miércoles, 11 de noviembre de 2020

Donald Trump en la Bandera de Estados Unidos

 



Menos mal, Joe Biden ganó las elecciones, pero da pavor observar la forma tan estrecha como lo hizo. Razones sobraban para esperar que Donald Trump recibiera una paliza, sobre todo con el notable ascenso de la participación  electoral, la mayor para una elección presidencial de Estados Unidos desde 1900. La economía está en una profunda caída, la gestión gubernamental de la pandemia ha sido desastrosa y el presidente es un sujeto atrabiliario y soez de poderosas pulsiones autoritarias quien ante la muerte  de una cuarto de millón de sus compatriotas por Covid describe a ésta cifra como un engaño inventado por “médicos codiciosos”. Además, se niega a negociar un paquete de estímulo económico con la Cámara de Representantes y a diario miente insulta y tergiversa la ley para beneficio propio y de sus allegados. Cree que las instituciones existen para su servicio personal. De cara a las elecciones presionó a su fiscal general para iniciar una investigación criminal contra Biden y Hillary Clinton. Suele desestimar los informes de inteligencia que contradicen sus propios prejuicios y ha sido descrito como “no apto” para ocupar la presidencia en reiteradas ocasiones por decenas de ex funcionarios y oficiales retirados (muchos de ellos republicanos) ya por no hablar del alud de psiquiatras que opinan lo mismo.

 

Tanto y tan inusitado entusiasmo electoral invitaban a pensar en un triunfo a lo grande de Biden y en un justo castigo al megalómano irresponsable. No fue así.  Muchas lecciones nos dejan las reñidas elecciones del martes 3 de noviembre y una de ellas es que una masiva participación electoral no siempre es síntoma de una democracia sana. La mitad de los electores gringos votó por un sátrapa a todas luces mentiroso, soberbio, tramposo y autoritario. La pesadilla está lejos de terminar. El país que gobernará Biden está dividido y con su democracia en profunda crisis, escindido no sólo por ideología y preferencias políticas (sería lo normal, a fin de cuentas), sino por la forma en como los norteamericanos conciben al mundo. Se rompen los consensos básicos indispensables en una democracia funcional. Prevalecen dos posturas antagónicas que parecen vivir en universos distintos. Una parte es respetuosa de la ley y las instituciones, cree en los hechos, respeta la ciencia y valora los objetivos de la democracia y la civilidad, el otro segmento cree ciegamente en un líder egocéntrico, autoritario y fatuo. Y estos dos sectores se profesan mutuo desprecio. Trump perdió, pero el trumpismo se queda y será para mal y por mucho tiempo.

Hace cuatro años supusimos que el sorprendente y, esperábamos, “anormal” triunfo de Trump había sido posible por varios factores coyunturales: la impopularidad de Hillary Clinton, la intromisión rusa en la campaña, el voto de protesta masivo, la investigación de última hora a los famosos correos electrónicos de Hillary ordenada por el FBI. Pero hoy vemos claramente la verdad: la mitad de los electores se identifican con tan impresentable personaje. “Donald Trump es la quintaescencia de los gringos, debería aparecer en la bandera de Estados Unidos”, ésta contundente opinión me la dio mi padre, quien nunca ha profesado a nuestros vecinos del norte demasiado amor que digamos. La aterradora es que quizá tenga razón. Éste formidable patán hizo explotar al inconsciente más bajo de sus paisanos con su xenofobia, racismo, machismo, grosero materialismo y otros tantos oscuros instintos. Y para cerrar el círculo es un millonario que, se supone, es un ganador nato y no le debe nada a nadie. Es el reflejo perfecto de lo que muchos de sus compatriotas quisieran ser. Está completamente descalificado para ocupar la presidencia de un país democrático y de sólidas instituciones, y su espeluznante personita sólo imaginable al frente de cualquier república bananera o para ser colega de Bokassa, Idi Amín o alguno de los sátrapas por el estilo que han asolado a las malhadadas naciones del África central. Pero no, es presidente de Estados Unidos, pretendido faro de la democracia mundial y tras cuatro años de desastroso gobierno estuvo a punto de obtener la reelección. Y si no lo consiguió, seamos claros, fue exclusivamente gracias a la crisis del coronavirus, que sí no…

La esencia de Trump, la causa por la que verdaderamente cautiva a tantos millones de gringos, es porque no se avergüenza de exhibir su egoísmo y su falta de empatía ante el sufrimiento de los demás. Ello estimula a sus admiradores pretender que tampoco ellos necesitan de estas cualidades. Todo se vale si es para ganar, aunque sea violar la ley, mentir, estafar o abusar del más débil. El “éxito a como dé lugar”, la apoteosis de la indecencia, la exaltación de la deshonestidad. El mensaje a sus fanáticos es todas estas “fruslerías” son los valores de tontos perdedores e incluso prácticas de la cultura de élite que este caudillo y sus fanáticos tanto odian, como hablar en frases largas y rebuscadas, leer libros o escuchar música clásica.

El gran bribón clama sin presentar prueba alguna que le robaron las elecciones y apelará a la Suprema Corte dando a entender que para eso nombró a tres de sus jueces. Tratará de minar a como dé lugar la legitimidad del gobierno de su sucesor y, de pasada, arrastrar al fango al lesionado sistema democrático. “Después de mí, el diluvio”, es uno de los apotegmas narcisistas, y con él los millones de zafios que lo aclaman. Ese es el Estados Unidos “profundo”, el país real. No tiene nada de democrático ni de compasivo.  

Pedro Arturo Aguirre

Publicado en Etcétera

7 de noviembre 2020

“¿Qué será lo que no estoy entendiendo?”




