y el fenómeno Donald Trump en Estados Unidos. Hay un link en la columna derecha de este blog donde puedes comprarlo.







sábado, 28 de febrero de 2015

150 Aniversario de Sibelius

 
 
Es curioso como cambia la dirección del viento. A veces sopla de un lado y cuando uno menos se lo espera, gira drásticamente y nos sorprende cambiando de trayectoria. La estética y la critica (perdonen si las he unido, pues son bien diferentes) a veces se comportan como los vientos y es por eso que en ocasiones parecen variar de postulados tanto como el viento lo hace de dirección. Hoy nos hace reír, o quien sabe si también cierta pena, lo  que se dijo hace años sobre determinados autores. Los casos de Wagner, Meyerbeer o Puccini son paradigmáticos. Los de Schoenberg  o Ives tampoco se quedan cortos. Otro autor cuya apreciación crítica ha cambiado drásticamente es la del compositor belga Paúl Gilson. Rafael Mitjana se refería a él casi como un genio pero hoy día apenas se le conoce fuera de su país. Si hablásemos de literatura la lista de autores seria interminable. En el fondo, mucho de lo que se dijo de bastantes creadores y de sus obras, las palabras que acerca de ellos se escribieron, se las llevó el viento. Es por eso que palabras y viento parecen a veces comportarse del mismo modo. Precisamente, uno de los compositores más afectados por estos cambios de dirección del viento de la crítica, es Sibelius. Recordemos lo que decía acerca de él Adorno, aquel que escribía música en sus ratos libres y que nos regalo con una de las glosas más pendencieras de la modernidad. Adorno incluso afirmaba que Sibelius era un chapucero musical. No exagero, sus palabras son bien elocuentes al respecto. Decía que
las sinfonías cuarta y quinta presentan un aspecto beocio y mísero y que el nivel técnico de su escritura estaba retrasado respeto al nivel de su época.
Como cualquiera puede apreciar, las palabras de Adorno son pura falacia y además están escritas desde el resentimiento. Para que seguir. Total: Sibelius es Sibelius y Adorno, ya se sabe. Pero en los comentarios de Adorno subyace un aspecto que no solo él, sino una enorme multitud de compositores, intérpretes y estetas han ido repitiendo desde hace mucho. Este aspecto es el que otorga marchamo de cualidad a obras consideradas como vanguardistas, mientras que a las de factura clásica se las valora como inferiores, de segundo orden. En este sentido, no solo Sibelius, sino Shostakovich, Kachaturian, Britten, Puccini, Copland y tantos otros, fueron observados con desconfianza por comentaristas que solo aceptaban de buena gana aquellas obras en las que se reflejaban aspectos considerados como especulativos, arriesgados o vanguardistas repudiando por mediocres, poco imaginativas y meramente testimoniales, las de aquellos autores que ya tenían bastante con el lenguaje aprendido de sus ancestros. Por momentos, se  confunde tradición con conservadurismo y profundidad con aburrimiento. El problema que se les presentaba en aquel momento y que ahora se demuestra como implacable es que el tiempo, siempre coloca las cosas en su sitio y que lo que hace que las obras permanezcan en el repertorio no son ni su supuesta modernidad, ni tampoco su lenguaje supuestamente vanguardista, sino pura y simplemente lo que podían aportar a la emoción o al intelecto del oyente como individual y único. Además, no nos engañemos, las sinfonías de Sibelius, a pesar de su armonía de base tonal, representa un planteamiento formal u orquestal tan legitimo como el que representa la Escuela de Viena. En algunos casos mas arriesgado incluso. ¿O acaso su Séptima sinfonía no es formalmente menos tradicional que muchas de las obras escritas en su misma época por autores teóricamente más avanzados?. El problema no es pues el aspecto formal o el contenido del mensaje expresado intuitivamente en la partitura, sino la manía que algunos tienen en relacionar tonalidad con conservadurismo y atonalidad con modernidad. A estos les diría yo que sé andasen con cuidado y que me explicasen que piensan de un compositor tan poco clasificable como Erik Satie. También les recordaría que cada obra musical, además de la armonía, pone en juegos demasiados elementos, como para despacharse esgrimiendo aseveraciones, como mínimo, arriesgadas.