En el populismo la adulación es un elemento fundamental. De hecho, sin adulación no hay populismo. El pueblo rinde culto al líder, y el líder adula a las masas. Echar una ojeada al torcido mundo de la adulación es abrir una ventana a la impostura y al descomposición intelectual y moral. ¡Qué fácilmente los halagos sustituyen a la verdad, la exaltación a la reflexión y la lisonja al análisis equilibrado! François Fénelon, mordaz crítico de Luis XIV, escribió que “un rey está perdido si no rechaza la adulación y no prefiere a quienes dicen audazmente la verdad” y según John Locke la adulación  es un tipo de “abuso de confianza” en el que el servil engaña al adulado atribuyéndole capacidades o virtudes de las que carece”. ¿Y quién no conoce el genial cuanto de Hans Cristian Andersen donde se exhibe el embuste lisonjero con la inocente exclamación de un niño: “¡El rey va desnudo!”?

Para ser sinceros, es divertido oír las abyectas alabanzas de los sicofantes en política. Se podría escribir una larga enciclopedia con los millones de elogios dedicados a los sátrapas de ayer y siempre. Simplemente hagamos un breve repaso de algunas de las perlas más recientes. En Rusia se púbico hace poco un libro con la recopilación de frases célebres de Vladimir Putin. El autor, un sicofante de nombre Antón Volodin, describe a su idolatrado en la introducción: “Putin es un profeta. Todo lo que ha dicho se ha cumplido. Si todos los países le hubieran hecho caso, nos habríamos evitado muchas tragedias, como varias guerras y la llegada de cientos de miles de refugiados a Europa”. “Palabras que cambian el mundo”, lleva por título la magna obra, la cual fue entregada como regalo a todos los altos cargos de la administración y la política junto con una carta que explica la importancia de conocer tan ínclito pensamiento “indispensable para entender los principios que rigen la defensa de los intereses nacionales”. Por su parte, el sitio web Sputnik, uno de los más cercanos al gobierno ruso y conocido difusor de fake news, disfraza la acreditada vulgaridad del presidente ruso al explicar “Putin es conocido por emplear un lenguaje elocuente, cargado de giros idiomáticos y comparaciones agudas, así como con un toque humorístico cuando resulta oportuno”.

En Turquía los lambiscones hablan de Erdogan como un nuevo “padre de la patria, un nuevo Ataturk, pero no laico como éste, sino mucho mejor por ser genuinamente cercano a nuestras profundas tradiciones musulmanas”. Se ha puesto de moda entre los simpatizantes del presidente dejarse el bigotito a medio rasurar y contar en el armario con alguna chamarra gris a cuadros, al chabacano estilo que tanto le gusta al jefe. En Hungría los serviles describen al primer ministro Orbán como “el faro de Europa”, y en su quincuagésimo cumpleaños el principal adalid de la Iglesia evangélica lo señaló como “un mesías enviado a Hungría por Dios para limpiar el país de la suciedad que dejaron los liberales y socialistas”.

Penetrante en el caso de los neopopulismos ha sido el culto a Hugo Chávez, el cual desde el principio de su régimen fue vigoroso, pero  que se convirtió en adoración cuasi religiosa durante la enfermedad terminal del comandante y se intensificó tras su muerte. “Chávez nuestro que estás en el cielo, en la tierra, en el mar y en nosotros los delegados, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu legado para llevarlos a los pueblos, danos hoy tu luz para que nos guíe todos los días y no nos dejes caer en la tentación del capitalismo más líbranos de la maldad, oligarquía y el delito del contrabando, por los siglos de los siglos.", así ruega el irrisorio padrenuestro que rezan los miembros del partido oficial venezolano (el PSUV) antes de cada uno de sus congresos. El famoso “Libro Azul”, compendio de los más profundos pensamientos del líder, es oficialmente descrito como ““un legado hecho Patria”, y  difundido entre la población para que los venezolanos aprendan de este “crisol de un pensamiento propio, surgido de una disyuntiva existencial auténtica en su venezolanidad, donde irrumpieron las ideas que llevaron adelante el Proyecto Bolivariano, ahora plasmadas en el eterno presente sobre las páginas de un texto vital para el futuro del proceso revolucionario”.

Como no podría ser de otra forma, los elogios han sido sello distintivo durante la presidencia de ese gran narcisista que es Donald Trump. Incluso mientras más se deteriora su presidencia y decae su imagen más se intensifican los halagos de sus incondicionales y furiosos seguidores. El comentarista de Fox Lou Dobbs describe al presidente como “una vorágine de energía jamás vista en la Casa Blanca” y, sin rubor, remató “¡Hay un sol radiante por todo el lugar y en todas las caras. Trump proyecta la imagen del ganador/ganador, nuestro presidente está en la cima del juego!”. El odioso colega de Dobbs, Sean Hannity, ha predicho varias veces que Trump “será considerado como uno de los más grandes presidentes de este país”. En plena la audiencia durante el juicio de impeachment del impresentable presidente el representante republicano Devin Nunes comparó a Trump con George Washington. Incluso la  abominable y muy poco edificante personalidad del presidente (irredimible pervertido, craso materialista y prosaico indómito) es exonerada por fundamentalistas de la derecha cristiana, quienes la justifican por ser parte de “el plan genial de Dios de usar a un pecador estándar en la salvación de Estados Unidos”.  

En el México de la 4 T la adulación al líder se hace cada vez más presente, recuperando la vil tradición del añejo presidencialismo mexicano. Muchos elogios recibe a diario nuestro Peje, pero el que le dedicó el monero apodado “El Fisgón” es una auténtica joya en la historia mundial de la lambisconería: “Cuando estoy en total desacuerdo con lo que dice López Obrador, cambio mi mente y me pregunto: ¿Qué será lo que no estoy entendiendo?”. ¡Lindeza! Y lo es porque no son como las loas al presidente de, digamos, un abyecto del tipo de John Ackerman o Alejandro Rojas Díaz Durán, sino que me da la impresión de ser sincera. Muchas veces los sicofantes  terminan por creer la realidad de sus lisonjas como fruto de la, quizá, ineluctable necesidad de creer ciegamente en alguien o en algo. Pero si la inteligencia pierde ante la irracionalidad de la adulación, aunque alguien se atreva a gritar, como el niño del cuento, “el emperador va desnudo”, el político megalómano es incapaz de recuperar el principio de realidad y el sentido de Estado.

Pedro Arturo Aguirre

publicado en Etcétera

31 de octubre de 2020

sábado, 24 de octubre de 2020

Democracia agonizante

 

¡La democracia gringa agoniza! Suena hiperbólico, pero un análisis a fondo del estado de las instituciones y, sobre todo, de la cultura política del país vecino invitan a llegar a esta conclusión. Si Trump gana las elecciones, o las pierde y lanza al país a una lucha amarga y prolongada al no reconocer los resultados, Estados Unidos descenderá al nivel de “república bananera” o al menos a la categoría denominada elegantemente por el politólogo Steven Levitsky de “autoritarismo competitivo”, es decir, un régimen híbrido donde las instituciones existen y se celebran periódicamente procesos electorales, pero una vez electos los gobiernos violan las reglas del juego democrático con demasiada frecuencia. Algo muy parecido a aquel contexto de “democracias iliberales” descrito por Fareed Zakaria, pero visto desde las condiciones reales de competencia a través de las cuales la oposición puede desafiar y eventualmente vencer a los gobernantes autocráticos, aunque frente a condiciones muy adversas.

En Estados Unidos la democracia vive una crisis existencial en buena medida porque el Partido Republicano se ha esforzado los últimos años en minarla. Ha legislado en múltiples ocasiones para limitar el derecho de voto de las minorías, ha incrementado el papel del dinero en la política, representa casi en exclusiva al sector banco de la población, ataca el laicismo, ha atentado contra la integridad del Departamento de Justicia, fomenta la práctica de “gerrymandering” (diseño geográfico arbitrario de los distritos electorales) y su apresuramiento en nombrar a una jueza conservadora para ocupar el escaño vacante en la Suprema Corte de Justicia habla muy claro de cómo ha extraviado su respeto por la voluntad de las mayorías. En 2016, los republicanos se negaron rotundamente a considerar a Merrick Garland, el candidato a la Corte Suprema nominado por el presidente Barack Obama, con el argumento de que estaban muy próximas las elecciones presidenciales de dicho año y lo “éticamente procedente” era esperar el resultado para conocer la voluntad ciudadana. ¡Hipócritas!

Los republicanos mantienen una “lealtad ciega” a su caudillo Donald, líder de extravagantes pulsiones autoritarias, al grado que en la pasada Convención Republicana el partido ni siquiera fingió interés en resolver los problemas reales de la gente al abstenerse de redactar y aprobar una plataforma electoral para las elecciones de este año. Abrogaron una traición centenaria para sumarse de forma acrítica al “pensamiento del presidente Trump”, tal y como sucedería, digamos, en China o Corea del Norte. Por eso es tan importante una victoria demócrata en estos momentos críticos, y lo más más contundente e inapelable posible, tanto para recuperar la presidencia como para obtener la mayoría en ambas cámaras del Congreso. Solo así habría la esperanza de frenar la deriva autoritaria o , al menos, regresar a Estados Unidos al sistema prevaleciente hasta la presidencia de Obama, asaz imperfecto, pero funcional. Si el resultado es reñido, con una ventaja mínima de Biden en el Colegio Electoral, entonces comenzará un alud de disputas y la confianza en la democracia decaerá aún más. La violencia acecha. En Michigan terroristas de ultraderecha conspiraron para secuestrar a la gobernadora. Eso fue ominosa advertencia. Y si Trump gana las cosas van a empeorar. Los populistas autoritarios dedican sus primeros años de gobierno a hacer pruebas y experimentos, a constatar cuáles trucos funcionan y cuáles no. Es tras sus reelecciones cuando se sueltan el chongo y terminan la labor de destrucción del sistema democrático.

Estados Unidos es famoso por la inmutabilidad de su constitución, apenas 27 enmiendas en dos siglos y medio de vigencia, pero ha llegado la hora de una renovación a fondo si se quiere salvar al sistema democrático. Urge a la gran potencia un sistema electoral central, independiente y eficaz de alcance nacional. Debe eliminarse el obsoleto Colegio Electoral e implantarse la elección presidencial directa, prohibirse las manipulaciones que restringen el derecho de voto a las minorías, eliminarse las distribuciones demográficas tendenciosas en el diseño de los distritos electorales e imponer más y mejores regulaciones al financiamiento de las campañas. Otras ideas pueden ser imponer un límite de quince años a la duración de los jueces de la Suprema Corte de Justicia (hoy vitalicios) y otorgarle el estatus de estado a Puerto Rico y el Distrito de Columbia. Todo esto parecería utópico, pero así como se han hecho presentes en Estados Unidos propensiones autoritarias también han surgido movilizaciones e inclinaciones democráticas. Cada vez hay más mujeres que se postulan para cargos públicos y organizaciones como Black Lives Matter y otras tantas más han sido capaces de sacar a miles de personas a las calles para exigir cambios. Un dato no menos es que la elección experimenta una participación electoral en lo concerniente al voto adelantado y por correo sin parangón en la vida política estadounidense. El número total de electores efectivos podría llegar a 150 millones. Algunos analistas calculan que se podría dar un índice de participación más alto desde 1908. La distinguida politóloga Pipa Norris es optimista y habla de la relección de este año como una oportunidad para repensar la crisis de la democracia liberal en Estados Unidos y explorar las posibilidades de aplicar reformas de fondo.