El caso es que Sibelius es un grandísimo compositor cuyas obras, lejos de perder popularidad, se afianzan paulatinamente mientras despectivas van observando como caen los gloriosos cadáveres musicales de los que ahora ya nadie se acuerda. Pero el caso de Sibelius es el mismo de tantos otros compositores vilipendiados agriamente por el mero hecho de componer música siguiendo más o menos fielmente las pautas de la tradición. Tradición, ¡qué palabra tan peligrosa cuando se pronuncia sin sentido!. Existe la supuesta tradición de interpretación instrumental (es igual el instrumento del que hablemos ya que cada uno tiene la suya), existe la supuesta tradición centroeuropea de la dirección de orquesta (como si a los no centroeuropeos nos interesara un carajo esa tradición), la tradición de la composición occidental, la tradición de llevar determinadas ropas en los conciertos. Así, a fuerza de estudiar las tradiciones ajenas nos olvidamos de la nuestra. A fuerza de querer repetir la historia de los otros (sea antigua o reciente) nos olvidamos de la propia. A fuerza de no querer parecer anticuados, nos convertimos en esperpentos de la modernidad. Bien, pues Sibelius hizo precisamente eso que a muchos les es difícil de entender: continuar la tradición que animó musical y culturalmente su país durante decenios.  Bien pensado es lógico que corran en contra de Sibelius y tantos otros malos tiempos ya que estamos en una extraña época en la que prima la internacionalización. Por eso, hoy día las orquestas aspiran a sonar iguales en Shangai, Melbourne, Barcelona o Nueva York. Aspiran a ese indeterminado sonido internacional que ahora disfrutamos y que son una mala copia de los sonidos de Berlín, Viena o Londres. ¿Recuerda alguien cuando desde los primeros compases era posible reconocer a una orquesta o a un director sin ningún atisbo de duda?. Y eso por no hablar de los solistas. En la composición sucede tres cuartos de lo mismo. Algunos escriben en un estilo internacional que podría haber sido escrito tanto en una parte del mundo como en otra. Que más da. Lo importante es ser fiel a una falsa tradición, obviando naturalmente, la propia. Pero digresiones aparte, actualmente ¿cuál es la reputación de Sibelius como compositor? ¿Qué lugar ocupa a los 50 años de su muerte?. La respuesta solo puede ser una: su salud como autor reconocido, interpretado y valorado, no solo se ha mantenido a lo largo de los años sino que ha aumentado ostensiblemente. Las características de su música, que antes parecían poco originales se nos presentan ahora como frutos de una enorme coherencia artística. La evocación de la naturaleza, la precisión formal, la orquestación transparente sin excentricidades ni fáciles abalorios, los contrastes entre las secciones, cierto aire popular, el amor por la mitología, todo ello, se valora como positivo, como fruto de la persistencia de un artista en sus propias convicciones. A principios del siglo XX y gracias a la dedicación de Richard Strauss, Hans Richter, Toscanini o Weingartner, su música se difundió por toda Europa con enorme éxito aunque poco a poco, se produjo un fenómeno que a veces ha sucedido en otros casos. Si bien a finales del siglo XIX y principios del XX, sus obras fueron consideradas incluso avanzadas, a partir de la década de los años veinte muchos empezaron a considerarlas como antiguallas. Por si fuera poco, el propio Sibelius se hizo más clásico, orquestando sus obras con economía de medios y presentando temas melódicos de pasmosa sencillez. Sin embargo así y todo, su Cuarta sinfonía fue considerada muy moderna. En Norteamérica la presentó Toscanini quien ante la sorpresa indignada del público optó por repetirla de nuevo.
 
 
Paradójicamente, tras una trayectoria plena de éxitos, las ultimas tres décadas de la vida del compositor presentan aun ciertos enigmas. Uno de ellos es su falta de creatividad en esos años. Hay quien dice que su Octava sinfonía no vio la luz porque él mismo decidió que no valía la pena ofrecerla al público, ya que a esas alturas había dicho en sus obras anteriores lo que ahora solo seria una redundancia innecesaria. Pero esta explicación es poco satisfactoria. Su Séptima sinfonía, que alguien consideró exageradamente como la Novena del siglo XX, nos muestra a un compositor pleno de facultades, de imaginación, de fuerza, dueño de un caudal de enorme expresividad y belleza. Más lógico es pensar que Sibelius, ante los derroteros que había ido adquiriendo la música europea se viese a sí mismo como un anacrónico, como alguien fuera de su tiempo.

Bien, no nos extrañemos tanto, estas cosas pasaron y siguen pasando. Hay todavía quien se cree que modernidad y atonalidad van prendidas de la mano o que creatividad y vanguardia deben ser lo mismo. Polémicas estéticas aparte, el público sigue admirando la precisión de la estructura en las obras de Sibelius, la sabiduría en el manejo de las masas orquestas, sus melodías o la intensa emotividad de su discurso. Por todo eso y mucho más, Sibelius, ese compositor nada moderno pero nada académico, nada vanguardista y nada conservador, merece el puesto de honor que ahora ocupa. Los auditorios seguirán escuchando otros cincuenta y otros cien años más sus sinfonías, sus poemas sinfónicos, sus obras corales, su concierto para violín y descubrirán obras de su catalogo poco conocidas. Por eso, cuando leáis los comentarios de Adorno acerca de Sibelius, pensad en la trágica desaparición de los dinosaurios o en las ruinas de la fastuosa Palmira... Polvo somos y en polvo nos convertiremos. Cuando eso ocurra, cuando nadie pise ya este planeta, la música de Sibelius seguirá sonando pletórica y fastuosa.
 

Escrito por Domenec González de la Rubia Fecha de publicación: Abril del 2008. Sinfonía Virtual