Y volviendo a los “autoritarismos competitivos”, Levitsky las describe como casos donde las elecciones son competitivas y a menudo pueden llegar a ser muy reñidas, pero existe un uso abusivo de los recursos del Estado en beneficio del partido en el poder. En el caso del Poder Legislativo, habla de un implacable control de las bancadas de legisladores oficialistas, pero sin que se elimine de tajo a la oposición, y en lo judicial de la subordinación de los jueces por medio de procedimientos a veces sutiles y a veces crasos mediante el uso de amenazas y presiones explícitas, aunque estos actos pueden acarrear costos significativos en términos de legitimidad nacional e internacional. Sobre la prensa, el gobierno intenta consolidar medios oficiales mientras procura reprimir o limitar a la prensa independiente valiéndose de mecanismos como el reparto selectivo de la publicidad del Estado, la manipulación organismos de control gubernamental o la aplicación arbitraria de regulaciones a los servicios audiovisuales. Esta coexistencia precaria de leyes de instituciones democráticas con el ejercicio autocrático del poder es fuente de permanente inestabilidad y de constante confrontación entre la oposición y el autoritarismo progresivo del gobierno, lo cual desemboca irremediablemente en un dilema para los aspirantes a autócratas, ya que tolerarlo por mucho tiempo representa un desgaste mayor y reprimirlo lleva al régimen a una grave crisis de legitimidad.

Todas estas características son muy buen material para la reflexión en el México de López Obrador


lunes, 19 de octubre de 2020

La Eterna y Pertinaz Demagogia

 


 

La demagogia es irremediable. Gozará de salud perpetua porque nos evita la molestia de pensar, refuerza prejuicios, excita  vísceras, explota sentimientos y aprovecha resentimientos. Nos hace creer en nuestra “superioridad moral”. Descubre quienes son los buenos (nosotros)  y quienes los malos (siempre unos “ellos”). Como instrumento político es increíblemente eficaz. Por más de dos mil años los demagogos han tenido éxito en sus afanes de conquistar el poder porque prometer progreso a base de atajos y voluntarismo, ofrecer estabilidad y orden sin asumir responsabilidades y señalar culpables son cosas reconfortantes, especialmente cuando las sociedades se sienten vulnerables.

La demagogia le es consustancial a la democracia, de esto estaba convencido Max Weber, para quien “democratización y demagogia van de la mano”. Apelar a sus encantos es la mejor forma de ganar elecciones. De alguna manera en todos nosotros habita un demagogo en potencia. Incluso en nuestra oposición a la demagogia corremos el peligro de caer fácilmente en los patrones retóricos y epistemológicos considerados como “demagógicos” al establecer una lógica de “nosotros, los razonables” contra "ellos, los estúpidos", o en ceder ante las tropologías apocalípticas y las argumentaciones unidimensionales. Y como sucede en los oscuros tiempos que corren (para decirlo, quizá, demagógicamente), la cultura de la demagogia es ascendente, cualquier persona involucrada en el discurso político puede (y, sin duda, lo hará) utilizar la retórica demagógica. Por eso, lo único que podemos hacer es aprender a convivir con la demagogia, saber dimensionarla, defendernos de ella y entender que puede presentarse en distintos grados y formas,  unas más perversas y negativas que otras.

No toda demagogia es igualmente dañina o detestable, incluso hay eruditos sobre el tema que sugieren demagogias dueñas de potenciales connotaciones positivas. Pero es esencial saber identificar, controlar y tratar de purgar a los demagogos. También es imprescindible aprender y reaprender continuamente a participar en polémicas públicas lo menos demagógicas y falaces posibles, y al mismo tiempo valorar la deliberación democrática en decisiones sobre políticas públicas. Se trata de ser muy proactivos en la labor de reducir la eficacia retórica de la demagogia.

La mejor forma de defendernos de la demagogia, incluso de nuestra propia demagogia, es mediante el fortalecimiento de las instituciones democráticas. Por eso la demagogia más perjudicial es la que atenta contra ellas. Aquí aparece la característica fundamental del populismo: el uso de la democracia contra de la propia democracia, la exaltación de la llamada (por Aristóteles) “democracia radical” dedicada a socavar las funciones de las instituciones democráticas. Ryan Skinnell argumenta que la retórica anti institucional es la mejor forma de fomentar una cultura de la demagogia donde la democracia y la deliberación pública se consideren corruptas y decadentes y hace que el autoritarismo parezca “sobrio y curativo”.

La demagogia hoy en boga es precisamente la del tipo más pernicioso, es decir, la que desmantela a las instituciones democráticas. Los demagogos actuales son de la peor ralea concebible. Es una “familia de tiranos” (parafraseando a Voltaire) particularmente detestable por pedestre y precaria en recursos retóricos e imaginación. Donald Trump utiliza en sus tuits y discursos el lenguaje y la gramática correspondientes a la forma habitual de expresarse de niños de once años o menos. Se trata del presidente cuya forma de comunicarse es la más elemental en toda la historia de Estados Unidos, prototipo de una de las características fundamentales del demagogo de nuestros días: la “infantilización” del lenguaje político. Casi todos los autócratas de hoy y aspirantes a serlo apelan a este recurso, a veces como estrategia de un político hábil, pero las más de las ocasiones como resultado lógico de la pobre formación intelectual del líder. Putin es famoso por sus chistes y expresiones soeces. Salvini se maneja sus redes sociales con el espíritu y el idioma de un adolescente malcriado. Duterte es un monumento a la vulgaridad. Kaczynski hila con mucha dificultad más de dos ideas y Maduro, Evo, Erdogan y Orban (entre otros) compiten fuerte en el campeonato por saber cuál es el caudillo más zafio.  Y nuestro Peje, ¡ay! Basta asomarse a un par de sus insufribles mañaneras para darse cuenta de las ingentes limitaciones del personaje. ¡Pero qué ausencia de estatura política! ¡Qué carencia de visión de Estado! ¡Cuán mediocre es el sujeto! ¡Fuchi! ¡Caca!

La utilización de un lenguaje político elemental ayuda al buen demagogo a marcar distancia con las odiadas élites, aficionadas a los razonamientos rebuscados, y los acerca al “hombre común”, al sagrado “Pueblo”. Aristóteles define al demagogo como un “adulador del pueblo” y Platón reduce el arte de la demagogia a la capacidad de adivinar los gustos y los deseos de las masas solo para poder replicarlas en la retórica: “decirle al pueblo exclusivamente lo que el pueblo quiere escuchar”. Cuando los clásicos hacen referencia al “pueblo” (demos), no aluden al cuerpo cívico en su totalidad, sino a los estratos más humildes  obligados a desempeñar trabajos manuales para sobrevivir y, por ende, “no tienen la posibilidad de cultivar la mente y resultan particularmente vulnerables a las falacias de los demagogos, quienes saben descender a su nivel, simplificar el mensaje, adaptar el lenguaje a su gusto”. Así se proyectan como líderes auténticos y sinceros. Por eso recurren a insultos y descalificaciones pueriles, exhiben y promueven un desusado interés por asuntos irrelevantes e incluso llegan a sentirse orgullosos de sus incoherencias y “gaffes”. De esta forma imponen sus cutres conceptos y valores en el debate. Simplificaciones, vulgaridades, desahogos. En el interés de mantener a los ciudadanos “eternos niños”, utilizan el lenguaje de la calle para, pretendidamente, “acercar el poder al pueblo”, pero en realidad promueven la renuncia al raciocinio y a la capacidad crítica. Le dan la razón a Paul Valéry, quien definió a la política como “el arte de mantener a la gente apartada de los asuntos que verdaderamente le conciernen”.

Pedro Arturo Aguirre

publicado en Etcétera

17 de octubre 2020

Los machos (y los locos) nunca se enferman

 


 

Con su demencial presidencia Donald Trump está escribiendo algunos de los más primorosos episodios de la historia mundial de la megalomanía, y si un momento podría resumir tanta vesania este sería, sin duda, el gesto del presidente al quitarse el tapabocas, meterlo en el bolsillo del saco y dar un doble pulgar hacia arriba como para decirle al mundo desde un balcón de la Casa Blanca que había derrotado al coronavirus. Todo esto cuando Estados Unidos registra más de 210 mil muertes a causa de la pandemia. Fue un arrebato típicamente mussoliniano. El Duce es uno de los modelos de Trump, y no solo de él, sino de autócratas a lo largo del planeta  como Chávez, Putin, Kim Jong Un, etc., obsesionados, todos ellos, en demostrar constantemente su supuesta hombría. Mussolini siempre se preocupó en proyectar la agresiva imagen de macho con sus poses teatrales, la mandíbula emproada, el pecho saliente, la mirada retadora, el varonil torso descubierto y las manos siempre ocupadas con un arma, un azadón o un martillo. Pretendía ser el prototipo que todo buen italiano debería imitar. Y así sucede siempre con los “hombres fuertes” de países con sociedades débiles e instituciones laceradas.

 El bizarro comportamiento de Trump con sus jugadas arriesgadas e incluso agresivas son habituales en hombrecillos profundamente inseguros. Se ajusta a un patrón bautizado como “masculinidad precaria” por los psicólogos, ceñido a trilladas nociones de “lo masculino” como la fuerza, la dureza y el poder, los cuales son difíciles de lograr y salvaguardar. Quienes suscriben estas cualidades como parte de su identidad masculina constantemente tratan de exhibirlas en palabras y acciones, y cuando se sienten amenazados duplican afanes con conductas arriesgadas e incluso autodestructivas como mecanismo de compensación. Y cuanto más públicas son sus  arrogancias, más sienten restaurada su hombría.

Trump considera su diagnóstico sanitario como un desafío, aunque no “del destino”, ya que este señor es  poco esotérico. La suya es una hombría vulgar, como del tipo del luchador Hulk Hogan. No en balde Trump estuvo ligado a la lucha libre mediante su asociación con la World Wrestling Entertainment. Frente al Covid el presidente pretende probar su virilidad a través del riesgo, especialmente cuando se trata de evitar la máscara facial, un objeto que considera digno de personas débiles. Por eso se burló de Joe Biden durante el debate presidencial: “cada vez que lo ves tiene una…puede estar hablando, a 60 metros de distancia y lleva la mascarilla más grande que jamás hayas visto”. Dijo de su contrincante mientras lo señalaba con el índice. Para los machos el cubrebocas es una forma de “rendición” ante el virus. Circula por las redes sociales un video animado de Trump dándole una paliza al coronavirus en un ring de lucha libre. ¡Qué fuerte que es!, exclama una dama del público. El mensaje no puede ser más devastador e irresponsable: solo los débiles usan cubrebocas.

Nada de esta ridícula parafernalia es casual. A pocas semanas de la elección, el presidente siente como muy probable su derrota y nada hay peor en el  “universo Trump” que un loser. Este narciso prefiere la muerte a ser derrotado por un “señorito pusilánime” como Biden. Por eso también la amenaza de desencadenar una crisis constitucional con su eventual desafío a los resultados de la elección, si es que pierde. No puede permitirse malograr su imagen de super hombre ante sus admiradores y partidarios, sus entrañables deplorables. La pantomima en el balcón de la Casa Blanca, como sus cada vez más irrisorios tuits, los esperpénticos videos y aquella bufa aparición pública afuera del hospital donde estaba internado para saludar a sus partidarios desde una camioneta blindada recuerdan acrobacias poco convincentes de dictadores que han estado enfermos de gravedad y quisieron, a como diera lugar, demostrar fortaleza. A la memoria asiste aquella vez que Hugo Chávez citó a periodistas en un campo de béisbol para sorprenderlos con sus poderosas picheadas. Antes de seis meses el comandante estaba muerto.

Ocultar información sobre la salud del presidente para proteger su control del poder es común en los regímenes autoritarios, aunque no han estado del todo exentas algunas democracias. Vladimir Putin, Xi Jinping, Hugo Chávez, Kim Jong Un son casos recientes de tiranuelos que han desaparecido de la vista pública durante semanas mientras los rumores sobre su salud se arremolinaban, y tras volver a la vista pública poca o ninguna explicación se ofreció. Especial es el caso de Putin, cuya imagen pública se apoya fuertemente en su dureza y virilidad. Cualquier signo de debilidad física tiene que ser anulado. Algo más grave sucedió con el presidente de Burundi, Pierre Nkurunziza, quien fue uno de esos presidentes irresponsables críticos de los cubrebocas. Eran innecesarios, argumentaba, porque “Dios purifica el aire del país”. Murió, súbitamente, en junio “de un ataque al corazón" según la versión oficial, aunque abundan los indicios de que fue por coronavirus.

En contraste, gobernantes de naciones democráticas tienen menos empacho en sincerarse sobre su estado de salud. Angela Merkel se puso inmediatamente en cuarentena al enterarse que estuvo en contacto con un médico que dio positivo en coronavirus y el ex primer ministro japonés Shinzo Abe siempre fue muy transparente con sus dolencias de  colitis ulcerosa, las cuales, finalmente, lo obligaron a renunciar a su cargo. Pero no siempre es así, algunos líderes de democracias evitan ser transparentes sobre sus enfermedades. El caso más celebre, ya muy viejo, fue el de Woodrow Wilson, quien  sufrió un derrame cerebral en 1919. La Casa Blanca ocultó la gravedad de su condición hasta el final del mandato presidencial.

¿Y nuestro Peje? Mucho se ha rumoreado sobre la mala salud del presidente mexicano. Se citan problemas  del corazón, padecimientos de la columna e hipertensión entre otros probables. En un régimen tan poco proclive a la transparencia como lo es la 4T cabe esperar secretismo exagerado respecto al tema. Será una discreción reflejo de las practicas del presidencialismo omnímodo mexicano, el cual AMLO tanto se empeña en revivir. Recuérdese la veneración que se le tenía a la hierática figura presidencial en los tiempos de la hegemonía priísta. Pero en el caso particular de nuestro mesiánico jefe de Estado influyen, además, razones “místicas” para ocultar las azarosas circunstancias de su salud. Un elegido de la providencia debe estar siempre por encima del uso de ridículos tapabocas y de otras prácticas dignas de mortales. En todo caso, para eso están las estampitas de la virgen.

Pedro Arturo Aguirre

publicado en Etcétera

16 de octubre de 2020

Indecencia

 



La política nunca ha sido una labor precisamente incólume, pero estos tiempos oscuros son los del paroxismo de la indecencia. Es una era de populismos desbocados, verdades alternativas, xenofobia, discurso de odio, cinismo e hipocresía, todo ello manifiesto en sus más exacerbadas formas. A lo largo de los cinco continentes las democracias se degradan hasta convertirse en grotescas caricaturas, incluso en países de profunda raigambre democrática como, se supone, lo es Estados Unidos. El (todavía) país más poderoso del mundo ha estado desde siempre  orgulloso de su vigorosa vida institucional. Cuando Donald Trump ganó la presidencia muchos analistas afirmaron que las eficaces instituciones políticas serían el antídoto perfecto para las pulsiones autoritarias y el incontrolado narcisismo del nuevo presidente. Para eso estaban los jueces, los partidos, el Congreso y la opinión pública. Pero esos contrapesos han sido minados por el Partido Republicano.

Desde hace ya un par de décadas los republicanos funcionan como una secta. Cerraron el gobierno en la década de 1990 y entablaron un juicio de impeachment a Bill Clinton por una cuestión mucho menos grave que cualquiera de las muchas tropelías de Trump. Con Obama avivaron las llamas del racismo con la teoría de supuesto nacimiento del presidente en Kenia, mantuvieron a la economía global como rehén para forzar recortes del gasto público y adoptaron el obstruccionismo como razón de ser de su labor legislativa. Últimamente se han dedicado a aprobar reglas electorales diseñadas para restringir el derecho del voto a las minorías y, por supuesto, tenemos la forma precipitada como pretenden hacer aprobar el nombramiento de una jueza conservadora para la Suprema Corte cuanto estamos a escasas semanas de la celebración de la elección presidencial. Este caso no puede ser considerada aislado. Es sintomático de la profunda descomposición de la política estadounidense.  Este tipo de radicalismo no es en absoluto normal. Los republicanos se alejan del conservadurismo tradicional y se radicalizan, pareciéndose cada vez más a partidos extremistas como el Fidesz de Viktor Orbán en Hungría o el AKP de Recep Tayyip Erdogan en Turquía, los cuales han trabajado activamente para desmantelar la democracia en sus respectivos países. El otrora “partido de Lincoln” sigue con cada vez mayor claridad patrones comunes vistos entre los autoritarios populistas que inicialmente ganaron el poder por medios electorales y, ya en el gobierno, hicieron aprobar cambios legales destinados a asegurar la hegemonía de un solo partido y, al mismo tiempo, se afanaron en marginar o controlar instituciones de rendición de cuentas como el Poder Judicial y los organismos autónomos.

Y lo esto lo hacen de forma indecente, supuestamente a nombre del pueblo y de la “genuina democracia”. Indecencia como la exhibida por el hoy convaleciente Trump (¡De Covid! ¿Justicia divina o poética?) quien durante el debate presidencial prodigó interrupciones y arrebatos de crasa vulgaridad. Repitió el Duce de Mar-a-Lago que los demócratas pretenden robarse la elección y se negó, una vez más, a garantizar una transición pacífica en caso de perder. Trump adopta la postura clásica del aspirante a dictador de república bananera; mis oponentes no pueden ganar, y si lo hacen, simplemente no lo aceptaré. Todo esto lo dice y hace con la indecente complicidad del Partido Republicano.

Dicen los politólogos Ziblatt y Levitsky (autores de un libro de moda:  ¿Cómo mueren las democracias?) que el proceso del fin de un régimen democrático comienza cuando un partido en el gobierno adultera las normas fundamentales para neutralizar contrapesos del poder. Las Cortes Supremas, en su papel de máximas intérpretes de la Constitución de una República, son bastiones esenciales de la división de poderes. Por eso es que los tiranuelos de nueva cepa como los que padecen en Venezuela, Turquía, Hungría y un cada vez más largo etcétera procuran someterlas a la brevedad posible. Sucede ahora en Argentina, donde el partido peronista pretende abusar de su mayoría parlamentaria para reemplazar a los magistrados que considera no afines. ¡Y en México! Bueno, entre nosotros el paroxismo de indecencia lo acabamos de ver con la ignominiosa resolución de la Suprema Corte sobre la absurda consulta para enjuiciar a los ex presidentes, hecha a la medida para complacer el capricho de un presidente autoritario. De manera asaz indecente el ministro Zaldivar renunció a sus obligaciones como jurisconsulto neutral y experto para forzar una decisión recurriendo a la más pedestre politiquería. Quedó en evidencia que carecemos de un tribunal constitucional confiable. Es de una gravedad tal lo sucedido que podemos dar por muerto el Estado de Derecho. Ahora cualquier cosa puede pasar. Se declaró la constitucionalidad de una propuesta extravagante y peligrosa. El  galimatías redactado por los jueces de la Suprema para dar gusto a AMLO será recordado como una infamia histórica: incoherente, confuso, una  joya solo concebible en el surrealista país natal  de Mario Moreno “Cantinflas”. Cedió la Corte a las presiones y amenazas veladas de un presidente desbocado quien le había advertido: “si se rechaza la consulta popular sobre el juicio contra cinco ex presidentes, yo me deslindo y que el Poder Judicial asuma su responsabilidad”. Incluso el Caudillo habló de la eventual presentación de una iniciativa de reforma al artículo 35 constitucional, con el propósito de “evitar la cancelación de la democracia participativa y salvar el derecho del pueblo a ser consultado”.

Todo esto es indecente porque constituye una grave afrenta para los ciudadanos de nuestro país. Un sistema político decente es aquel en donde la autoridad no humilla a sus ciudadanos. La humillación ciudadana es la característica más descriptiva de lo que sucede en las naciones donde se afianzan los nuevos autoritarismos. Se humilla a quienes se les miente, manipula y engaña constantemente. Y humillar es la pasión favorita del dictador carente de empatía con sus súbditos, interesado solo en incrementar su poder.

 Pedro Arturo Aguirre

Publicada en Etcétera

3 de octubre de 2020

El Populista vs. los Intelectuales

 




Imprescindible en el populismo es la arenga anti-elitista. Se abomina a las élites y no solo a las producto de la desigualdad económica, sino también a las concebidas como comunidades cerradas fundadas en la alta educación y los logros personales. Bajo esta lógica, con singular furia se vilipendia a expertos e intelectuales, de ahí expresiones desdeñosas de los líderes populistas actuales de Trump a Putin y de Erdogan a AMLO tales como: ¿Para qué queremos a los expertos? ¿Quién necesita a los intelectuales?.

El anti-intelectualismo tiene una larga tradición. El politólogo Richard Hofstadter exploró las profundas raíces del rechazo a los “sabiondillos” en Estados Unidos y llegó a la conclusión de que tuvo sus orígenes en características anteriores a la fundación de este país: la desconfianza ante la modernización laica, la preferencia por soluciones prácticas a los problemas y, por sobre todas las cosas, la influencia devastadora del evangelismo protestante en la vida cotidiana. También llama mucho la atención su reflexión ante la ironía de que en un país creado por intelectuales (la mayoría de los firmantes de la declaración de Independencia lo eran) se deprecie y desconfíe tanto del político capaz de anteponer la razón a los sentimientos o a la fe. También subraya algo cardinal para entender a quienes reniegan de la inteligencia en política: “La mente fundamentalista es esencialmente maniquea; interpreta al mundo como un escenario del conflicto entre el bien y el mal absoluto y, por lo tanto, desprecia los acuerdos (¿quién pactaría con Satanás?) y no puede tolerar ambigüedad alguna”.

Estos axiomas sobre el carácter maniqueo del anti-intelectualismo aplican perfectamente a todas las mendaces demagogias al alza que hoy pululan por aquí y por allá. El acendrado odio a la inteligencia en absoluto es privativo de la derecha cristiana del Partido Republicano, está presente en las actitudes de los populistas de izquierda y derecha que dividen al mundo en buenos y malos, no admiten ningún tipo de matices para atemperar sus dogmas y denigran a quienes -supuestamente- solo hablan para "los pocos" y -por consiguiente- responden en exclusiva a las expectativas y preocupaciones de “los pocos” porque ignoran las preocupaciones e intereses de las mayorías, las cuales perciben sus valores menospreciados. Se opta por desterrar a la razón de la tarea de gobernar y por desconfiar de la inteligencia como un atributo indispensable en los líderes. Los resultados de todo esto suelen ser desastrosos.

Frente a las sofisticaciones intelectuales y complejidades de la existencia humana, los populistas contraponen una cosmovisión maniquea la cual procura simplificar todo y reducirlo al sencillo contraste blanco/negro. Recelan del razonamiento, la ciencia y la técnica. Depositan toda la fe en los bondadosos instintos del pueblo y en su infalible “sentido común”. La irracionalidad ayuda al fortalecimiento del Caudillo y su “conexión especial con el pueblo”. Los líderes populistas jamás enumeran entre sus virtudes la capacidad técnica, sino más bien enfatizan por encima de todas las cosas su maravillosa “sensibilidad”. También son proclives a exigir “fe ciega” y a reconocer en sus colaboradores más la lealtad que la eficiencia. En sus discursos, los llamamientos emocionales dominan siempre sobre los planteamientos racionales. “La razón paraliza, la acción moviliza”, decía (don Benito) Mussolini. No se trata de hacer pensar a los seguidores, sino de movilizarlos.

Este fenómeno debe mover a la reflexión a quienes defendemos un orden político liberal porque evidencia la dificultad creciente de lograr consensos racionales para unir a las sociedades, significa una discordia entre la libre deliberación democrática y el conocimiento experto y contrapone a las distintas formas de construir certezas sobre el mundo. Se urde una batalla absurda entre ciencia frente a pensamiento mágico, hechos contra posverdad, lo complejo versus lo simple. Estas tensiones son los rasgos primordiales de un conflicto cultural e implica, entre otras cosas, el rechazo radical a ciertos cambios económicos y tecnológicos muchas veces causantes de exclusión social. Por eso comprenderlo en toda su amplitud es axial para poder superar la actual crisis de la democracia. Pensemos la reacción anti-intelectual como una oportunidad para reconocer, con humildad, las limitaciones del saber experto. Es fundamental gobernar de acuerdo a los dictados de la racionalidad, pero es inaceptable hacerlo con una actitud displicente ante las tradiciones culturales y las necesidades sociales. No se trata de caer en la tentación de considerar a los populistas simplemente como “tontos profundos” o, peor aún, ceder en la provocación de fútiles descalificaciones. ¡Cuidado con iniciar contra el populista una guerra de improperios y adjetivaciones! ¡Aguas con  hacerle el juego al furor anti-elitista y reforzar, así, al demagogo! Como escribió Ece Temelkuran, estupenda analista turca del fenómeno populista actual: “El lenguaje del debate político se reduciría a una especie de lucha libre donde todo está permitido, hasta que incluso los intelectuales más prominentes terminen bailando al son de los populistas.” Hagamos la autocrítica del discurso elitista. Los populistas no provienen de la nada, son la respuesta, muchas veces desesperada, de los millones marginados y olvidados.

Pero, por otro lado, jamás le demos la espalda a la racionalidad. Por ejemplo, en México sus defensores describen a AMLO como un hombre que proviene del “México profundo”, y destacan su obsesión con la pobreza y la desigualdad. Por ello justifican que, para él, los temas de la democracia, los derechos humanos y la modernidad resulten una exquisitez. Lo que importa es resarcir por fin, a las mayorías. Jorge Zepeda Patterson escribió no hace mucho sobre nuestro Peje: “Ciertamente algunas de sus apreciaciones resultan rústicas a nuestros ojos, carece de roce internacional, está encerrado en sus lecturas del siglo XIX y en los mitos de sus héroes, y maneja una decena de pulsiones que repite sin cesar. Pueden parecernos simplistas, pero son las que emanan cuando se mira desde abajo el país que hoy tenemos”. Y en base a ello, se supone, demos excusar la ineficacia, la estulticia y los rasgos autoritarios del jefe, porque su inspiración es “noble y justa”. Pero, evidentemente, no basta con la sensibilidad social. Un líder incapaz de  construir mínimos de convivencia entre sus gobernantes para alcanzar metas comunes indefectiblemente lleva al desastre. Cierto, es imposible seguir gobernando en detrimento del “México profundo”, pero igual de insensato es ir a contrapelo de la modernidad y de las reglas elementales del buen gobierno porque son, precisamente, los sectores populares y desprotegidos los más perjudicados cuando un presidente fracasa en sus tareas de administración por entregarse al frenesí voluntarista.

Los problemas complejos de las sociedades modernas no encuentran salidas fáciles. Hoy abundan quienes alegre e irresponsablemente ofrecen atajos, hombres fuertes que constituyen una amenaza real para las sociedades abiertas. Por eso es tan importante entenderlos como lo que realmente son. La tarea demanda defender a ultranza el pluralismo, pero también comprender las causas económicas, sociales y culturales que llevan a la gente a votar a los populistas, y procurar un lenguaje atractivo y renovado en contenido y emociones.

Pedro Arturo Aguirre

publicado en Etcétera

26 de septiembre de 2020